12 #2
—Si tienes dolor menstrual deberías de tomarte una pastillita.
—Tío, si quieres seguir viviendo te sugiero que cierres el pico. Cada vez que abres la boca me entra un impulso irrefrenable de golpearte en las pelotas.
—No sé por qué, pero creo que eso nos pasa a todos —concluyó mi prima. Es lo que yo ya había acuñado en mi mente como el efecto Edan. Tan pronto te hacía reír como te daban ganas de asestarle un puñetazo. No había término medio.
—Lo mejor será que saquemos a Sol de esta habitación.
Tuvimos que repartirnos, Elio y su hermana se quedaron custodiando el medallón, una vez me hubieron prometido una y mil veces, que se abstendrían de tocarlo. Ni siquiera debían acercarse a él.
Para que yo me quedara más tranquila, entre Elio y Héctor crearon una protección para impedir el paso hacia el objeto oscuro.
Aunque yo sabía que eso no sería suficiente.
El medallón hallaría la manera de dejarlos cruzar si ese era su deseo.
Eso solo sería un pequeño obstáculo momentáneo…
Por eso debería volver lo antes posible junto a él.
Edan y Enara se llevaron a Sol para retenerla en su cuarto hasta que hubiéramos terminado. Se había comportado como un animal salvaje, revolviéndose y enganchándose al marco de la puerta. Pero lejos del alcance del objeto oscuro sería mucho más fácil controlarla.
De hecho, estaba segura que se rompería su necesidad de llegar hasta él. Sospechaba que el medallón ejercía su influencia llamándola solo cuando la necesitaba o inevitablemente, cuando ella estaba demasiado cerca como para poder resistirse.
Y finalmente Héctor y yo habíamos venido al invernadero. Con la misa tan reciente, había un trasiego inusual de fénix visitando el árbol. Así que estuvimos sentados cerca esperando pacientemente, hasta que poco a poco se fue vaciando.
—Tendremos que darnos prisa, en cualquier momento podría aparecer alguien más.
—Tranquila, yo vigilaré. —Me dio la espalda y se puso a controlar la entrada del invernadero.
Puse mi mano sobre el tronco, y el árbol me recibió como si me estuviera esperando. Allá vamos… pensé rozándolo con mis dedos.
—Esto me va a doler más a mí que a ti… —le susurré triste—. Solo espero que tengas razón.
Despegué mis labios y empecé a pronunciar las primeras palabras del conjuro. No había llegado ni a la mitad, cuando Héctor se echó sobre mí impidiendo que finalizara. Me pilló tan de sorpresa que perdí el equilibrio y caímos al suelo enredados.
—Acaban de entrar —se excusó rápidamente—. Perdona por derribarte, yo...
De pronto perdió el hilo, lo que fuera a decir se quedó suspendido en el aire y su sonrisa desapareció en cuanto se giró para mirarme.
Sus ojos de un azul intenso parecían desesperados, se pasearon inquietos por todo mi rostro y acabaron aterrizando en mi boca.
Justo un momento antes de acercarse lentamente, como si estuviera pidiendo permiso, y de estrellar sus cálidos labios sobre los míos.
Fue apenas un roce ligero, un beso dulce y fugaz, que terminó antes de que pudiera convertirse en algo más serio.
—Perdona, n-no quería… Bueno sí quería —se desdijo—, pero no tendría que… Yo, lo siento.
Se puso en pie deprisa, como si de repente el suelo estuviera lleno de pinchos.
Y me dio la mano para levantarme. No supe qué contestar al momento, porque no podía decir que el beso no me hubiera gustado…
Todo lo contrario, había sentido como me ardían los labios bajo su contacto y un cosquilleo en la boca del estómago.
—Gracias —dije al fin ridículamente. Aunque no entendía por qué había dicho aquello.
—¿Gracias por ayudarte a levantar o gracias por besarte? —me soltó sonriente ladeando la cabeza y esperando una respuesta, aún con mi mano entre las suyas. Tan directo como siempre.
Estaba acostumbrado a decir las cosas claras, y esto no iba a ser diferente para él. Aunque ahora, a pesar de su confianza habitual, albergaba ciertas dudas. Creo que estaba intentando identificar qué había significado para mí, pero no podía leerme.
Lógico, porque yo tampoco lo sabía. Madre mía, me estaba metiendo en un lío gordo, lo sentía.
Y para percibir eso no me hacían falta los poderes de fénix.
Nerviosa me pasé el pelo por detrás de las orejas intentando ganar algo de tiempo porque no sabía qué contestar.
Al final mi prima iba a tener razón y todo.
—No importa, tampoco tienes que decidirlo ahora. Puedo esperar —zanjó un poco desilusionado, pero no perdió la sonrisa.
Esa sonrisa. Esa preciosa y terrible sonrisa capturó mi mirada demasiado tiempo en la zona prohibida que era su boca. Al percatarse, eso hizo que se ensanchara aún más y le llegara casi hasta los ojos.
Si podía tener alguna duda sobre mi interés, por chiquitita que fuera, por lo visto acababa de esfumarse. No como mi vergüenza, que, en lugar de desaparecer, me incendió aún más los mofletes. Joder.
De todas formas, no volvió a intentar nada, se giró hacia la puerta de entrada del invernadero y me dio una pequeña tregua. Cuando estuvimos de nuevo a solas, volví a concentrarme.
Ok, me dije. Contengamos un poquito las hormonas y hagamos lo que hemos venido a hacer aquí.
— Ex hoc arbore magico, fabrica sex clavos, lignum in arma converte —le dije con la mano en su tronco—. Per potentiam naturae, fiat!