La orden del fuego 12
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U no a uno habían ido llegando a mi cuarto, como gotas dispersas que escapan de una nube. Las últimas en caer habían sido mis primas. En cuanto Sol rebasó el umbral de mi puerta, el medallón empezó a brillar con su luz tétrica y negra reclamando su atención.

En el mismo momento que empezó a brillar, ella quedó atrapada, no pudo despegar sus retinas del objeto y empezó a acercarse atraída por esa oscuridad.

Es verdad que el objeto te llamaba e intentaba atraer tu atención sin distinción, pero cuando estabas bajo su influjo la potencia era tal, que no podías resistirte, aunque no lo estuvieras tocando.

Me precipité hacia ella para cortarle el paso, pero cuanto más tiempo pasaba ante el objeto más empeño ponía, incluso parecía que su fuerza también crecía. Enara se acercó preocupada a su hermana. La miró a sus ojos vacíos y vió lo perdida que estaba.

—¿Qué es eso?, ¿qué pasa?

—Eso es el objeto oscuro reclamando a su dueña.

—¡No, ni de coña! —negó rotunda temiendo por su hermana.

—Yo tampoco podía creerlo, pero la bruja me lo dijo. Yo sabía que si daba con el objeto oscuro podría encontrar a la persona que había atraído a la sombra nocturna hasta mí, porque se pondría a brillar. Nunca pensé… —No me dejó terminar la frase.

—Pero es solo una niña… Eso no puede ser cierto.

—Tengo una teoría al respecto, creo que es solo un peón en este juego y simplemente está bajo su influjo.

Pero para saber si estoy en lo cierto, debo destruir el medallón.

¿Podéis sujetarla? —Enara envolvió su pequeño cuerpo con los brazos—.

Más fuerte, cuanto más expuesta esté ante el objeto más irá creciendo su desesperación y su fuerza. Necesita llegar hasta él.

—Hostia que mal rollo, se me erizan hasta los pelos de la raja. —Él también se colocó junto a mi prima para frenar a Sol—. Lo siento pequeña Enara, pero te vamos a ayudar.

Lo decía absolutamente en serio, no solo que lo sentía, sino que tenía fe ciega en que yo podía arreglar la situación. Sobre todo, lo deseaba por mi prima. No soportaba verla sufrir así por su hermana pequeña.

Intenté abstraerme de lo que pasaba en la habitación, de las miradas atentas de mis amigos, de los gruñidos desesperados que profería Sol para intentar alcanzar el objeto, de mi ansiedad por intentar sacar de las profundidades a mi fénix…

Pero cuanto más intentaba concentrarme, más nerviosa me ponía.

Y cuanto más le buscaba, más lejos estaba de responder a mi llamada. ¿Por qué no puedo acceder a ti cuando te necesito?

— Tienes que aprender a canalizarme, no puedes depender de tu estado de ánimo y alcanzarme solamente cuando te sientes en peligro.

¿Y eso cómo mierdas se hace? Además, sí que estamos en peligro… Parece que siempre lo estamos.

—¿Qué estás esperando, una invitación de la reina? —Abrí un ojo, molesta, fulminándolo con la mirada. Si hubiera podido acceder a mi poder, ahora mismo sería cenizas de fénix.

—Cállate capullo y déjala trabajar… —le escupió Elio.

—Esta cría cada vez le pone más empeño. Vamos a necesitar más manos por aquí. —Héctor se acercó a Sol poniéndole una mano en la cabeza y trazó cariñosos círculos con el pulgar sobre su frente.

— Sub potestate mea sis… ¡siste!

En cuanto terminó de pronunciar esas palabras se quedó quieta como una estatua, igual que mi prima en el torneo cuando estaba bajo el conjuro de sujeción.

En cuestión de segundos y bajo el asombro de todos, Sol empezó a moverse muy despacio como si fuera un vídeo en slow motion .

Sus convulsiones ralentizadas fueron cogiendo fuerza hasta volver a la normalidad.

—Es imposible —Héctor no daba crédito.

—Es el efecto del medallón. Su oscuridad la hace más fuerte —aseguré. Lo notaba, se apoderaba de ella como intentaba hacer conmigo mientras lo transportaba en el bolsillo—. Para Sol su llamada es más poderosa, porque están conectados.

—Haz algo Estela, por favor… —La angustia de mi prima no hizo sino hacerme sentir más insegura e inútil todavía.

—Puedes hacerlo. Cien por cien.

Su voz me calentó por dentro, me tranquilizó. Alcé la vista sobre mi hombro y vi sus iris oscuros puestos sobre mí. Asintió con la cabeza, para darme el empujoncito que necesitaba.

Sabía que estaba utilizando su poder para no sentir esta carga asfixiante que me había tocado llevar, que todo dependiera de mí hacía que me costara respirar ¿Por qué no podía ser cualquier otra persona? Cualquiera menos yo.

Héctor nos miraba fijamente a ambos, sintiendo el poder de protector que Elio ejercía sobre mí, estaba segura. Con una expresión apagada en su rostro, como el que está viendo el juego desde fuera sin llevar los mandos y que no puede participar. Totalmente excluido.

Su mirada profunda como el mar me arañaba la piel, y no pude sostenérsela por más tiempo. No entendía por qué me sentía culpable como si hubiera cometido un crimen.

— Céntrate Estela.

Tan fácil de decir y tan difícil de hacer… Mascullé para mí misma.

Nunca había sido una persona que pudiera lidiar bien con la presión, siempre me venía abajo como un castillo de naipes.

Era Candela la que razonaba, la que tenía el talante y la cabeza fría para resolver las cosas con calma y paciencia…

La que me ayudaba a afrontarlo todo siempre que no estuviéramos enfadadas por cualquier tontería.

Y aun así, siempre acababa cediendo para venir a mi rescate.

Yo era más como la pólvora, la que estallaba al momento, la que reaccionaba sin pensar y luego tenía que enfrentarse a las consecuencias de ser tan impulsiva.

Volví a intentarlo con todas mis fuerzas, desechando esos pensamientos y aislándome para enfocar todos mis sentidos en lo que pasaba en mi interior. Busqué dentro de mí, intentando concentrar mi poder en las puntas de los dedos. Por favor… rogué. Por favor…

Empecé a sentir algo, un pequeño hormigueo, una electricidad que crepitaba entre mis dedos.

Era pequeña y frágil, pero poderosa. Quise hacerla crecer, y me imaginé soplando como quien hincha un globo para aumentar su tamaño.

Le puse todo mi empeño, pero el globo se desinfló al poco, y mis dedos se volvieron a sentir fríos y desnudos.

—No puedo, es imposible… ¡Joder! —dije desesperada con las manos en la cabeza. Tenía ganas de estirarme de los pelos y gritar muy fuerte. ¿Por qué era tan inútil? ¿Por qué no podía acceder a mi poder? Otra vez esa angustia que se instalaba y me palpitaba en la garganta…

—Tranquila… —la mano de Héctor se posó en mi espalda, al principio insegura, y luego más firme dándome un apretón en el hombro—. Al final encontrarás la manera. Siempre lo haces.

—¿Y si esta vez no? Y si…

—Si alguien puede hacerlo, esa eres tú, aunque me reviente admitirlo —me cortó Estrella. Me miraba muy seria con los brazos cruzados.

Intentaba no reflejar su estado de ánimo, aun así, para mí era un libro abierto. No podía esconderse. No le hacía mucha gracia que yo hubiera llegado a la orden, desde entonces todo había cambiado a peor. Se sentía amenazada, pero sus palabras decían la verdad.

Todas las personas que estaban en la habitación creían en mí, pensaban que yo podía cambiar las cosas. Y les estaba defraudando.

— Podemos probar de otra manera...

—¡Hostia, y lo dices ahora! —Todos me miraban atentos. Estrella arrugaba el morro como si estuviera ante una demente—. Solo estoy teniendo problemas de comunicación con mi fénix.

—Es tan raro… —apenas fue un susurro, pero lo escuché perfectamente y me escoció sin poder evitarlo. Como cuando le echas alcohol a una herida abierta.

Esa era yo, rara entre lo raro, rara en un mundo sobrenatural digno de una novela de ficción. La nota discordante de una composición musical que desafina y chirría entre todas las demás.

—Vale, esto os va a parecer una locura, pero es algo que íbamos a acabar haciendo de todos modos. Solo hay que alterar el orden de los planes. Intentad ser receptivos porque no os va a gustar…

Y acerté de pleno, como era de esperar.

—No. Ni hablar —Estrella fue la primera en posicionarse en cuanto les dije que teníamos que hacer estacas del árbol mágico.

—Tampoco digo que haya que destruirlo por completo, solo hagamos una estaca para cada uno de nosotros con sus ramas.

—¿Por qué? —preguntó tozuda—. Dame una sola buena razón para ello.

—Porque él me lo ha pedido. Lo he visto.

—¿Ahora también hablas con los árboles?

—Estrella, para. No hagas eso —le advirtió su hermano muy serio.

—¿Que no haga qué, cuestionarme las cosas?

—No, tratarla como si estuviera pirada ¿vale? Córtate un poco. Entiendo que es una decisión difícil, así que vamos a someterlo a votación. ¿Quién está de acuerdo? —dijo levantando su mano en el aire.

Héctor hizo exactamente lo mismo y Estrella resopló indignada. Sabía que iba a perder.

—Por mi hermana intento lo que sea… Aunque mi padre nos va a colgar del mismo árbol.

—No, si no tiene ramas… —sonrió mordaz—. ¡Qué demonios, vamos a podarlo un poco!

—Estáis todos locos… —murmuró negando con la cabeza.

—Lo contrario sería demasiado aburrido —Edan estaba extremadamente cómodo con la etiqueta de loco puesta sobre su piel. Para mí era todo lo contrario.

—Lo normal a veces está muy bien, créeme —cómo lo echaba de menos, ojalá volver a sentirme normal, aunque fuera dentro de mi nueva circunstancia.

—Y otras carece de interés —soltó Héctor de pronto.

Si seguía mirándome con esa intensidad un segundo más, me iba a derretir como a una vela. A nadie le pasó desapercibido que el comentario iba dirigido a mí. Y mucho menos a Elio, que puso cara de estar comiéndose un limón.

—No seas tan intenso tío, estás fuertecito —le dijo tocándole los pectorales y pellizcándole los pezones— y eres guapo, pero no me interesas…

—Edan, si me vuelves a tocar los pezones te cortaré el rabo. Solo como experimento para ver si eso también se regenera y te vuelve a crecer.

—¿Ya hemos acabado con la muestra de testosterona por hoy? ¿Podemos proceder a mutilar un árbol mágico, sagrado y milenario, aunque esté totalmente en contra? Acabemos ya con esta mierda…