11 #2
Cuando pronuncie esas palabras, el objeto se precipitó hacia mi mano abierta y su contacto me heló la sangre. Fue apenas un roce ligero, suficiente para empezar a notar un mareo que me aplastaba los pulmones y me robaba el aire.
Eso me hizo tambalear sobre la escalera, y por poco me hace caer. Me aferré con todas mis fuerzas a ella hasta recuperar por completo la estabilidad.
Ahora entendía el peso que debía haber soportado Frodo bajo el yugo del anillo. Era como ser absorbida por una espiral de negrura que te infectaba por dentro y te hacía caer en el más inhóspito vacío. Notaba como algo así podía hacerte perder la razón y hasta el alma.
Sin duda había dado con el objeto oscuro por fin. Ahora solo tendría que ingeniármelas para poder sacarlo de ahí, y llevarlo conmigo sin perderme en el intento.
¿Cómo se supone que transportas un objeto oscuro sin que te corrompa y te acabe consumiendo? No sabía que sería así, que no podría soportar ni tan siquiera rozarlo. Una vez más la voz me susurró la respuesta que necesitaba en mi cabeza.
— Prueba con un hechizo de protección . No durará demasiado, suficiente para que puedas esconderlo en otro lugar.
— Protectio Umbrae —lo solté de golpe, necesitaba que funcionara y salir de allí antes de que alguien pudiera verme. Aunque contradictoriamente la finalidad era que me llevara con su dueño, no quería hacerlo sola…
Levanté un dedo y me atreví a darle un toquecito rápido.
No me gustaba nada experimentar esa sensación tan dolorosa de estar a merced de la oscuridad.
Como si una sustancia tóxica te estuviera corroyendo por dentro desde el interior de tus huesos, con un frío glaciar infinito.
Pero contra todo pronóstico, no pasó absolutamente nada.
La protección había funcionado y pude coger el objeto en mi mano sin problemas.
Ahora sobre la palma y con un poco más de luz, podía ver que el medallón era tan peligroso como hermoso, elaborado en un metal oscuro y pesado como si fuera plata ennegrecida, de forma circular con una piedra enorme engastada justo en su centro.
Su borde estaba finamente trabajado con unos grabados elegantes, pero lo que realmente atrapaba tu atención era la superficie pulida y lisa de lo que podría ser un ónix de un color negro profundo y brillante, que parecía absorber la luz a su alrededor en lugar de reflejarla.
Dando la sensación de que su interior se encendía con un brillo sutil y espeluznante, como si contuviera una energía oscura y latente luchando por salir de su interior para comerte de un solo bocado.
Daba escalofríos, por eso tenía el estómago en un puño a pesar de que no estaba ejerciendo su poder contra mí. Me lo metí en el bolsillo de los pantalones sin pensarlo demasiado y casi me precipité al suelo de lo rápido que bajé las escaleras.
En mis oídos sonaba un tic tac apremiante como si tuviera una bomba de relojería a punto de explotar, y no quería que me pillara a medio camino.
Me fui tan rápido de la biblioteca, que no pude evitar el choque al salir al pasillo y darme de bruces con alguien.
—¡Auch! —se quejó frotándose la nariz, que había topado justo con mi estómago—. Vaya prisas…
—Perdona Sol, ni te he visto… ¿Te he hecho daño? —Me agaché un poco hasta ponerme a la altura de sus ojos.
—Nariz de fénix ¿recuerdas? Soy casi irrompible, no te preocupes —me tranquilizó señalándome la punta de su diminuta naricilla.
Sus ojos rodaron desde mi cara hasta un punto más abajo que captó toda su atención.
—Es tan bonito, necesito… quiero tocarlo ¿puedo? —preguntó absorta, casi hipnotizada.
Seguí la dirección de sus ojos hasta darme cuenta lo que estaba observando, de mi bolsillo derecho brotaba una luz negra como si se hubiera convertido de repente en una pequeña discoteca. Estaba pasando tal y como había dicho la bruja. Pero eso significaba que…
—No… —se me escapó sin querer al comprender a qué venía la reacción del medallón—. No puede ser…
—¿El qué no puede ser? —susurró. Ella seguía el hilo de la conversación sin poder despegar las retinas de la luz. Entonces alargó la mano ansiando su contacto, como si fuera una polilla volando directa hacia ella.
En un movimiento brusco conseguí contorsionarme a tiempo para que no pudiera tocarla y la esquivé a toda prisa, dejándola aturdida en mitad del pasillo.
—Tengo que irme Sol, tengo que… tengo… mucha prisa —concluí sin más—. Y me esfumé rápidamente para que no pudiera seguir preguntando nada más.
Estaba muy agobiada, no conseguía conectar los puntos para entender y ver el dibujo completo.
Hoy había tenido varias revelaciones que me habían desestabilizado y que no podía comprender.
Pero lo más apremiante ahora mismo, era deshacerme de la aberración que llevaba en el bolsillo.
Tenía que buscar un sitio seguro donde esconderlo.
Y luego ya me preocuparía de cómo estaban llegando hasta nosotros.
Caminé a toda prisa por los pasillos como si me persiguieran las sombras. El medallón me pesaba cada vez más, como si su sola presencia fuera una amenaza aterradora de lo que iba a pasar.
— ¡Para, te está afectando! Tienes que destruirlo y ella tiene que estar cuando lo hagas…
No podía escucharla, ahora no. Seguí avanzando hasta correr como una desesperada, el miedo se había apoderado de mi cuerpo y mi razón.
Cuando llegué a la puerta de mi habitación temblaba como una hoja azotada por el viento, ni siquiera vi a la persona que estaba delante de mi puerta esperando.
Solo quería llegar para arrojarlo en cualquier rincón y esconderme.
—Hey, hey… ¿qué pasa? —Sus manos me engancharon a la altura de los hombros y me zarandearon un poco, como si quisiera que le prestara atención y que volviera en mí.
Pero yo ni siquiera podía enfocar la vista y me retorcí en su agarre para poder liberarme.
Solo quería… necesitaba… desesperadamente deshacerme del medallón.
El medallón lo ocupaba todo, solo podía notar su peso, su presencia, como una alarma que se mezclaba en mi sangre y me palpitaba en la garganta.
—Tranquila, respira… —me decía su voz, pero la escuchaba lejana y distorsionada como alguien que te habla desde un lugar cerrado y con eco, como el fondo de un pozo—. Mírame Estela, por favor…
Y entonces dejó fluir su poder, como filamentos dorados y veloces que penetraron mis barreras.
Noté su calor intentando sanar y curar mis miedos.
La tranquilidad volvió despacio, pero segura a recorrer poco a poco mi piel y pude respirar de nuevo, aunque no sabía en qué momento había perdido la capacidad de hacerlo.
Levanté la vista y ahí estaban sus ojos oscuros y rasgados mirándome con preocupación. Entonces me atrajo hacia él para abrazarme. Y su calor terminó por derretir hasta la última molécula de miedo que el medallón había propagado por mi torrente sanguíneo.
—Ya está, tranquila… ya está... —me susurraba despacio al oído como si tuviera miedo de espantarme de nuevo, mientras movía su mano de arriba a abajo por mi espalda.
Al cabo de un momento se separó para mirarme de nuevo y volví a sentir frío. No pude evitar abrazarme a mí misma para no volver a temblar.
—¿Me dices qué está pasando? —casi fue más una súplica que una petición.
Lo cogí de la mano y casi lo arrastré dentro de mi habitación.
Cuando cerré la puerta metí la mano en el bolsillo y lancé el medallón sobre la cama para dejar de notar su presencia sobre mí.
En cuanto Elio había dejado de utilizar su poder, su peso volvió a hacer mella enseguida y no lo soportaba.
Y eso que me había aplicado un hechizo de protección, era de locos.
—¡No lo toques! —grité desesperada cuando lo vi acercarse. Mi tono de voz le sobresaltó y le hizo saltar como si le hubiera pinchado con una aguja, pero no dijo nada. Esperó paciente a que le diera una explicación—. Es el objeto oscuro, aunque solo lo roces, su negrura te engullirá de un bocado.
Elio soltó el aire poco a poco, como si estuviera soltando tensión y a la vez dándose tiempo para pensar en su próxima pregunta.
—¿Cómo lo has encontrado? —Lo miré fijamente tanto rato que casi sentí que empezaba a bizquear.
— ¿Por dónde coño empiezo? —no me di cuenta de que lo había dicho en alto hasta que me contestó.
—¿Por el principio?
Me desplomé en el suelo mientras apoyaba la espalda en la cama y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Elio hizo exactamente lo mismo, con la diferencia de que finalmente le pudo la impaciencia y se incorporó de nuevo para mirarme a la espera de que le pusiera al día.
Le conté lo del mensaje en la biblioteca sin despegar la vista del techo y cómo había llegado hasta el medallón.
También cómo había reaccionado el objeto al toparme con Sol.
Le dije incluso que teníamos que destruirlo y que debíamos de prepararnos esta misma noche, porque estaba segura de que muy pronto algo terrible iba a pasar.
Le conté todo excepto lo de su madre, porque simplemente no pude. Quería ahorrarle ese sufrimiento, protegerlo, por lo menos hasta que yo misma pudiera entenderlo.
—¿Qué tenemos que hacer exactamente?
—No os va a gustar, por eso nadie puede enterarse. Si lo digo… Cuando te lo cuente —me corregí—, me vas a tomar por loca.
Al no decir ni una palabra finalmente tuve que desviar mi mirada para ver su expresión. Estaba estudiándome muy serio. Se inclinó un poco hacia mí, acortando la distancia que nos separaba en apenas unos centímetros y sus ojos perforaron los míos.
De repente el aire a mi alrededor se hizo más cálido y denso, como si su cercanía pudiera abrasarme.
Por un segundo incluso pensé que iba a besarme, pero solo se quedó ahí, tan cerca, que podía contarle las pestañas.
Mi cuerpo se aproximó un poco más hacia el suyo, como si tuviera voluntad propia…
Y solo cuando tuvo toda mi atención me dijo:
—Confío en ti.