11
E staba mirándome en el espejo de cuerpo entero que había en la puerta de mi armario sin reconocerme, me sentía rara con esto puesto. No sabía cómo o cuándo, pero había aparecido ahí, colgando de una de las perchas.
Por lo que me había dicho Héctor antes de dejarme en mi habitación, era una tradición. Mientras en el mundo humano se despedían de sus seres queridos de negro en señal de luto y duelo, aquí lo hacían de dorado.
No querían recordar el dolor y la ausencia, sino honrar la vida. En memoria del fénix que fueron y que seguirán siendo, en los corazones eternos de los que se quedan llorando su recuerdo. Ahora ser inmortal me parecía más una broma cruel que un don.
Pasé las manos por el tejido suave y ligero de mi atuendo hecho de capas como si fueran delicadas gasas que caían en cascada. Era largo hasta los pies y lo juro, parecía hecho a base de alas de hadas porque eran tan finas, transparentes y brillantes, que no podría describirlo de otra manera.
Bajo ellas, se podía ver un mono que me cubría todo el cuerpo al completo y que también tenía símbolos que aparecían y desparecían según incidía la luz en ellos. Lo mismo que los monos de entrenamiento, pero como si fuera su versión de gala.
Me sentía como una intrusa a punto de invadir su intimidad, porque aparte de respeto por ellos, no podía sentir otra cosa, no los conocía.
No sufría por ellos ni podía llorarles. Y eso me hacía sentir peor, como una farsante porque no pintaba nada.
Pero, sin embargo, sí que podía percibir el dolor de los demás.
Unos golpecitos en la puerta me devolvieron a la realidad, últimamente ocurrían tantas cosas que pasaba más tiempo perdida en mis pensamientos intentando ordenar todo el caos que reinaba por mi cabeza, que presente en el ahora.
Héctor estaba esperándome al otro lado con un mono similar al mío.
El suyo era sin gasas, pero tenía unos relieves en las extremidades, hombros y pecho, que parecía como si en realidad fuera una armadura.
Me recordaba a uno de los 12 caballeros dorados del zodíaco, como aquella serie de anime de la que era tan fan el hermano mayor de Gabi.
La misa era en la sala de la verdad, donde se hacían los rituales y que yo aún no había tenido oportunidad de conocer, para eso faltaban exactamente dos días.
Por eso había dicho que en media hora estaría listo para pasar a recogerme y acompañarme.
Como siempre su puntualidad no me había hecho esperar ni un minuto de más.
Estaba allí plantado, y por primera vez lo vi como lo que era, un chaval destrozado y cansado que estaba transitando su propio dolor.
Lo podía ver perfectamente reflejado en su rostro, aunque él no me dejaba percibir nada.
No sabía con exactitud la pérdida que llevaba a su espalda, de ninguno de ellos, a decir verdad, porque no había sido capaz de preguntar y mucho menos de husmear.
Sin embargo, en vez darles la oportunidad de despedirse en paz, los había tenido casi toda la noche ayudándome, dando vueltas por toda la orden.
Había sido muy desconsiderada y egoísta, estaba cegada con la idea de descubrir a toda costa lo que estaba pasando para poder recuperar a mi hermana.
—Lo siento de verdad —tenía una necesidad urgente de que lo supiera. No dijo nada, solo me apretó la mano y yo respeté su silencio.
La tristeza se palpaba en el ambiente cuando entramos a la enorme sala de techo alto y abovedado, la sentía alojada en mi pecho como si fuera mía.
Y el solemne silencio que se extendía, a pesar de la cantidad de gente que había ahí reunida, solo hacía que acrecentar el ruido de los lamentos no pronunciados.
Podía oírlos, incluso parecía que notaba como rodaban sus lágrimas calientes por mis mejillas.
Era tan angustioso que quería salir corriendo de allí.
Los fénix se repartían de pie a lo largo de las largas paredes y sentados en los bancos de piedra. Nosotros nos encaminamos hacia el lateral derecho donde estaba el resto de nuestro grupo.
En el centro había un altar elevado también tallado en piedra, y como en la sala del renacimiento, había una tenue luz mágica que iluminaba la estancia. Cuando mi tío subió a oficiar la ceremonia, esa luz se hizo un poco más intensa.
Su voz me resultó extraña, contenida por la emoción.
Y me imaginé lo difícil que debía de ser para él hablar de los que consideraba su familia sin derramar ni una sola lágrima.
En lugar de eso, su voz fue adquiriendo poco a poco una tonalidad aterciopelada conforme transcurría la ceremonia, hasta parecer un manto sereno que nos cubría a todos.
No sabía si era fruto de la magia, o si protectores y sanadores estaban utilizando sus poderes para intentar que todos nos sintiéramos mejor.
Tampoco sabía si eso era bueno o malo, si era lícito que alguien te quitara tu dolor y no poder despedirte tal y como tus sentimientos lo dictasen.
Dejar que todo lleve su curso y que tu alma sane cuando tenga que sanar.
El caso es que cuanto más escuchaba la voz de mi tío, más percibía la paz que empezaban a sentir los de mi alrededor.
En ese momento, las caras y los nombres de los desaparecidos iban proyectándose sobre el altar.
Los familiares más cercanos subían, dejaban flores y objetos personales a los pies del mismo, y volvían a ocupar su lugar en absoluto silencio.
Había demasiadas caras, algunas de ellas muy jóvenes.
Y deseé con todas mis fuerzas que ese no fuera el final, que con suerte pudieran volver junto a sus seres queridos.
Miré a Elio de reojo, tenía la vista perdida en algún punto del suelo.
Suponía que estaría pensando también en sus padres y no sabía cómo iba a poder explicarle lo que había visto hace un rato. No sabía y no quería.
El acto finalizó con la purificación del fuego, todos los objetos y flores se convirtieron en ceniza como símbolo de su última resurrección. Al parecer, esos fénix ya no volverían jamás.
Aunque no eran exactamente ellos, esos objetos contenían parte de su energía vital, por eso sus restos simbólicos serían esparcidos para formar parte del árbol del invernadero. Así siempre tendrían un lugar al que acudir para recordarlos.
Por lo visto parte de su magia reside precisamente en eso, muchos fénix a lo largo de los siglos habían pasado a formar parte de él, al ser absorbidos por sus raíces a través de la tierra. Así la magia no desaparece ni se pierde, se transforma. Y los que ya no están permanecen.
Después de la misa me escabullí al último sitio donde me buscaría cualquier persona que me conociera un poco, la biblioteca. Quería alejarme un momento de todos para pensar. Necesitaba ordenar mis ideas para poder explicarme con claridad.
Obviamente también me estaba escondiendo como una maldita rata cobarde. Me daba miedo contar lo que había visto, no quería dar falsas esperanzas y mucho menos malas noticias.
Al cabo de un rato me rendí y me puse a pulular entre los estantes de la biblioteca para evitar que me explotara el cerebro. Por más que le daba vueltas, no lograba entenderlo.
Quería desconectar y me puse a leer los títulos de los libros, simplemente por hacer algo para mantener ocupada mi mente en otra cosa, aunque solo fuera por un momento.
Pero esa sensación de que se me estaba escapando algo que debería estar viendo, se me pegó en la mente como un chicle a la suela del zapato.
Y no había manera de deshacerme de ella.
¿Qué era lo que no estaba viendo? Igual que tener una palabra que se te resiste en la punta de la lengua, como el agua que intentas coger, pero se te escurre entre los dedos… Estaba ahí, queriendo tomar forma y salir, pero no lo conseguía. Mierda.
De repente empezaron a saltar del estante unos cuantos libros.
De aquí y allá, de mi sección y otras más próximas.
Fui recogiéndolos uno a uno todo lo deprisa que me daban las piernas, y cuando ya los tuve todos, contabilicé nueve.
Me agaché en el mismo suelo y los esparcí para inspeccionarlos mejor.
Si alguien me estaba mandando un mensaje, estaba lista para recibirlo.
Miré sus títulos, el interior, pero no entendía nada…
—¿Qué quieres decirme? —empecé a leer los títulos en alto por tercera vez—. Criaturas marinas, debilidades y fortalezas. Amanecer de los elementos antiguos. Rituales, ceremonias y como realizarlas… ¡Dame una puta pista, joder!
Los libros temblaron levemente en el suelo, como un huevo a punto de eclosionar, y entonces empezó a iluminarse la primera letra de cada uno de los títulos: ADDSUCOIR. Moví los libros por el suelo intentando formar una palabra coherente, algo que tuviera algún significado para mí.
—Venga chicas, ¿cómo os ordeno? —Tenía un total de nueve letritas iluminadas que necesitaban hablarme y que yo las entendiera. Hice varias combinaciones fallidas hasta que mi mente por fin hizo clic…
—Puede ser… ¿OSCURIDAD? —En ese preciso momento las letras se apagaron como si alguien le hubiera dado a un interruptor—. Uhmmm…Vale, lo tomaré como un sí…
Ahora estaba aún más confusa que antes. Tenía una imagen que no podía explicar y una pista que no entendía. Solo esperaba que poco a poco fuera tomando forma en mi mente. Mientras me llegaba la inspiración fui colocando los libros en su sitio.
El último había caído de un estante muy alto, así que moví la escalera para poder llegar a él.
Al intentar meterlo, noté que hacía tope con algo y no acababa de acoplarse bien en su sitio.
Me puse de puntillas para ver mejor, y aunque no era una chica bajita, ahora mismo deseaba diez centímetros extra.
Me enganché como pude al estante y me impulsé un poco hacia arriba, al asomarme me pareció que al fondo había algo que brillaba en la penumbra. Pero entre que estaba oscuro y no alcanzaba a ver bien del todo, no podía distinguirlo con exactitud.
Estiré la mano ridículamente, ni aunque hubiera sido Elastic girl hubiera podido alcanzarlo.
— Ven ad me.