La orden del fuego 8 #4
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Todo el estadio estaba en tensión siguiendo lo que estaba sucediendo en el campo, pendiente de cada jugador y de los próximos movimientos para ver quién se proclamaba vencedor.

Sin apenas darnos cuenta el ambiente había ido cambiando poco a poco, y un frío glaciar que se había ido haciendo cada vez más fuerte, empezó a filtrarse en mis huesos.

Algo muy extraño estaba pasando, podía sentirlo perfectamente, y no tenía nada que ver con el juego.

— Alerta, se están acercando

Mi vocecita también lo sabía. Se me tensó cada músculo del cuerpo y sentí náuseas en la boca del estómago. Algo muy gordo estaba a punto de pasar, pero no podía verlo con claridad.

—Joder… —exclamé con la respiración acelerada ante la expectativa.

—¿Qué pasa? —Parecía confundido al percibir mi estado de malestar repentino, sin sentido.

Solo pude correr empujando a la gente a mi paso, con Elio y Edan pisándome los talones sin entender una mierda.

Quería llegar al extremo más cercano a mis amigos e intentar hacer algo, aunque no sabía muy bien qué.

Estaba a punto de ponerme a su altura, cuando Héctor rompió sin poder evitarlo el escudo de protección sacudido por una premonición.

Los llamé con todas mis fuerzas y alargué la mano para intentar alcanzarlos inútilmente debido al enorme espacio que nos separaba, pero lo que fuera decir explotó con él y mi prima, cuando la elemental de Granada los neutralizó a los dos.

No sabía muy bien por qué, pero seguí las instrucciones de mi fénix.

—¡ Cinis ad me ! —Y sus cenizas volaron directamente hacia mí, quedando protegidas por el conjuro a mi espalda.

Fue justo entonces cuando la oscuridad brotó de varios anillos místicos engullendo a los jugadores que quedaban en el terreno de juego.

Sus gritos resonaron por todo el estadio hasta desaparecer dentro del vórtice sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido.

La espiral oscura se hizo más fuerte y densa, absorbiéndolo todo a su paso.

Su sola presencia hacía que me costara respirar como si se me estuvieran llenando los pulmones de hollín.

Los que estaban más próximos eran arrancados violentamente de las gradas, hasta que los fénix empezaron a reaccionar para evacuar a los más pequeños o arremetiendo con sus poderes.

Pero los ataques al vórtice y los escudos de protección no eran suficientes, y sin poder evitarlo, cada vez más fénix estaban siendo absorbidos sin remedio.

De repente empecé a disociarme de lo que estaba pasando en el campo, podía verlo todo, pero como en un sueño borroso y lejano.

Noté a alguien a mi lado, y supe que Sol estaba aterrada llorando y agarrada a una de mis piernas.

Deberían de haberla sacado ya, alguien tendría que haberla puesto a salvo…

Seguía totalmente inmóvil y perdida, cuando Sol empezó a correr hacia la salida entrechocando y sorteando a la gente a duras penas.

Estaba a punto de llegar al elevador donde se había creado un pequeño tapón, cuando uno de los vórtices atacó esa zona sin piedad, que estaba sobre todo repleta de niños que aún no tenían poderes para volar.

No había suficientes fénix descargando a los más pequeños porque también eran necesarios para luchar y contener el ataque.

Sus gritos me destrozaron los tímpanos y mi prima se agarró a la barandilla de la plataforma con todas sus fuerzas mientras pedía ayuda.

Algunos protectores, incluyendo a Elio, combinaron sus fuerzas creando un escudo que temblaba como un flan ante el impacto de la oscuridad, que intentaba succionarlos a toda costa.

Mientras Edan arremetía con su fuego, al cual parecía totalmente inmune.

Los deditos regordetes de mi prima se iban resbalando poco a poco, hasta quedar suspendida en el aire mientras solo se aferraba ya con una sola mano. Elio no podía abalanzarse hacia ella sin romper el escudo conjunto y dejar desprotegidos a los otros niños.

Por fortuna Edan llegó en el último instante justo cuando mi prima se soltó de la barandilla, enganchándola por el brazo. Estaba haciendo tope con los pies y murmurando un conjuro, pero centímetro a centímetro estaban siendo arrastrados lenta y angustiosamente hacia el vórtice.

Comencé a sentirme impotente y rabiosa porque no quería que les hicieran ningún daño, me picaban las puntas de los dedos y notaba pequeñas descargas eléctricas que recorrían todo mi cuerpo. Hasta que se convirtió en una quemazón incontrolable que me hizo temblar y explotar.

Sin querer, una onda expansiva salió desde mi centro a toda velocidad. No sé si los demás podían ver lo mismo que yo, una mancha ambarina brillante que se expandía por todo el estadio sin control como la lava furiosa de un volcán.

Cuando por fin alcanzó los anillos por donde se filtraban los vórtices oscuros, los hizo estallar en llamas y derretirse, cerrándoles el paso como si hubiera sellado su entrada para siempre.

Lo siguiente fue un apagón que sumió al estadio en una total oscuridad, porque había utilizado mi energía y toda la que había podido absorber de la misma orden.