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Estaba realmente molesta, todo el buen humor de hace unos segundos se había evaporado. Pero ese estado de ánimo duró poco, en cuanto la gente empezó a chillar animadamente desde las gradas cuando los equipos fueron entrando al campo, se olvidó por completo de Edan.
Enseguida divisé a mi prima junto a sus compañeros de equipo, lo que no me esperaba era ver a Héctor encabezando la marcha. La tercera no me sonaba de nada, pero estaba claro que pertenecía al grupo de los sanadores.
—¡Mira Estela, ya empieza! Ahora los capitanes se acercarán al centro del estadio para encender su Ignharis, la llama inicial que dará paso al comienzo del juego.
Mientras el resto del equipo va a sus posiciones.
Por razones obvias y necesarias, los elementales siempre son los capitanes.
Esta llama es la más importante, si la apagan quedas eliminado directamente.
La reconocerás fácilmente porque es la más grande de todas.
De repente estaba muy nerviosa, con el corazón bombeando a tope por la adrenalina. Hasta que me di cuenta de que esos nervios no me pertenecían, y que el corazón que estaba dando golpes, frenético para intentar escapar del pecho, era el de mi prima.
Pero una vez empezó el juego, solo había concentración y determinación.
Volaron a tal velocidad desde el centro del campo que apenas podía seguir sus movimientos, solo me di cuenta de que una bola de fuego lanzada por el elemental de Toledo había impactado sobre mi prima, cuando sentí la quemazón de su espalda.
Casi al segundo de empezar el juego, los elementales de todos los bandos habían ido propagando un montón de llamas, eran extremadamente rápidos, y el marcador empezó a sumar puntos como loco.
Era un baile frenético de números que subían y bajaban mientras elementales y sanadores luchaban por cumplir con su misión en el terreno de juego.
Mientras mi prima escapaba de varios ataques, en el otro extremo del campo de juego los otros dos de Toledo impactaron tan fuerte contra el sanador de Granada que prácticamente lo derribaron, haciéndole caer más allá de lo permitido y restándole por ello unos puntos. Parecía que jugaban un poco sucio.
Después, se fueron directos hacia Héctor y lo empujaron dentro de uno de los anillos, al atravesarlo su fuego se volvió completamente negro. Había tanto que ver a la vez, que me parecía una locura y no me daba tiempo a seguirlo todo.
—¡Mierda, qué cabrones! El anillo al que han lanzado a Héctor estaba vinculado a un conjuro que oscurece temporalmente la visión. Estará privado del sentido de la vista un buen rato… —me explicó Edan
—¿Y cómo se supone que va a jugar así?
—Héctor puede con eso —es la única explicación que obtuve.
Lo vi moverse, creando un campo para intentar mantener alejado al sanador de Toledo dispuesto a apagar la mayor cantidad de llamas.
Es como si pudiera verlo, pero actuaba por puro instinto o quizá porque podía sentir todo lo que pasaba a su alrededor.
Luego le lanzó un ataque que lo catapultó a varios metros de distancia y pudo quitárselo de encima unos minutos, porque cayó cerca del elemental de Santiago que lo neutralizó y lo hizo estallar en llamas.
Un fogonazo de luz cegadora me obligó a apartar la mirada, y cuando volví de nuevo al terreno de juego, solo quedaban un montón de cenizas precipitándose hacia el suelo.
Me pareció grotesco que lo hubieran desintegrado de esa manera como parte de un juego, sin embargo, los seguidores celebraron y vitorearon la jugada.
Antes de que en la grada llegara a apagarse del todo el murmullo, las cenizas volvieron a juntarse iniciando una pequeña llama que poco a poco se fue haciendo inmensa.
Esa llama brillante fue mutando en forma, hasta adoptar la de un cuerpo humano.
Ese cuerpo renovado absorbió todas las llamas y como si nada hubiera pasado, de nuevo el jugador de Toledo estaba ante nosotros dispuesto a continuar la partida.
Eso sí, apareció completamente desnudo. Tardó unos segundos más en materializar su ropa deportiva y en entrar al trapo para recuperar los puntos que acababan de perder.
En ese momento la grada de Santiago empezó a bramar desde la plataforma de enfrente.
Como represalia, habían lanzado a su protector por un anillo, haciéndolo aparecer al otro extremo del campo y dejando sin resguardo a su Ignharis.
No reaccionó lo suficientemente rápido, y fueron los primeros en caer al perder su llama. Estaban eliminados.
Sentí que algo no iba bien, barrí el terreno de juego buscando a mi prima que acababa de cruzar por un anillo y se había quedado totalmente paralizada.
La jugadora del Granada volaba como un rayo hacia ella, y justo cuando iba a lanzarle un ataque, sus llamas rebotaron en la protección que había extendido Héctor.
Su campo iridiscente, semejante a una burbuja gigante, abarcaba desde la llama inicial hasta donde estaba situada mi prima.
Eso suponía cubrir hasta tres cuartas partes del terreno de juego, era la protección más extensa que había visto en lo que llevábamos de juego, comparándola con la de los otros protectores.
La jugadora de Granada arremetía contra ella una y otra vez, haciéndola temblar y replegarse hacia dentro.
—¿Hasta cuándo podrá aguantar? —le pregunté en un susurro al experto en protecciones que tenía más a mano.
—Conociendo a Héctor, hasta que tu prima pueda defenderse sola o hasta que se le drene la energía. Y en ese caso estaremos bien jodidos.
Busqué a nuestra sanadora, pero ella estaba bastante ocupada huyendo del ataque conjunto de dos componentes del equipo de Toledo, intentando llegar por todos los medios hasta la protección de Héctor.
Algo la frenó en seco estando apenas a medio metro de la seguridad de la protección de nuestro equipo.
—Conjuro de sujeción —me indicó Sol ahora, mientras señalaba a nuestra jugadora.