La orden del fuego 4 #3
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No sé exactamente cuánto tiempo pasa, pero solo cuando empieza a dibujarse una palabra de alerta tras mis párpados: despierta , empiezo a ser consciente de que me he dormido y he entrado en una especie de trance en el estoy atrapada bajo el agua.

Lucho con todas mis fuerzas por salir a la superficie para volver a respirar, pero soy incapaz y el miedo no me deja pensar con claridad.

Es como si hubiera una barrera que me impide emerger y yo solo puedo patalear y golpearla con fuerza para intentar romper el hechizo que me mantiene anclada en el fondo de la bañera.

Estoy perdiendo toda esperanza y noto como me arden los pulmones y me quedo sin oxígeno.

Pero entonces caigo en la cuenta de algo... ahora soy inmortal ¿no?

Solo cuando cierro los ojos y empiezo a tranquilizarme, unas manos rompen la barrera y logran sacarme del agua.

—¡Respira Estela, vamos! —Después de toser para expulsar toda el agua que tenía en mi interior, puedo coger una bocanada de aire y llenar mis pulmones de nuevo—. ¿Estás bien? —Me zarandea, y mi vista borrosa empieza a enfocar a Héctor.

—¿Qué... qué ha pasado? —Me tiende una toalla y recuerdo dónde y lo desnuda que estoy. Joder—. ¡Pero, ¿qué haces aquí?!

—Salvarte de que te ahogues por lo visto...

Venía a decirte una cosa respecto a lo de comunicarte con el exterior, y como no contestabas, he conectado contigo y he sabido que algo no iba bien.

He.… he tenido que entrar… —se pasa una mano por el pelo algo turbado.

De repente me pongo roja como un tomate, aunque intente disimularlo bajando cara, porque entiendo que ha visto más que Gabi después de salir casi un año conmigo. Es decir, demasiado.

—Gracias —musito mientras me siento en el borde de la bañera y sostengo mi cabeza entre las manos, ahora mismo es como un tío vivo dando vueltas. Me siento muy mareada además de avergonzada.

—¿Me cuentas qué ha pasado exactamente? —me dice señalando la bañera.

—No lo tengo muy claro, de repente algo me ha dicho que despierte y lo siguiente ha sido verme bajo el agua mientras me ahogaba. No podía salir.

—Y yo no podía entrar...

—¿Entonces cómo me has sacado? —Se queda pensativo unos segundos mientras medita su respuesta. Por lo que veo él tampoco tiene muy claro lo que está pasando.

—Creo que has sido tú misma. De repente has dejado de luchar y un resplandor dorado te ha recorrido todo el cuerpo. Entonces he podido meter las manos dentro del agua.

—No lo entiendo...

—Creo que tu fénix te estaba avisando del peligro, y tampoco sé cómo, pero has conseguido romper la barrera.

—Bueno, de todas formas, he pensado que lo peor que podía pasarme son otros siete días más en la sala del renacimiento convertida en cenizas.

—No es tan sencillo —me mira preocupado—. La magia siempre tiene lagunas, y tú precisamente estás en una situación fuera de lo común.

—Eso suena fatal —le miro a los ojos haciendo un esfuerzo sobrehumano, porque me cuesta levantar la cabeza que aún me sigue dando vueltas, y doliendo como si tuviera una migraña monumental—. ¿Por qué creo que no me va a gustar ni un pelo lo que vas a decirme?

—Porque es así. A ver, es una teoría que baraja la orden, pero...

¿Qué pasa cuando un fénix renace antes de tiempo sin sus dones, no ha llegado a convertirse del todo y vuelve a mo rir?

—Abro la boca en un intento muy pobre de pronunciar una respuesta que nunca llega—.

Pues te lo digo yo, no lo sabemos a ciencia cierta.

Sobre todo, en el mundo onírico o en el agua, que son contenedores naturales para los fénix.

—¿Podría no volver?

—Como digo es solo una teoría... Una pregunta, ¿cuánto tiempo has dormido desde que llegaste a la orden?

—Absolutamente nada, me paso las noches en vela.

—Entiendo… —se pone a dar vueltas en silencio por el cuarto de baño. Lo que menos necesito ahora mismo es un protector nervioso.

—Héctor, para. Harás un agujero en el suelo con tanto paseo.

—Es que algo va muy mal. Tengo que informar de esto a la orden.

—Espera, espera... Ni se te ocurra irte dejándome así de asustada sin decirme qué crees que está pasando aquí —y me levanto de un salto para interponerme entre él y la puerta.

Estamos tan cerca que puedo notar su aliento en mi rostro y apenas nos separa la fina tela de mi toalla. Héctor retrocede al instante como si hubiera pensado o “sentido” exactamente lo mismo que yo. Mierda, a esto no me acostumbraré nunca.

—No quiero asustarte sin motivo… —se pasa nervioso la mano por su melena rubia de nuevo, despeinándose un poco más el pelo.

A cualquiera le quedaría mal, pero a él le da un aspecto salvaje que hasta resulta sexy—.

Pero después de esto, me da la sensación de que tu fénix está intentando mantenerte a salvo evitando por todos los medios que duermas.

Algo está intentando llegar a ti a través de tus sueños y del agua.

—Simplemente fantástico. Entonces qué, ¿no duermo jamás? ¿Me chuto café en vena? —no puedo creerlo, todo esto es un mojón del tamaño de Australia—. Y cuando dices algo... ¿Podemos ser más concretos?

—Estoy tan perdido en esto como tú, teóricamente es imposible que se salten la barrera de protección, aunque sea en el mundo onírico. Creo que necesitamos a una bruja...Vístete, te espero fuera.