La orden del fuego 4
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E s horrible, no puedo quitarme de la cabeza a mi hermana y todo lo que me contó Héctor. ¿Cómo será estar en el limbo, sentirá miedo? Yo no puedo recordar nada de la semana que estuve muerta. Igual es indoloro, como si estuvieras en pausa. Por lo menos así lo espero, no quiero que Candela sufra.

Otra cosa que me preocupa es lo difícil que será dar con ella, al no convertirse en fénix no podemos sentirla ni rastrearla. O por lo menos no han encontrado un método mágico alternativo todavía.

Y luego está la otra gran pregunta, ¿Por qué ella y no yo? o... ¿Por qué no las dos?

Arrastro mi culo cansado hacia el gimnasio. Llevo varios días metiendo datos en mi cabeza, conociendo la existencia de más seres y enemigos sobrenaturales de los que puedo recordar y de los que me encantaría que solo fueran fruto de la ficción.

Aún tengo agujetas por todo el cuerpo de mi primer entrenamiento declarado fracaso absoluto, porque soy una negada para la lucha. Mis dones no se han manifestado y además esta noche tampoco he podido dormir. Resumen, hasta ahora un asco ser fénix. No veo las ventajas.

—Hola —digo sin mucho ánimo al entrar al gimnasio mientras bostezo.

—¡Hey! —me saluda con un movimiento rápido de cabeza—. ¿Cómo te encuentras hoy? Tienes mal aspecto...

—Pues gracias, debe de ser por estas preciosas ojeras que me han salido —me señalo las bolsas oscuras que tengo justo debajo de los ojos—. Desde que estoy aquí es imposible conciliar el sueño y eso que yo siempre he sido como una maldita marmota. Bueno... ¿Empezamos ya?

—Casi, estamos esperando a alguien. Pero me alegra ver que tienes tantas ganas de seguir con el entrenamiento —se mofa.

—Sí, yuju. Mírame, apenas puedo contener la emoción —me dejo caer abatida sobre las colchonetas—.

¿A quién estamos esperando? —pero me lo pienso mejor y rectifico—.

Déjalo, no sé si quiero saberlo… Tampoco conozco a nadie aquí dentro.

Así que da lo mismo. —De repente me ahogo en mi autocompasión. Hija del drama me llaman…

—Levanta, anda —me estira del brazo hasta ponerme de nuevo en pie—. Mientras llega tienes que estirar y calentar.

—Sí, no sea que mis músculos de fénix se rompan y no se vayan a regenerar…

Echo tanto de menos mi vida —mascullo. Pero no me hago la remolona, me pongo a dar mis cuatro vueltas por el gimnasio sin rechistar y cambio de tercio—.

Oye, ¿tú podrías conseguirme un móvil? Hay una persona con la que me gustaría hablar.

Después de todo, hablar con alguien conocido me vendría bien. Aunque no pueda contarle lo que me está pasando, pero seguro que me reconforta escuchar su voz.

—No me parece muy buena idea, aunque de todas formas un móvil aquí no te serviría para nada.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, en cuanto puedas salir de la orden lo entenderás.

—Y qué tal si lo descubro ahora porque tú me lo cuentas, en lugar de tener que esperar hasta después de septiembre... De verdad, basta ya con tanto misterio y de recibir la información importante a cuentagotas. Es desesperante y me pone de muy mal humor.

—Pensaba que ese era tu estado habitual…

—Me limito a poner cara de culo, no tengo fuerzas para contestar—.

De acuerdo. Total, contigo ya nos hemos saltado el protocolo habitual y no creo que podamos ir a peor —suspira.

Súper reconfortantes siempre sus palabras, directas y sin adornos, solo la cruda realidad—.

La orden está justo debajo de la ciudad de Valencia. Y bajo tierra no tienes cobertura.

—Pero entonces el patio, el jardín, las ventanas... El sol que entra por las mañanas...

—Es todo una simulación, si no sería claustrofóbico.

La orden está hecha a base de túneles subterráneos modificados con magia ancestral, protegemos con un glamour la entrada para que no puedan dar con ella ni humanos ni sobrenaturales, y hay una barrera para evitar que seres malignos pudieran penetrarla aunque dieran con ella. Es como una caja fuerte encantada.

—En resumen, todo está hecho con magia y no puedo fiarme de lo que veo.

—Pero puedes fiarte de lo que sientes. Nosotros contenemos magia, estamos conectados a todo y entre todos.

—Me sigue con la mirada cuando estoy a punto de finalizar mi segunda vuelta.

Él está justo en el centro del gimnasio viendo cómo empiezo a sudar como un pollo.

Esta frase hecha, ahora es demasiado literal—. ¿Y a quién quieres llamar?

—Lo siento señor instructor, pero no es asunto tuyo. No sabía que también eres un cotilla.

—No soy ningún cotilla. —Se molesta demasiado, solo era una broma. Pero es que no me apetece hablar con él de Gabi—. Si no me cuentas más, no podré ayudarte. Hay otras formas de comunicarse con el exterior, pero tiene que ser seguro. Y para eso tengo que saber quién es la persona.

—Solo es un amigo de cuando vivía en Madrid. Madre mía, es como si hubiera pasado un siglo ya de eso, como si fuera la vida de otra persona. Absurdo, ¿no?

—En poco tiempo has pasado por mucho y ha cambiado todo para ti. No es tan absurdo. Para nosotros es diferente, no conocemos otra cosa... Es normal que lo eches de menos. —Cambia de tema enseguida—. Venga, sigamos trabajando la proximidad.

No me deja ni un minuto para recuperarme de las vueltas, está claro que quiere distraerme de mis pensamientos y que me concentre solo en la lucha, en mi cuerpo y cada uno de mis movimientos.

—Intenta derribarme si puedes... —Me reta, aunque sabe perfectamente que estoy en desventaja. Es la misma dinámica de ayer, donde pasé más tiempo en el suelo que de pie. Le encanta torturarme.

—Hacerse el chulo cuando se tiene ventaja, es de tristes. —Igual no puedo vencerle, pero si desahogarme con alguna que otra pullita.

¿Cómo voy a derribar una mole de tío pétreo, que pesa 20 kilos más que yo, y que lleva entrenado toda su vida? No tiene ningún sentido y desafía a todas las leyes de la física…

—Si quieres lo hago con un brazo atado a la espalda, el derecho, para que sea aún más interesante. —Suelto un bufido y pongo los ojos en blanco.

—No me hagas favores instructor. —La comisura de sus labios se levantan dibujando una pequeña sonrisa. Nos conocemos poco, pero lo suficiente para saber que soy demasiado orgullosa para aceptar sus migajas.

Sin pensarlo demasiado lanzo un gancho de derecha improvisado que pasa silbando por su oreja porque me esquiva sin el menor de los esfuerzos, con una facilidad tremendamente insultante.

Le lanzo otro rápidamente, pero esta vez atrapa mi puño en el aire y me retuerce el brazo el muy animal.

Luego me catapulta con fuerza hacia delante y por poco me hace caer al suelo.

Me giro más cabreada que una mona ante mi torpeza y su chulería.

—Un poquito de delicadeza, ¿no? —siseo entre dientes. Una cosa es enseñar y otra muy distinta es hacerme quedar como una inútil.

—Lo siento princesita, no estamos tomando el té. Estamos luchando. ¿Crees que en una batalla real el enemigo va a aflojar?

—Princesa mis cojones, yo tengo de eso lo que tú de simpático, capullo… —Pasa completamente de mi insulto y sigue aleccionándome.

—No pierdas la fuerza por la boca ni descuides tu centro de gravedad cada vez que lanzas un golpe, así es fácil pararlo. —Cómo me gustaría borrarle esa sonrisita de un puñetazo.

Corro como si fuera un toro a punto de embestir e impacto contra su pecho. Él no retrocede ni un milímetro sin embargo mi hombro izquierdo ruge de dolor. Lo intento con todas mis fuerzas, y cuanto más empeño pongo más ridícula me siento. Su pecho reverbera intentando contener la risa.

—Usa la cabeza Estela, así no vas a poder derribarme. Recuerda lo que te he enseñado, utiliza mis puntos débiles, zonas blandas, tienes que pillarme desprevenido…

Pero ya no lo escucho, mientras sigue parloteando le asesto un rodillazo en la huevada con todas mis fuerzas y mi rabia, que le deja sin aliento.

Suelta un jadeo contenido, estoy segura de que eso ha tenido que doler un poquito.

Aprovecho la distracción para practicar el barrido que me enseñó ayer.

Me agacho y deslizo mi pierna por el suelo hasta darle en los tobillos por detrás y hacerle caer.

Rápidamente me pongo encima e intento retener sus brazos sobre su cabeza para inmovilizarlo. Qué bien sienta por fin ver en su cara un atisbo de sorpresa. Y qué poquito dura…

—Eso ha sido un golpe muy bajo y rastrero… —Intenta poner cara de reproche, aunque ni de lejos lo consigue.

—Pero de lo más acertado —sonrío abiertamente. Punto para mí.

Como si nada se libera de mi agarre al segundo y nos hace rodar por el suelo hasta ponerse sobre mí, sentado en mis piernas. Con una sola mano me coge de las muñecas y la otra la pone en mi abdomen. Me pilla desprevenida y no puedo evitar dar un respingo ante su contacto.

—Activa esto siempre. Tu fuerza nace de aquí no de esos bracitos de T-rex que tienes —se burla.

Intento liberarme furiosa, pero no hay manera. Desciende poco a poco hasta estar cara a cara. Y se queda ahí suspendido en el aire a tan solo unos centímetros de distancia estudiándome con la mirada. Como si quisiera capturar cada uno de mis gestos para descifrar mis pensamientos.

—¿Me escuchas? —Pero a mí me cuesta respirar, y no solo por el peso que tengo encima. Su cercanía me está alterando y no lo soporto—. Te veo muy distraída…

La puerta del gimnasio se abre al paso de una figura femenina que camina decidida hacia nosotros con sus largas piernas de modelo. Desde el suelo aún parece más alta. Únicamente he coincidido con ella en el comedor y de lejos, por ahora solo me relaciono con niños, mis profesores y Héctor.

—¿Interrumpo algo? —dice con picardía observando nuestra pose descaradamente.

Enseguida nos ponemos de pie como si la escenita anterior no hubiera ocurrido y como si Héctor no intentara fulminarla con esa mirada azul hielo a la que ella parece completamente inmune.