La orden del fuego 3
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U nos golpes atronadores en la puerta me sacan del preciado sueño que tanto me ha costado conciliar. No he podido dormir más de veinte minutos seguidos en toda la noche.

—¡Lárgate de aquí y déjame dormir! Puerta, si me escuchas no dejes pasar a nadie, joder.

—Por favor no me hagas entrar para sacarte a rastras, sería bochornoso empezar así tu primer día en la orden.

—Gruño algo ininteligible mientras me tapo la cara con la sábana, que viene a ser lo mismo que decir que me importa un carajo—.

Muy bien, tú lo has querido. Si tengo que ser tu niñera a parte de tu instructor, que así sea.

La puerta se abre de par en par (maldita, pensaba que éramos amigas). Noto como la sábana sale volando a pesar de mi forcejeo, y como me estiran de las piernas hasta sacarme de la cama y caer de culo sobre la alfombra persa, que ya no me parece tan maravillosa.

—¿De qué vas tío? —Me froto los ojos, llenos de legañas.

—No, de qué vas tú haciéndome perder el tiempo.

—Pero si eres inmortal, de qué te quejas. —Me hace gracia mi propia broma, pero su cara me deja bastante claro que no está para mis tonterías—. Vale joder, ¡coño!

—¿Te sabes más tacos o ya has terminado? —me dice cruzándose de brazos. Como no le respondo continúa con su discurso—. Pues vístete, en el armario tienes ropa adecuada. Te doy tres minutos.

—¿Adecuada para qué? —Pero a eso no me contesta y sale dando un portazo. Encima se adueña de mi dramatismo.

Me froto el carrillo del culo mientras corro a lavarme la cara y a hacerme una cola de caballo, no sea que el señor instructor se cabree más de la cuenta, y me lleve volando mientras me arrastra de un pie por todo el recinto.

Luego abro el armario y compruebo que en lo que se refiere a vestimenta son bastante menos ostentosos, gracias.

No hay mucho donde elegir porque todas las prendas son iguales, versión verano o invierno, pero todas más pegadas de lo que me gustaría y negras como si fuera la fiesta de las dominatrix. No me va a resultar nada cómodo ponerme algo así, la verdad.

Al coger una cualquiera al azar, noto que es un material elástico; suave, pero a la vez resistente. Y que, si te fijas bien, tiene pequeños símbolos como si fueran delicados hologramas dorados, que se pueden ver según incide la luz en el traje.

Me embuto dentro como si fuera una morcilla de Burgos y me miro al espejo de reojo, no quiero incidir demasiado en el pensamiento de que, con esta pinta, mi culo podría ser el hermano mayor y feo del de la Kardashian. Odio ser insegura respecto a mi cuerpo, pero a veces no lo puedo evitar…

—¿Y ahora qué haces? —Pego tal brinco que hasta él se asusta.

—Tienes un problema grave con los límites y la privacidad tío. Estoy en el puto baño, qué tal si respetas y te vas.

—Pues no dejes la puerta abierta y la próxima vez, estate preparada a la hora. —Sin más, me agarra de la muñeca y tira de mí para sacarme del baño.

—¿Estás loco? ¡Suéltame, sé andar sola perfectamente!

—Desayuno. Ahora. Ya vamos tarde —gruñe entre dientes. Pero por fin me suelta y acelera el paso esperando a que siga su ritmo.

—Tío frena un poco, que no tengo tu energía y velocidad de fénix cabreado. —Y no lo digo, pero es que a esa velocidad no me da tiempo a cotillearlo todo.

—Este fénix cabreado podría tirarte desde lo alto del Miguelete para comprobar si tus alas funcionan. No tientes más a la suerte.

—Bueno y.. hablando de otros temas, ¿qué son estos pequeños hologramas que están por todo el traje? —Su cara de auténtico fastidio me mira por unos segundos mientras sigue acelerando el paso—. Eres mi instructor, tienes que explicarme estas cosas...

—Símbolos sagrados de protección. Y aún no hemos empezado las clases, además eso es cosa de los profesores —ofrece escuetamente. Vaya, no es muy comunicativo por las mañanas.

—Pensaba que éramos inmortales, para qué nos hacen falta los símbolos de protección.

—Hay cosas mucho peores que la muerte.

—¿Como qué? —Por la rigidez de sus hombros parece que he tocado un tema complicado.

—Como cargar con una renacida tocapelotas y malcriada como tú. —Lo miro arrugando el morro. Touché , lo dejaré pasar. Por ahora...

Cruzamos un portón enorme de madera maciza tallada, que se abre sola a nuestro paso, y nos muestra un comedor comunitario muy concurrido. Cada uno de los ojos allí presentes se fijan en mí al pasar por el centro de la estancia. Incomodidad es decir poco, me siento como un monito de feria.

Me concentro en pasar de esos ojos curiosos y fijarme en el entorno, en sus paredes y suelos de piedra pulida que le confieren un aspecto rústico, en las grandes arañas de cristal que cuelgan del techo iluminando suavemente las mesas diseminadas de manera ordenada, y que intuyo, también tienen un orden social o similar.

¿Quizá por edades o rangos? Otra pregunta que añado a mi larga lista mental...

Y la joya de la corona al fondo de la sala, que hace rugir a mi estómago en cuanto una mezcla de deliciosos aromas llega a mi olfato.

Un descomunal bufé, con una amplia variedad dividida en secciones orientadas a diferentes culturas y tradiciones culinarias.

Impresionante, pero lo primero que necesito es un buen café.

—Coge una bandeja y sírvete tú misma, o si ya has conectado con la orden, también puedes visualizarlo en tu plato. —No dejo de alucinar. —Notas la energía de este lugar, ¿verdad? — me mira inquisitivo esperando una respuesta. Creo que él ya lo sabe y que pregunta por preguntar.

—Sí, ayer de hecho conecté con mi bañera —jamás pensé que diría una frase así.

—Bien, pues inténtalo.

—Ok —me imagino un café con leche recién hecho, humeante, con su espumita y un corazón de cacao sobre ella, como servían en mi cafetería preferida de Madrid—. Y bueno, supongo que he suspendido, porque no ocurre absolutamente nada.

—Para que ocurra la transferencia no puedes inventar, solo visualizar algo real que esté aquí. —Quizá por eso no aparecieron ayer mis AirPods ni mi móvil, y en su lugar, se puso el hilo musical. No lo entiendo…

—Pero sin tener una referencia visual clara, con que esté aquí en la orden… ¿funcionaría?

—Difícil, pero todo es posible si tienes la suficiente destreza. ¿Por qué?

—Curiosidad simplemente… —Y desvío la mirada para que no siga haciendo preguntas y me concentro de nuevo. Me fijo en la taza de porcelana blanca que está al lado del bufé y en la cafetera. Me imagino un café con leche en mi bandeja y voilá, aparece justo ahí.

Sonrío satisfecha. Un pequeño paso hacia el éxito y también hacia la dosis de cafeína que mi cuerpo necesita.

—Perfecto, ¿ves lo que pasa cuando haces caso y te concentras?

—Un cumplido envenenado, eres de esos... Ajá —pero no le doy tiempo a contestar—. ¿Y cuál es nuestra mesa?

—La tuya es la de los no iniciados —me señala la mesa de los niños con el mentón.

—¿Será una broma? —Niega con la cabeza. Pero esta vez no se enfurruña y me dice que él no hace bromas. Sonríe abiertamente sin intención de disimular—. Lo estás disfrutando, ¿verdad?

—No sé de qué me hablas. En quince minutos empezamos con la visita. Y luego historia de la magia, origen de la orden, introducción a especies sobrenaturales e iniciación en estudios alquímicos. Ya programaremos una visita con el líder si es necesario, hoy está ocupado y no será posible.

Sin más me deja ahí plantada y lo veo alejarse tranquilamente hacia su mesa, que, como el resto, no nos han quitado el ojo de encima en ningún momento y lo avasallan con preguntas nada más llegar. Suspiro y me armo de valor. Niños, ¡puaj!

Hay un sitio libre entre una niña rubia de pelo ondulado y un chaval pecoso.

Así que me dirijo hacia allí. No tengo pensado entablar conversación, en cuanto me siento simplemente suelto un hola y empiezo a tomarme el café en silencio.

Pero casi al segundo, de repente, tengo unas galletas de chocolate en el plato.

—Hazme caso, es lo mejor del bufé. —La miro perpleja y ella se acerca para hacerme una confidencia—. Seguro que es un asco ser la nueva, pero yo te ayudo. Lo bueno es que no dura para siempre. —Y me guiña un ojo. No puedo más que reírme de esta pequeña sabionda, creo que he hecho una amiga.

—No me digas, ¿y en qué más me puedes ayudar, compi?

—Bueno eso depende, cuánto sabes acerca de la orden y del mundo sobrenatural.

—Entre cero y nada —confieso. Ella me da unas palmaditas en la espalda.

—Es peor de lo que pensaba… —Se queda callada unos minutos mientras reflexiona—. Pero no importa, en nuestras clases juntas te pondré al día. Y durante las comidas te contaré los últimos cotilleos. Aunque ahora mismo el cotilleo eres tú. —Dios mío, odio que hablen de mí. Y un momento...

—¿Clases juntas?

—Claro, por lo menos hasta el ritual de iniciación.

Menos las clases de preparación a la magia y defensa, que las harás con tu instructor asignado hasta que llegues al nivel de tu facción.

—Defensa suena a sudar. No me gusta un pelo—.

No es lo habitual, pero en fin, eres un caso especial.

La mayoría nacemos aquí. Aunque has tenido suerte, Héctor es el mejor.

—Genial. —Y muerdo una galleta con ganas. No exageraba, están buenísimas. Son de chocolate con trocitos de avellana y caramelo. Supongo que aquí no hay que preocuparse por la diabetes ni las arterias obstruidas—. Bien, si llevas razón como en lo de las galletas, te voy a necesitar de mi lado.

—Eso está hecho compi. —Su sonrisa se ensancha hasta ocupar toda su carita.

—Y puedes empezar explicándome qué es eso del ritual y de las facciones.

—¡Claro! Pues bien… —Y se acerca un poco más a mí, como si fuera a contarme su secreto mejor guardado—. Todos los fénix estamos conectados entre sí y también a este lugar.

Tenemos algo en común que es poder volar y nuestra habilidad para renacer, pero luego existen tres tipos de poderes diferentes que nos dividen en facciones. Nuestro don se descubre durante el ritual y eso determina nuestra facción. Puedes ser un sanador, un protector o un elemental.