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—Deja de decir eso. —Hago el gesto de cremallera, lo que sea con tal de salirme con la mía—.
Estoy pensando que la orden es demasiado grande, y que en tu estado se haría eterno llegar a tu cuarto.
Aunque seamos inmortales, no es plan, creo que ya nos hemos soportado bastante por hoy.
—No puedo estar más de acuerdo con eso. Por fin empezamos a entendernos—. Así que si de verdad quieres verlas...
Pero ya no me da tiempo a reafirmarme, en cuanto salimos de la sala del renacimiento, apenas puedo ver el largo pasillo que se abre camino ante nosotros.
Porque en un pestañeo, despliega sus impresionantes alas de fuego y me coge en brazos para echar a volar, atravesando la orden en menos de un segundo.
No puedo pensar ni ver nada, todo es un borrón a mi alrededor.
Me agarro fuerte a su cuello cuando hacemos un tirabuzón en el aire porque tengo el estómago de collar y me pica la piel de la velocidad.
Reprimo un gritito, pensaba que volaríamos suavemente como un pajarillo no como si fuéramos un águila con esteroides.
Nota mental, no pienso volver a volar jamás. Ni sola, ni acompañada. Es aterrador.
Para cuando paramos abruptamente frente una gran puerta de madera, tengo todos los pelos de mi larga melena rojiza en la cara, algunos incluso metidos dentro de la boca.
Me suelto enfurruñada e intento apartarme el pelo y ponerlo en su sitio sin demasiado éxito. Inevitablemente, me viene a la cabeza la escena de la peli de Bridget Jones y sus pintas de loca después de perder el pañuelo, y bajar del descapotable al llegar al hotel con Daniel.
—Eso ha sido absolutamente innecesario y lo sabes —lo acuso apuntándole con el dedo.
—¿No te ha dicho nunca tu madre que es de mala educación señalar con el dedo? —Otra vez ese tonillo de suficiencia—. Además tú querías ver mis alas. —Y al final no he podido ver nada, porque la mayor parte del tiempo he estado con los ojos cerrados.
—Apestas a azufre y a prepotencia —espeto molesta, aunque en realidad es mentira. Tiene un olor muy distintivo que combina notas de humo, madera quemada y resinas. Evoca calidez y un toque de peligro que conecta con mi lado más primitivo. Pero lo negaré incluso bajo tortura.
—Admite que te ha gustado.
—¿Tus alas de pollo o el vuelo aterrador? Tus superpoderes están fallando tío.
—Pues más vale que te vayas acostumbrando, recuerda que tú ya eres uno de nosotros. —Gira sobre sus talones y me deja ahí plantada—. Mañana a las 6 vendré a recogerte, y no me gusta que me hagan esperar.
—¡A mí no me gustas tú y mucho menos madrugar! —grito a su espalda. No me contesta y eso hace que me ponga aún más furiosa—. ¿Me escuchas con tus oídos de pájaro?
—Te escucho perfectamente y me da igual. Por cierto, dos cosas… —Y se vuelve a lo lejos para mirarme directamente—. Cuanto antes asumas que aquí no tienes ni voz ni voto, que solo puedes acatar órdenes y obedecer, te irá mejor.
Y dos, me resultas muy graciosa cuando te insultas a ti misma. Te repito que somos iguales.
—Tú y yo no nos parecemos en nada, eres un maldito grano en el culo. —Automáticamente levanta una ceja y se descojona en mi cara.
—Cargar contigo es peor que un dolor de huevos, te lo aseguro.
Esa afirmación tan directa e inesperada me deja sin palabras.
Por primera vez en mucho tiempo alguien ha conseguido callarme la boca y eso me cabrea sobremanera.
Y entonces me quita mi última baza, la salida dramática con portazo incluido que podría darme un poco de paz mental.
Pero no, el tío echa a volar y se esfuma de mi vista ¡Joder!
Y encima desde la distancia las alas son aún más impresionantes.
En fin, espero que sienta mi cabreo allá donde esté y no le deje dormir.
Porque yo no sé si voy a poder pegar ojo a pesar de lo agotada que me siento.
Al entrar renqueando en mi dormitorio solo se me ocurre una palabra para describir lo que veo, flipante. Como todo lo que he visto hasta ahora.
Las paredes están revestidas con paneles de madera oscura y detalles dorados a juego con el mobiliario, que proporcionan un ambiente cálido y sereno.
Una cama enorme de estilo antiguo con dosel y sábanas de seda suave en tonos terrosos, se encuentra justo en el centro de la habitación.
Los almohadones y las mantas decorativas añaden toques de color sin desentonar.
No será mi estilo, pero tengo que poner un diez en diseño y confort a la orden.
Lo más impresionante, mucho más que la cama de princesa, es la chimenea de piedra tallada con elegantes motivos que se alza contra una de las paredes.
Aunque no desprende fuego real, emana una luz suave y reconfortante que simula el cálido resplandor de las llamas.
No me resisto a meter la mano para comprobar que no quema, pero sí está calentito.
O, mejor dicho, desprende energía, pero sin llegar a agobiar en un día caluroso de junio.
Para terminar de rematar, el suelo está cubierto por una suave alfombra persa tejida con llamativos diseños y colores vibrantes.
Sus patrones parecen contar historias antiguas a medida que caminas sobre ella.
De hecho, todo en este sitio parece estar intentando comunicarse conmigo.
¿Estaré volviéndome loca o es mi wifi de fénix conectándose a este sitio?
La habitación es ridículamente enorme, casi igual de grande que el comedor de mi antigua casa en Madrid, lo que me hace preguntarme hasta dónde se extienden los dominios de la orden y cuántas personas albergan entre sus paredes.
Y encima tiene un baño personal incorporado, que parece un santuario de relajación al nivel de los hoteles de los que presumen las influencers.
A esto sí podría llegar a acostumbrarme…
Unos azulejos color marfil y cobalto cubren las paredes, y un espejo ovalado enmarcado en metal envejecido cuelga sobre un lavabo de porcelana blanca.
Pero lo que me va a venir de perlas y me deja totalmente enamorada, es su bañera independiente con patas de garra y grifos dorados.
Me empieza a quedar claro que la orden es sinónimo de ostentación, no sé si somos fénix o urracas, porque les gusta todo lo que brilla.
Aquí el dorado es el nuevo negro que pega con todo.
Una vez terminada la ronda de reconocimiento, mi cuerpo me recuerda que necesito relajarme, es una pena que haya perdido mis AirPods y mi móvil para escuchar música (y para poder comunicarme con el exterior), pero un baño de agua templada seguro que me hace sentir mejor.
Nada más cruza ese pensamiento por mi mente, la bañera empieza a llenarse y se escucha de fondo un hilo musical relajante. Si esto está pasando de verdad y no estoy alucinando, no me equivocaba, y mi sensación al entrar era totalmente certera. Queda confirmado que me comunico con este lugar.