2 #2
—Cariño, sé que no es nada fácil asimilar todo lo que está pasando y esta nueva realidad.
Me hubiera gustado que la situación fuese diferente, pero entiende que no sabes nada de este mundo y que tienes que prepararte.
Aquí estarás en buenas manos y a salvo. Nosotros traeremos de vuelta a tu hermana.
Tienes que ser fuerte y hacerme caso en esto.
Prométemelo. —Y alza el meñique para hacerme sellar nuestra promesa. Joder.
—De acuerdo, lo prometo —digo a regañadientes mientras deposita un beso fugaz en mi frente—. Pero esto no me gusta nada.
—Ni a mí tampoco. Te quiero mucho cariño, haz caso en todo a Héctor. Nosotros volveremos lo antes posible.
La veo cruzar a toda prisa la estancia oscura, hasta que por fin desaparece al rebasar el umbral de la puerta, justo antes de dedicarme una última mirada.
Siento un fuerte impulso de correr tras ella porque estoy muerta de miedo y no quiero quedarme aquí.
Pero tengo que cumplir mi palabra, mi promesa de meñique.
Por nada del mundo quiero perjudicar o retrasar la búsqueda de mi hermana.
Noto como me escuecen los ojos, de repente todo lo que creía saber acerca de mí, de mi familia, incluso del mundo...
es una mentira. Y por primera vez en mi vida estoy sola y no tengo ni puñetera idea de qué hacer.
Pero entonces me acuerdo de que él sigue aquí, y aunque me siento totalmente perdida, me niego a mostrarme débil delante de un extraño o a derramar ni una sola lágrima mientras pueda verme.
En lugar de eso, hago lo de siempre y me protejo con mi coraza.
—Por favor, dime que tú no eres Héctor. Hoy ya no podría soportar más malas noticias. —Apenas se mueve. Si no fuera por la sonrisa sarcástica que se abre paso en su cara, podría pasar por una estatua.
—Mala suerte. Me encantaría decirte que no, pero estaría mintiendo. Y eso es otra de las cosas que no acostumbro a hacer. Créeme, a mí tampoco me apetece cargar con una renacida. ¿Lista?
—¿Lista para qué?
Me ofrece su mano para ayudarme a bajar de esa especie de altar en el que me he despertado rodeada de cenizas. Ahora todo empieza a tener más sentido, supongo. Pero lo aparto de un manotazo, no tengo cien años y puedo hacerlo perfectamente sola.
Error por mi parte, porque al poner un pie en el suelo me tambaleo mareada. Aún me siento muy inestable, imagino que puede ser un efecto secundario de haber estado muerta. Qué sé yo, soy nueva en esto...
Me fastidia solo el pensarlo, pero si no fuera por él, que reacciona rápido y me sostiene por la cintura, me hubiera pegado una buena leche y ahora mismo estaría mellada besando el suelo.
—¿Siempre tienes que ser tan cabezota y complicarlo todo?
—Tú no me conoces —suelto molesta. Eso es justamente lo último que me dijo mi hermana antes de desaparecer, que era una cabezota.
—Más de lo que crees, soy un protector. —Me lo quedo mirando con cara de eso no me aclara una mierda —. Puedo percibir tu estado de ánimo, tus sentimientos... entre nosotros nos vinculamos, lo habrás notado. Pero mis poderes van más allá.
—Maravilloso, pues deja de percibir y sal de mi cabeza. No quiero que invadan mi privacidad.
—Nunca haría eso. Para meterme en tu cabeza tienes que dejarme entrar.
—Me horrorizo solo de pensarlo, esa puerta la tienes más que cerrada chaval.
—No me hacen falta mis poderes para percibir que van a ser unos meses muy largos con tu actitud…
—rezonga—. Sé que no quieres mi ayuda, pero aún no puedes caminar sola.
Al principio tardas más en volver y en acostumbrarte —aclara—.
Te acompañaré a tu habitación, y mañana a primera hora empezaremos la instrucción. Tienes que ponerte al día.
—Estoy deseándolo, no sé si podré esperar. —Noto como se tensa un poco, aunque intente aparentar tranquilidad, no tendré su superpoder, pero hasta yo me doy cuenta de que mi sarcasmo le saca de sus casillas.
No sé por qué, pero su reacción incluso me produce una extraña satisfacción. Igual mi superpoder de fénix es ese, poner a todo el mundo de los nervios...
No puedo negar que me encuentro como el culo, incapaz de dar ni un solo paso sola porque mis piernas se han transformado en gelatina. Así que tendré que comerme mi orgullo y aceptar su maldita ayuda, por lo que no me queda otra que apoyarme en su hombro para empezar a caminar.
Mientras avanzamos hacia la salida más despacio de lo que me gustaría, empiezo a acostumbrarme a la penumbra.
La gran estancia alumbrada únicamente por un tenue resplandor dorado que fluctúa sobre nuestras cabezas, mágicamente supongo ya que no veo ningún punto de luz, me permite fijar mi atención en el suelo mientras miro mis pies y me concentro en dar pequeños pasitos.
Está decorado con intrincados mosaicos de patrones geométricos, llegando a formar en algunos casos símbolos que son desconocidos para mí.
La sala diáfana, pero a la vez majestuosa, está completamente hecha de mármol blanco.
Podría parecer fría o extraña, como si estuvieras perdida en un museo de noche, pero hay una energía eléctrica diferente que me recorre el cuerpo y hace que me cosquilleen la punta de los dedos.
Puedo notar su calor haciendo contacto en cada una de mis terminaciones nerviosas. Es muy agradable.
Pero lo que más llama mi atención, son unos dibujos dorados que rodean el altar y que se unen en una escena final, donde emerge un ser alado en llamas que parece emanar energía desde su núcleo.
Siento curiosidad, por supuesto, pero no me apetece preguntar. Ahora mismo lo que me gustaría es dormir otra semana más y olvidarme de esta nueva realidad.
—Relatan la leyenda del fénix. —Lo miro en silencio, supongo que con un gran interrogante en la cara—. No puedo evitarlo, percibo tu curiosidad. Bueno, eso y que te he visto mirar los dibujos.
—¿Y no tienes un botoncito de apagado o algo? —me siento demasiado expuesta. Si lo nota todo, seguro que percibe también lo cagada que estoy.
—Ojalá, pero no funciona así.
—Pues es muy molesto la verdad. —Un silencio incómodo se alarga entre nosotros hasta que me doy cuenta de algo—. Aunque ahora que lo pienso... para ti también tiene que serlo.
Por lo menos a mí me parece agotador cargar con los sentimientos de los demás. ¿Tío, te dormiste el día que repartían los poderes o qué? Te ha tocado lo peor.
—Sí, son una mierda. —Por fin una sonrisa sincera. No hay fruncimiento de ceño, ni muecas, ni carazas serias—. Pero por lo menos soy inmortal y puedo volar.
—Uff un momento... —me paro en seco para asimilar la nueva información. Claro, no me ha dado tiempo a aterrizar lo poco que sé de los fénix, ni imaginar siquiera lo que pueden llegar a hacer—. Creo que tengo una sobrecarga en el cerebro por exceso de información. ¿Podemos volar?
—¿Te sorprende poder volar y no ser inmortal? —Niega incrédulo con la cabeza, parece que debería revisar mi lista de prioridades. Aunque creo que es porque lo de renacer como un fénix es vox populi y no me sorprende— Pues sí, tenemos alas de fuego.
—¿Estás de coña? —Me mira muy serio... Otra vez— Cierto, tú nunca bromeas ni estás de coña. ¡Qué chulada! ¿Las puedo ver?
—No. —Menudo seco.
—Porfaaaaa... Venga hazlo, saca tus alitas.
—No son alitas, no me hables como si fuera un pollo. Y tú también tienes las tuyas.
Cierro los ojos y las manos en puños para concentrarme y apretar con fuerza. Mi fénix tiene que estar dentro, en alguna parte... Así que intento encontrarlo y sacarlo al exterior.
—Pero ¿qué haces, estás cagando o qué? Porque esto es un lugar sagrado, estaría bastante feo por tu parte…
—Ja, ja. No puedes tener menos gracia... Intento sacar mi fénix interior. Quiero ver mis alas.
—Punto número uno, por si no lo has notado sigues muy débil. —Odio ese adjetivo, es como una patada en la boca del estómago— Y dos, así no se hace. No hay que apretar, hay que dejar que fluya y eso lleva su tiempo.
—Pues menuda mierda. Y luego dices que yo soy complicada, esto sí lo es —digo abarcando con los brazos todo lo que puedo. Refiriéndome a nosotros, a lo que somos, a mi nueva situación y visión del mundo.
—Oye... No pareces la clase de persona que acepte consejos; bueno, ni ayuda, ni órdenes, ni…
—Sí, sí, sí. Sé por donde vas, me queda claro. Puedes continuar. —Tampoco es que sea una rebelde que viva en la anarquía y no sepa aceptar las normas. Ahora seré sobrenatural, pero también adolescente joder, existen reglas, toques de queda y castigos... sé perfectamente de lo que hablo.
—Pero si me permites darte uno, tómatelo con un poco más de calma. Te queda mucho por descubrir. No puedes pretender saberlo todo en un día, nosotros llevamos preparándonos desde que nacemos. Y una vez nos convertimos, seguimos aprendiendo a dominar nuestros poderes.
Es abrumador, de repente me siento agotada. O sea, poderes, mundo sobrenatural, magia, inmortalidad... ¿Qué es todo esto? ¡Vaya locura!
Y además sin mi familia. Mierda, ¿dónde coño estás Candela?
—Bien, con calma... No sé si podré. —No sé si podré con nada de esto, así en general—. Ahora mismo creo que necesito darme una ducha larguísima para quitarme los restos de ceniza y tirarme en plancha a la cama. —Y sobre todo esconderme, para poder entrar en modo pánico sin público.
Su cara perfectamente cincelada como la de una estatua griega se ilumina un poco y me mira de reojo, sonriente, como si estuviera tramando algo.
Estoy segura de que sufre un trastorno de la personalidad, tan pronto está serio y hostil como sonriente. Quizá sea la dualidad del fénix, que nos trastorna la convivencia entre pájaro y humano. O quizá solo es que nosotros somos así, cambiantes, fluctuando igual que el resplandor de una llama.
—¿Qué?
—¿De verdad quieres ver mis alas?
—¡Estás de coña, pues claro!