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M is pulmones se llenan de aire de una manera salvaje, como si fuera la primera vez en mucho tiempo. Y entonces abro los ojos y me incorporo de un salto totalmente desorientada mientras me agarro de la garganta desesperada. Es como si me hubiera olvidado de respirar.
—Ya está, ya está. Estoy aquí contigo, pequeña. No pasa nada, estoy aquí. —Mi madre me acaricia el pelo suavemente y me repite una y otra vez lo mismo al oído en un susurro tranquilizador.
—¿Q-qué ha pa… pasado?
Me cuesta horrores hablar. Cuando se separa de mí, aunque el sitio está casi sumido en la oscuridad estoy totalmente segura de que no lo reconozco, pero sí sé que hay alguien más con nosotras. Puedo intuir su figura y también puedo sentirlo.
—¿Dónde estamos mamá? —Apoyo mis manos a los lados para intentar estabilizarme y las aparto de inmediato llevándolas al pecho. Me doy cuenta de que acabo de tocar algo que está tremendamente caliente. Estoy rodeada por montañitas de brasas y cenizas.
El desconocido se acerca lo suficiente como para ver por fin su rostro. Es un chico joven, quizá solo un par de años mayor que yo. Su pelo salvaje y rubio descansa a la altura de sus hombros y tiene unos grandes ojos azules que me observan curiosos antes de hablar.
—Tranquila, estás en casa. Estás a salvo. —No entiendo muy bien lo que quiere decir, ahora mismo estoy bastante aturdida, pero no tanto como para saber que este sitio no es para nada mi casa. Ni siquiera sé si estamos todavía en Madrid…
—Cariño, ¿cómo te encuentras, recuerdas algo de lo que ha pasado? —Me muerdo el labio inferior intentando hacer memoria, pero tengo un revoltijo de imágenes borrosas en mi cabeza.
—Recuerdo... Creo… Creo que íbamos en el coche y entonces... —De forma nítida mis ideas se reordenan y puedo volver a pensar con claridad. Entonces lo veo en mi mente como si fuera una película—. ¿Cómo están papá y Candela? ¿Se encuentran bien? Quiero verlos.
Intento levantarme, pero mi madre apoya sus delicadas manos sobre mis hombros y me retiene en el sitio.
—No te preocupes cariño, estamos todos bien te lo prometo, pero antes tengo muchas cosas que contarte.
Veo que te acuerdas del accidente, fue algo...
aparatoso —concluye. No es precisamente la palabra que yo hubiera elegido, pero no lo cuestiono, simplemente espero a ver a dónde quiere llegar.
Tengo curiosidad por saber dónde demonios estamos y qué es todo eso que tiene que decirme—. De eso ya hace siete días.
Me mira un rato callada, creo que intenta que yo vaya asimilando cada palabra. Entonces me doy cuenta de algo, hay una cosa que no me cuadra. La reviso de arriba abajo y luego me palpo cada centímetro de mi cuerpo.
Ella está perfecta como siempre, con su piel fina y blanca impoluta.
Y yo ni veo ni noto nada bajo mis prendas de ropa.
O somos las personas más afortunadas del planeta tierra o no entiendo cómo podemos estar perfectas, sin ningún rasguño en todo nuestro cuerpo.
Ni un mísero hueso roto, ni un moretón, sin dolor, nada.
Lo agradezco claro, pero cómo es eso posible después de un accidente de tal magnitud, si solo han pasado siete días…
—Veo que me sigues y que ya te has dado cuenta. Entonces la siguiente pregunta es…
—¿Qué está pasando? Y por favor no me digas que somos cyborgs —bromeo tontamente. Mi madre deja escapar una pequeña sonrisa que enseguida se esfuma mientras mira al desconocido y duda por unos minutos— Y joder, ¿quién es este tío?
—¡Mierda Estela, no digas palabrotas!
—Este tío, como tú dices, es tu instructor y por lo tanto también tu superior ahora mismo —me responde tocándose el pe cho como un gorila—.
Esto es la sala del renacimiento, una de las estancias más sagradas de la orden del fuego.
Todos somos... —Mi madre le da un manotazo y lo fulmina con la mirada.
Oigo cómo rechina los dientes, creo que si pudiera le castigaría sin móvil un mes como hace con nosotras.
Pero él es totalmente ajeno al cabreo de mi madre y se apoya molesto contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Quién? ¡¿Qué?! —digo mareada.
—De verdad, Lide —la llamaba por su nombre y le hablaba con total confianza, casi como si la conociera de toda la vida—. No tenemos tiempo para esto.
—No ves que hay que ir paso a paso, si no la vas a confundir. Mira cielo… —me coloca un mechón de pelo tras la oreja con ternura. Necesita estar ocupada mientras piensa en la mejor manera de contármelo, supongo.
—Mamá no soy un bebé, suéltalo sin rodeos por favor.
—Tu padre y yo os hemos ocultado un secreto durante mucho tiempo, porque queríamos que pudierais vivir una infancia normal como la que nosotros no pudimos tener.
—En mi mente empezaba a imaginar un montón de posibilidades loquísimas mientras mi madre intentaba explicarse.
Agentes secretos, fugitivos con nuevas identidades, experimentos de un proyecto gubernamental…
Estaba flipando—. Pero era imposible retrasarlo más porque estáis a punto de cumplir los diecisiete.
—¿Qué pasa a los diecisiete, es que me convierto en calabaza?
—El desconocido se ríe de mi referencia a Cenicienta.
No sé si conmigo o de mí la verdad, pero no me gusta ni un pelo, y enseguida saco a relucir mi mal carácter y me pongo a la defensiva—.
Y tú, ¿de qué te ríes? ¿Tienes algún tipo de trastorno de la personalidad, necesitas medicarte?
—Estela por favor... —Mi madre se pinza el puente de la nariz con los dedos, la noto cansada. O peor aún ¿asustada?
—De acuerdo, lo siento —lo digo más para mi madre que para él, pero me sonríe con una mueca de autosuficiencia. Es idiota, pero desde luego un idiota de hoyuelos interesantes... Pero ¡¿qué digo?! Uff… Creo que el golpe me ha afectado seriamente a la cabeza.
—Lo dudo... —murmura. Mi madre lo ignora por completo y vuelve una vez más a retomar su explicación.
—Lo que intento decirte es que no veníamos aquí por un trabajo, necesitábamos que estuvierais a salvo antes de vuestro cumpleaños, pero todo ha salido mal...
—Se tapa la cara con las manos y la escucho llorar.
Nunca la había visto así antes, es la persona más fuerte que conozco.
Así que me pilla desprevenida y le doy un abrazo torpe para intentar consolarla, pero es que no entiendo lo que está ocurriendo.
—¿Qué es lo que pasa mamá? ¿Qué pasa a los diecisiete, cuéntamelo venga? —Le aparto una mano de su cara y la aprieto entre las mías para animarla a hacerlo, pero continúa en silencio sollozando.
—Antes de cumplir los diecisiete y de renacer por primera vez, se celebra un ritual de iniciación para revelar los dones.
Por eso era tan importante que estuvierais aquí —y ahora mira duramente a mi madre mientras termina su breve y confusa explicación—, porque cuando estáis en medio de la primera transformación es cuando más vulnerables sois.
—¿Transformación, como un Pokémon? Vale confirmado, sí que necesitas medicación... —Es bastante surrealista todo esto. No sé dónde están ni mi padre ni mi hermana, mi madre no reacciona y solo puedo comunicarme con un pirado. De lujo.
—Los Pokémon no se transforman, evolucionan. Y no vas muy desencaminada, aunque spoiler, no eres precisamente Charmander.
—Tu bromita friki sin gracia me pone los pelos de punta, que lo sepas.
—Yo nunca bromeo.
—Ya, parece que tengas metido un palo por el…
—Será mejor que no termines esa frase jovencita, ahora mismo no es un buen momento para tus salidas de tono. Habré cometido un error y nuestra vida puede estar patas arriba, pero aún sigo siendo tu madre y puedo castigarte, no lo olvides.
—Esto es lo que pasa cuando decides vivir al margen de la orden —dice mientras me señala—. Ahora no solo no sabe defenderse, tampoco conoce las normas y es una falta de respeto constante. Por no hablar del problema que se nos viene encima…
—¡Es solo una niña! Y tiene mucho que asimilar…
—¡¿Y de quién es la culpa?! ¡Y no es solo una niña! Ese es el problema.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que soy? —Zarandeo a mi madre en busca de respuestas porque estoy empezando a ponerme muy nerviosa, pero solo me contesta él.
—Eres descendiente de una séptima hermana.
—¡¿Cómo?! ¿Tengo más familia?— Vosotras, nacidas el siete de septiembre, sois la séptima generación, la más poderosa y además unas géminis.
Pero ahora Candela ha desaparecido y hemos puesto en peligro el equilibrio entre la magia, lo sobrenatural y lo humano. ¿A qué es divertido?
Desde que subimos hace una semana a ese coche puedo jurar que nada ha vuelto a ser divertido. Es decir, mudarme ya me parecía un drama, pero con toda esta información no sé cómo sentirme y mucho menos cómo procesarla.
—¿Cómo que ha desaparecido, dónde está Candela?
—No lo sabemos cariño, cuando... ehm... volvimos , solo estabas tú.
—Hemos intentado rastrearla, pero su fénix no debe haber despertado porque ha sido imposible dar con ella. Estamos probando otros métodos, pero de momento no hemos avanzado.
—Un momento, un momento, para. Esto es una puñetera broma, ¿verdad? Os estáis quedando conmigo... ¿A dicho Fénix? —le señalo mientras miro perpleja a mi madre que asiente en silencio.
—Ya te he dicho que nunca hago bromas.
—Dios, eres un tío exasperante ¿lo sabías? Cierra el pico un rato. Nunca mejor dicho... —Por suerte no vuelve a abrir la boca za para replicarme. En su lugar me dedica una sonrisa mal camuflada que acaba en una mueca forzada—. ¿Pero esto de qué va?
—Quisiera poder quedarme para explicártelo todo y ayudarte en tu adaptación, pero no hay tiempo para eso, mi niña.
Ahora que has despertado, tengo que reunirme con tu padre.
Estaremos un tiempo fuera buscando a tu hermana junto con algunos voluntarios de la orden.
Tenemos que encontrarla lo antes posible.
—Pero mamá... No puedes dejarme aquí sola, quiero ir con vosotros a por Candela. Quiero ayudar…