La orden del fuego
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E stoy de brazos cruzados en el asiento de atrás del coche intentando expresar por todos los medios mi desacuerdo con esta nueva situación de mierda, a la que mis padres nos arrastran, y encima se atreven a llamar “aventura”. ¡Ja!
Mi cara de mal genio, los AirPods con la música tan alta como mis tímpanos pueden soportar y mi voto de silencio, son la única forma posible de protesta. No pienso volver a dirigirles la palabra nunca.
Encima, la actitud conciliadora de mi hermana gemela hace que me sienta profundamente traicionada y sola en todo esto.
Me hierve la sangre verla tan tranquila, sumergida en una de sus lecturas moñas.
Como si no pasara nada, como si de la noche a la mañana en un solo parpadeo, no se fuera al carajo nuestra vida.
Durante el último mes, mis padres han estado comportándose de forma muy extraña. Susurros a escondidas, silencios incómodos al notar nuestra presencia y discusiones que se interrumpían bruscamente al entrar en la habitación. Sabía que algo ocurría, pero no me esperaba esto.
De repente estoy secuestrada en el coche en contra de mi voluntad, camino a una nueva ciudad, mientras dejo atrás toda mi vida. Mi casa, mis amigos, mi novio... Todo lo que me importa.
¿Y qué puñetas se nos ha perdido de repente en Valencia?
A mí nada, eso seguro. Todo es por un ascenso dentro de la empresa donde trabaja mi madre, que pasará a estar a cargo de su nueva sede en Valencia. Un puesto que supuestamente nos proporcionará una vida mejor, nuevas oportunidades para todos y bla, bla, bla…
No paran de repetir que además será divertido, un cambio de aires. Se nota que tenemos un concepto muy diferente de lo que es la diversión. Antes preferiría hacerme las ingles a cera.
Ahora tengo por delante todo un verano soporífero en una ciudad desconocida, con cero unidades de amigos, y menos planes aún. Pero oye, ¡que ahora tenemos playa! Pues con eso todo solucionado, gracias mamá. Me construiré nuevos amigos de arena, y luego me ahogaré en el mar.
—¿No piensas decir nada en todo el camino?
Venga nena... —la voz de mi madre se filtra lejana a través de la música, pero la ignoro completamente.
Noto que me está mirando y me la imagino girada en su asiento, pero no puedo ni quiero verla, porque tengo la frente apoyada contra el cristal con los ojos cerrados.
En las pelis siempre queda bien, pero reconozco que no es nada cómodo porque el traqueteo del coche hace que me tiemble la cabeza.
Dejo escapar un sonoro suspiro, estoy valorando seriamente si tirarme del coche en marcha cuando me llega un mensaje y me entran unas ganas tremendas de echarme a llorar, como si fuera una niña pequeña.
Despedirme de él es lo más duro que he hecho nunca.
Gabi: Ya te echo de menos. Iré a verte en cuanto pueda.
Tecleo mi respuesta rápidamente:
¿Lo prometes?
Gabi: Lo prometo.
Me parece cruel que me separen así de Gabi. No han pensado en mis sentimientos, parece que no cuenten conmigo para nada. Cumpliré diecisiete en septiembre, ya soy casi una adulta ¿no? ¿Por qué nadie me ha preguntado primero? ¿Por qué no me escuchan nunca?
Me revuelvo cabreada en el asiento y noto una quemazón en la boca del estómago que me consume. Así que intento concentrarme primero en mi respiración y luego en la música que fluye a través de mis auriculares.
Siempre me ha parecido que las canciones son la banda sonora de ciertos momentos de nuestra vida, que cuando las es cuchas vuelven a ti en forma de recuerdos.
Ya no se pueden separar, para cada persona es diferente, pero siempre estarán vinculadas con esas canciones especiales y estas a su vez, con sus recuerdos.
Y ahora mientras me siento tremendamente triste, sé que cuando vuelva a escuchar El fin del mundo , será inevitable volver a este preciso momento.
Como es inevitable que cuando vuelva a sonar en cualquier parte, Todo de ti, me acuerde de mi primer beso con Gabi.
Dicen que soy muy joven, pero no me parece fácil pasar página como si nada. Olvidarme de todo. De él.
¿Es que por ser joven dejan de valer o duelen menos los sentimientos?
Sé que tengo que ser madura, entender la situación, ponerle las cosas más fáciles a mis padres, pero no puedo porque me siento muy desgraciada ahora mismo.
Mi hermana me arranca un auricular y se lo pone en el oído.
—¿En serio, el fin del mundo? Te pasas de dramática —y me lanza una pequeña sonrisa como si quisiera quitarle hierro al asunto.
Sus ojos ambarinos idénticos a los míos conectan con mi mirada y se tornan un poco tristes.
En seguida se da cuenta de que ha cometido un tremendo error despertando a la bestia.
—Claro, como tú te llevas a tus únicos amigos de papel metidos en cajas, no te preocupa en absoluto, pero yo dejo atrás a mucha gente a la que quiero.
Me arrepiento automáticamente, casi al segundo, de haberlo soltado, pero ya es tarde y soy demasiado orgullosa como para pedir perdón. Así que aprieto el morro disgustada por la situación y el encontronazo con mi hermana.
—Para mí también es complicado ¿sabes? —simula ser una reportera—. Últimas noticias, el cambio es para to-dos. Aunque no te lo creas, el mundo no gira en torno a ti... Egocéntrica —esto último lo dice en un murmullo, pero lo escucho perfectamente.
—Chicas, podemos tener un poco de paz, por favor... —Mi padre nos mira brevemente por el retrovisor con ojos cansados y suplicantes mientras sigue conduciendo—. Sé que es compli cado empezar de cero, pero si lo hacemos juntos será más fácil. Todos estamos en el mismo barco.
Sí, en el Titánic a punto de hundirse. Paso de esta conversación, así que le quito mi auricular e intento seguir a lo mío, pero mi hermana me coge de la muñeca.
—No puedes estar enfadada eternamente Estela. Es demasiado esfuerzo, incluso para una cabezota como tú.
—Eso ya lo veremos... ¿Cuánto quieres apostar?
Mi hermana pone los ojos en blanco y suspira derrotada. Por un segundo pienso que no va a decir nada más y me va a dejar tranquila. Pero eso sería demasiado bonito para ser verdad.
—Bien. Si quieres seguir escondida bajo la manta de la autocompasión allá tú. Pero es una decisión estúpida.
—¿Acaso me estás llamando estúpida?
—No lo sé, ¿lo eres? Porque tu comportamiento apunta a que...
—Estela, Candela, ¡por favor ya basta! Dios, casi prefería el voto de silencio a ver como os peleáis cuando más unidas tenéis que estar.
—Todo esto es por tu culpa, no te lo voy a perdonar nunca —la acuso mientras le apunto con el dedo y se me empañan los ojos de lágrimas, que hago desaparecer parpadeando con todas mis fuerzas.
—¡Ni se te ocurra volver a hablar así a tu madre, ya puedes ir rebajando ese tonito insolente! No te lo pienso repetir.
Es solamente un segundo. Un leve y rápido segundo, en el que mi padre aparta la vista de la carretera y me mira fijamente a los ojos mientras pronuncia esas últimas palabras, y todo pasa muy rápido.
Pierde el control del coche que invade el carril contrario y colisiona contra otro vehículo, dando una vuelta de campana.
Recuerdo ver saltar los airbags antes de que todo se volviera borroso.
El sonido de los cristales rotos y un quejido justo a mi lado como si alguien estuviera sollozando.
También notar el sabor metálico de la sangre en mi boca.
¿Y luego?... Luego nada, solo silencio y oscuridad.