Nunca hubo una sombra
NUNCA HUBO UNA SOMbrA
Regreso a Firenze. Un viento delgado con olor a naranjo llega a mi nariz.
Sólo vida en forma de aire delgado. Las cosas son en un orden justo.
Al lado del amor, nunca dentro. Las cosas cambian de forma con la luz de la tarde y regresan a su forma sin romperse.
Sin volverse ceniza, sin desaparecer. La cara de este hombre nuevo no es la cara del hombre nuevo.
La luz le da en la nariz y comienza a deformar su rostro como si de repente la tierra comenzase a girar muy rápido, atardece y su nariz cambia su sombra y es otra nariz.
Tu cara a veces, casi, ahora sí, justo ahora, en un segundo, Salai.
—Te he extrañado mucho, ¿sabes?
—Pero si estoy acá, no me muevo.
—No, toda tu ciudad está acá, pero tú no y es difícil, siempre.
—¿Qué lugares?
—¿Podremos ir a mi casa? Mi madre está muerta, por favor vamos a mi casa, mi padre no parece mi padre, por favor, estoy solo, podemos tomarnos de los hombros en el patio y contarnos todo.
Y luego la luz cambia y es este hombre nuevo de nuevo el que me mira esperando absolutamente nada de mí, me mira asustado de quien tiene al frente, y me repite que no se irá.