Vesubio
VESUBIO
Un amigo de mi padre, uno de los ex Oficiales de la Noche, me cuenta que a mi hija la mató una jauría.
Que él lo vio. Que los perros se volvieron malos.
Que le intentó tomar los brazos, pero los perros se comieron los dedos y que cuando fue a sacarle los dedos de la boca a uno de los perros, a mi hija ya le habían comido la cara.
«La cara fue comida», dice. Yo no le creo.
No le digo que no le creo. Este Oficial tiene los ojos verdes, tan verdes, no puedo confiar en alguien con los ojos tan verdes.
No es posible que esté muerta. Los perros no se comieron a mi hija.
Es una mentira. Veo mis piernas que sudan y tienen la misma forma que mis brazos.
Despierto viendo a tres perros muy grandes con el hocico lleno de ceniza.
Mi hija está en Napoli. Yo voy a Napoli.
Los napolitanos son el opuesto de los toscanos.
Los toscanos merecen el infierno. No entiendo por qué Dios amenaza a Napoli con el Vesubio.
No lo merecen. Son lo mejor de esta parte del mundo.
Mi hija está feliz en Napoli. Ella aprende a nadar mirando el Vesubio.
La sostengo de la cabeza. Ella flota, ella estará siempre bien.
Me dice que se siente pequeña ante lo grande del volcán, y que cuando le da la espalda se siente inmortal.
«Es como no morir nunca, como darle la espalda al fuego», le digo.
Ella entiende todo y, tal como mi madre nunca me enseñó la palabra caos , nunca le enseñaré las palabras desaparecer , fémur , romper , fin , nunca .