La oficina de la noche Última carta a Salai
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Última carta a Salai

ÚLTIMA CARTA A SALAI

Salai, mi Salai, Salai. Tengo un hijo. Una mujer en la que entré está más grande.

Me aterro y le pregunto algo que no recuerdo y me dice «es tuyo».

Yo le respondo que sí, que es mi hijo. Y me aterro y ella se aterra conmigo.

No la amo, ella no me ama, esto es otra cosa, esto no es Salai.

Esto responde a algo que no sé, porque siento mi ombligo unirse con mis pulmones y le digo que ella nacerá, no es una pregunta pero ella me asiente con la cabeza y tomo la parte de atrás de su cabeza, como tomando a mi hija, sé que será una hija no sé por qué, tomo la parte de atrás de su cabeza y veo como en una visión que sus dientes caen al mismo tiempo, y es mi hija sin dientes que no sabe decir una palabra y está bien, no tengo palabras para decirle, es mi hija, la amo, desde ahora y como al agua que bebo todos los días sin saber amarla, la amo.

Voy a tener una hija, Salai, una hija que no tendrá tu nombre robado, tu nombre de hombre porque no es uno, a mi hija que es sólo las proyecciones de mi esperanza en medio del terror que vivo.

Vivo, Salai, nuevamente. Habrías amado a mi hija que aún no nace, ella hará los mejores telares de oro, y savia, y tela, para contar nuestra historia, dirá «la historia de mi padre con S.

», para no perjudicarte, dirá «el próximo siglo», dirá «siglo», dirá «génesis», dirá «amor», mi hija, Salai, Salai, te amo, te extraño, es extraño decírtelo en el momento de mi hija, pero ella es toda la esperanza que no había, que tú cortaste al siglo, Salai.

Ella nace.

Ella crece, ella dice a y e.

Ella dice las nuevas palabras del siglo.

El siglo es mejor con ella, Salai, la amo.

La amo y ella habla, y no dice mi nombre.

Ella vomita en mi hombro como tú vomitabas en mi hombro, borracho.

Ahora me dice mi nombre sin dos consonantes, y la amo.

Tú la amarías, rompe todo, se traga todo, es una destructora de mundos, hace sangrar el pezón de su madre y luego rechaza la leche, ella quiere profundamente el lenguaje, me grita porque quiere hablar, amo a mi hija, Salai, te amo a ti también, siempre, te amo, Salai, perdón por repetirme, pero con ella siento tu amor de nuevo, es extraño lo que la gente dice de perder un amor, jamás creí que volvería con tal fuerza, como si tus huesos crecieran en sus nuevos dientes, tus huesos los dientes que le hacen pronunciar nuevas palabras.

Se le caen los dientes, recién crecieron y se le caen crecen y me niega.

Sale en las tardes y vuelve con la cara roja y yo se la lavo, me dice que quiere comer, y come y crece.

Carne y leche. No la veo defecar más, antes la veía defecar.

Es una niña que salta y que a veces me mira en uno de esos saltos y me dice padre y todo tiene sentido, es una niña que dice palabras, Dios, que dice palabras y que no muere, si muere, Dios, si muere, no sé, me convertiría en un cuadrúpedo, con mi corazón en el pie, y me cortaría el pie, y dormiría sobre mi pie cortado.

Si muere, Dios, tú no serías lo que eres.

No sé por qué sigo pensando todo esto. No sé por qué mi pensamiento es importante, como si alguien lo fuera a leer, pero si alguien lo llegase a leer, le diría que estoy profundamente desesperado por amar nuevamente.

Mis amigos se aburren de que siempre tenga las mismas palabras.

Beben vino y hacen como que me escuchan, con la boca morada.

Ser mi amigo es como comer lo mismo todos los días.

Nadie quiere comer lo mismo todos los días.

No quiero ser inteligente. No quiero ser un artista.

Soy un artista porque en mi naturaleza tengo la repetición.

Nada de amor, sólo repetición. Tengo un sueño recurrente en que el animal vuelve.

El animal me habla. Abre la boca y tiene dientes de todas las formas.

Dientes que son trozos de huesos de otros animales que comió y se ensartaron ahí, dientes de tamaños y formas distintas.

Una joyería en la boca de este animal, conocido y primario.

Es aterrador, y es muy amor. Lo siento y pienso en hígados, ojos de pescados, pero al mismo tiempo en oro y salvia.

El animal dice algo. Lo veo. El animal es una cabra.

Ahora es un jabalí. Tiene unos dientes largos que son colmillos.

Mi pecho se abre. De él sale una cuerda de luz que me une a él.

El animal escupe sus dientes y flota. El animal es un niño, niño sin dientes que ladra.

No ladra. Hace el sonido de los pájaros. Y levita. Levita a un metro mío.

Hay una luz hoy, Salai, hay una luz con un peso diferente que nunca he sentido antes.

Estás muerto. Estás muerto y una luz corta los bordes de las cosas como comiéndolas.

Todos los ciudadanos alrededor mío están cortados por la luz.

Mujeres decapitadas por la luz. Pero luego se mueven y tienen todo el cuerpo intacto.

Es difícil de explicar. Hombres de piernas cortadas por la luz.

Luz que se come partes humanas y las devuelve intactas.

Pero también, Salai, es una luz con peso.

El peso de la luz en mi cuerpo se siente como cuando apoyabas tu cabeza en mis piernas.

Pero luego sombra, y mi cuerpo está intacto y frío de nuevo.

Los nobles y sus ropas cortadas, y sus dedos cortados, las mesas, el vino de la mesa, todo cortado por la luz, pero nada se derrama, es una destrucción extraña esta, Salai, te extraño aún.

Firenze destruida tal como cuando la destruiste para mí, y para el mundo, en ese orden.

La ciudad sin ti y para el mundo, el mundo para los hombres sin luz, la luz para las mujeres y hombres sin juicio, cayendo desde el cielo, sin sonido de trompetas, sin dolor, sólo cayendo y cortando todo a su paso.

Te conocí en una época donde no confiaba en mí, por eso sé que te amo, lo que no te mata te debió haber matado.

Cuando me preguntaste cómo aprendí a hablar así te dije que mi padre me daba un florín cada vez que memorizaba tres líneas del Génesis, ahí aprendí de un mundo que cede al horror cada mañana y en la noche festeja el milagro que es ver una cara antes de dormir.