Fábula del hombre noble en los Jardines de Boboli
FÁBULA DEL HOMbrE NOBLE EN
LOS JARDINES DE BOBOLI
Había una vez un hombre. Había una vez en la República de Firenze un hombre, un hombre noble.
El hombre noble era joven y venía de una familia exiliada en el norte de Francia, el hombre tenía las cejas blancas.
Sus cabellos largos y negros tenían grasa, la grasa en sus cabellos era hermosa.
El hombre noble era hermoso. El hombre noble no encontraba el amor.
Durante una estación tras otra el hombre noble buscaba otro hombre noble en la ciudad.
Otro hombre a quien defender de los dragones, de las flechas, de la cera negra hirviendo.
Una mañana, mientras bebía anís viendo sus viñedos, el hombre noble se dio cuenta de que en el fondo de su vaso se formaba la figura de un ave.
El hombre noble vio en ello una señal divina.
Al día siguiente convocó a sus sirvientes para buscar a cada uno de los vendedores de pavos reales y flamencos del reino y las repúblicas cercanas, para traerlos a su palazzo .
En sus jardines, los jardines de Boboli, se armó una enorme fiesta con pavos reales, carnes y bailes de apareamiento.
Cuando el hombre noble salió de su ventana las miles de aves multicolores sobre los ciruelos y olivos fijaron su vista en él.
Las aves, en su mayoría flamencos y pavos reales, eran incapaces de volar.
«Esto es un cementerio de pájaros, nada vuela aquí, nada, esto es un cementerio», gritó en medio de sus invitados, mientras comenzaba a espantar a las aves a patadas.
El hombre noble no tenía amor en su cuerpo, dentro de él nada de amor tampoco.
Sin amor batió sus piernas y brazos hacia pájaros que sólo se rindieron a la muerte.
Los jardines de Boboli se llenaron de plumas, vino, sangre de ave.
La gente abandonó el palazzo . El hombre noble lloró solo.
Devastado por sus propias decisiones se durmió sobre una almohada de plumas.
Despertó solo, sin Dios, y sin otro hombre, noble o no, a su lado.
Luego del fracaso de su idea, el hombre noble se encerró en las huertas de sus jardines.
Dejó de comer carne, alimentándose sólo a base de ciruelas y sus cuescos.
Nada de amor para el hombre noble y sus manos con cuescos, cuescos que comerá una noche tras otra, y otra, viendo la luz cambiar la forma de las ciruelas.
El hombre noble queda totalmente solo, sin otra voz humana que lo aleje de sí mismo.
El hombre noble defeca en las orillas de los árboles.
Llueve, y es verano. Es verano y el hombre duerme en el día.
En el día sueña con una mujer rubia que abre desde su pecho una caja.
La mujer es una caja que dentro tiene un pie de oro.
El pie es un cáliz lleno de vino. El hombre noble sueña que bebe de aquel vino, el vino es rojo y bendito.
El hombre noble enloquece. Es triste. Porque es un hombre inútil y bueno, en el fondo.
Un hombre bueno e inútil que busca algo parecido a la ternura.
Algo que le corte el cuello, como un cuchillo, o una boca, pero que la sensación sea la misma.
La misma sensación que ha leído en libros que jamás nadie más ha leído, que sólo él ha leído solo, porque nadie en sus jardines sabe leer.
El sueño del hombre noble es sólo otro hombre, noble o no, que comprenda las vocales y consonantes y se las lea.
Alguien que le lea en la noche y así pueda conciliar el sueño y dormir al lado suyo, una vez más, más de una vez, dormir por las noches, como en una etapa anterior a la gran peste, a la muerte de los flamencos.
El hombre noble deja de leer. El hombre escribe.
Escribe para algún día ser leído. «Escribir es una tortura cuando está bien escrito», piensa el hombre noble.
Ahora el hombre noble escribe bien y es terriblemente infeliz.
Un día una gran tormenta azota la República de Firenze.
Los jardines congelados no tienen ciruelas que pueda comer el hombre noble y así seguir durmiendo de día.
El hombre noble adelgaza, se vuelve casi invisible en su reino, casi irreal.
Pasan meses de crudo invierno. Un día, una ciruela rueda a través de un agujero del muro del huerto.
La ciruela es roja y tiene la letra J tajeada en ella.
El hombre noble mete la fruta bajo su lengua y duerme.
En su sueño tiene la visión de un loro taladrando su cabeza.
El picoteo es intenso al punto de llegar a su cerebro y hacer un nido adonde lleva gusanos para alimentar a sus hijos.
El hombre noble sueña con un cerebro de gusanos violetas, y despierta.
Despierta con el golpe de otra ciruela en su sien.
La ciruela tiene la letra A. Así, el hombre noble pone la ciruela con la letra A bajo su lengua y la come, y duerme, y come, y duerme, y así por semanas, hasta que cambia la luz afuera, hasta que oscurece más tarde, leyendo letra a letra una fábula sin moral.
Cada semana le llegan letras nuevas. Una palabra por semana.
Cuando no hay palabras, cuando es sólo una ciruela vacía, significa que hay un espacio.
El hombre noble también come los espacios y así comienza a comer y vivir una fábula.
«¿Quién es el pájaro u hombre que me da alimento para no convertirme en un fantasma?
¿Quién me aleja de la muerte?», se pregunta, y siente algo parecido al amor, algo parecido a lo que ha leído.
Llega el verano, y con su sol llega un día en que las ciruelas dejan de entrar en el huerto.
El hombre noble se da cuenta de que la fábula ha llegado a su fin.
Y con ese fin, el fin de su vida hasta ahora.
La última frase es una frase que no se puede decir.
Esas frases que sólo pueden vivir escritas al otro lado de un cuadro.
El hombre noble decide regresar a sus sirvientes, a su casa.
Regresa con el cuerpo cubierto de cabellos, y la piel negra de hollín .
«Necesito una catapulta para derribar aquel muro», pronuncia con un acento antiguo, con la voz de alguien que ha sobrevivido de un siglo a otro.
Los sirvientes creen que perdió la cabeza.
Planean su muerte. Su asesinato. Su fin y el fin de su nobleza.
Sin embargo, antes de matarlo, a modo de curiosidad, deciden traer una roca desde el norte de la Repubblica di Venezia, para cumplir aquel último deseo, para verlo ser ridículo en su fin.
Ayudados por los ciudadanos de la república cargan sobre doce caballos la roca que derribará el muro.
El hombre noble pide que el muro sea derribado de noche, cuando él esté despierto, cuando la persona desconocida al otro lado del muro, la persona de las frutas esté dormida, en la noche justo cuando pueda sorprender a quien agusanó su cerebro con una historia de amor.
Los ciudadanos y sirvientes se reúnen luego de la medianoche para ejercer el plan.
La roca de Venezia se posiciona, vuela y rompe el muro.
Del otro lado, polvo, luz y árboles rotos.
Una nube de polvo se alza, una nube que oscurece los jardines por días.
Luego de esos días, días de espera del hombre noble viendo sólo un gris constante.
Bajo la gran piedra, luego de días de escarbar con galgos y manos, encuentran lo que fue un joven.
Un joven molido por el peso del muro y la roca.
El hombre noble toma la mano del hombre joven y encuentra la pluma de plata con la cual el joven escarbaba las letras.
Y el joven está muerto, el joven con el cual estaba el amor, entonces el amor está muerto. Fin.