La oficina de la noche Pensieri e Parole
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Pensieri e Parole

PENSIERI E PAROLE

En el inicio fue la luz, no la palabra, y la luz no fue buena.

El hombre nuevo sopla el fuego y estamos tan bien esta noche.

Si este no es el aire de Dios, entonces Dios nunca ha pisado este siglo.

Mi lengua va de su ombligo a su clavícula, y de su clavícula al cuello, y a su oreja derecha.

El hombre nuevo abre la boca y meto mi lengua ahí.

Memorizo sus dientes. Él deja salir una a.

Dice una e. Acaba de saltar la g, la n. Yo lo comprendo, siempre lo he hecho.

No trato de memorizar sus palabras, porque las palabras confunden todo lo bueno, sólo trato de memorizar sus huesos, sus cartílagos.

El hombre nuevo ya no es el hombre nuevo, porque conoce lo peor de mí.

Lo deseo menos que al inicio, pero lo extraño más, conoce lo peor de mí. Lo quiero.

Mi semen sale negro. Amanece. Era sangre, no semen.

Mi sangre es más oscura de lo que creía, o quizás el rojo de este siglo es demasiado pálido.

Es un hombre noble el hombre nuevo, lo es, lo triste es que se va siempre a la noche.

No va a cazar a nadie, no va a buscar otros hombres nuevos, sólo va a caminar, porque no sabe cómo dormir, pero regresa casi a la mañana y todo está casi bien, digo casi bien porque parece que estoy muriendo.

Amanece. Estoy muriendo, ocurrió de la noche a la mañana, y anochece y atardece igual que siempre, la diferencia es que mi cuerpo está terminando.

Justo ahora, justo en esta década que no está mal, justo ahora me comienzo a morir.

Es injusto, pero no me quejo demasiado. No lloro tanto ni siquiera.

Mi semen negro mancha su abdomen y él abre los ojos, veo un poco de terror en sus ojos.

Yo también tengo terror, terror de volverme triste estos últimos días.

Me da pena no ser más feliz a su lado, porque el hombre nuevo sólo trae felicidad, a sorbos, pero felicidad al final.

Aún con la felicidad y todo, no me salva del semen negro, no me salva de mi propia sangre, sólo la limpia y baldea la habitación luego de eyacular.

Hoy extraño a mi madre, extraño cuando me leía y me separaba las cejas.

Mi lengua se abre en el medio, tengo un pequeño corte como el corte que tiene mi sexo en la punta.

Me cuesta comer cosas enteras. Como un pan, como un hueso.

No puedo comulgar tampoco. El agua puedo.

El pan me lo mastica el hombre nuevo, la carne me la mastica también él, y me la da en la boca.

Como un pájaro. También me canta y yo muevo los dedos como tocando un órgano que nunca aprendí.

El hombre nuevo sabe tocar el órgano. Atardece.

Sus nudillos están pelados porque a veces toca demasiado.

Yo no sé hacer música. Le digo que él hace música para flamencos.

Es una broma repetida entre nosotros, pero él se ríe siempre, y luego llora por verme así.

Mi boca está abierta por algo que no sabemos qué es, él no sabe, yo no sé, no sé si Dios sabe.

Yo sólo sé que amo a este hombre nuevo y sólo pensar en dejarlo solo en Firenze me hace llorar.

Lo amo. Nunca se lo he dicho y espero que él lo sepa, espero de verdad que lo sepa, porque lo merece, Dios, él merece miel, no merece estar manchado de mi sangre, y no merece nunca el miedo, por favor, Dios, no le des miedo, yo puedo espantarle a los tigres, Dios, tú sabes que él no sabe dormir, que aún despierta en la noche pensando que los Oficiales de la Noche lo sacarán de su cama y le meterán madera en el ano, en las costillas, sueño horrible que hace que prefiera caminar por Firenze, Dios, ya sé cuándo está teniendo una pesadilla porque su cuerpo comienza a calentarse, su cuerpo se calienta como si estuviera realmente en una pira, y yo lo muevo como un pedazo de madera al rojo, hasta que se apaga, humea, se despierta.

El sol sale, seguimos en la cama, el sol se esconde un poco y yo salgo con el hombre nuevo del brazo, me lleva a la luz de Firenze, a los puentes de siempre, a los jardines de las afueras, a Santa Croce, al Duomo, a San Lorenzo, todos lugares que he amado y que me han aterrado, los veo sin emitir un juicio, porque ya no hablo.

Ya no hablo más.

Mi lengua está muy abierta. Parece que tuviera dos lenguas.

Él aún me besa, aún me saca a caminar del brazo aunque yo parezca su padre.

Aunque yo parezca su padre no tiene vergüenza porque es noble.

Es 1526. Muero de a poco. El teatro no ha muerto, siempre pensé que lo haría antes que yo.

El río Arno sigue igual, nunca ha tenido vergüenza por todos los cuerpos muertos que ha llevado abajo.

Los ríos no tienen moral. Eso se lo dejamos al mar.

El Arno no responde ni a Dios. Un día se tragará esta ciudad, estoy seguro, estoy seguro de que no estaré para verlo.

Estoy seguro de que el hombre nuevo está llorando, porque lleva mirando hacia la izquierda muchos minutos.

Se larga a llorar en cada puente porque me ve morir.

Él me dice que quiere ver los años treinta conmigo.

Yo le prometo que antes del próximo invierno no lo dejo.

Llegamos a la limonaia . Él me carga en sus brazos porque mis rodillas ceden.

«Quiero ver flamencos», le digo. Le digo eso con los dedos.

Porque no tengo palabras. Hablando de eso, quisiera declarar que mi última frase antes de dejar de hablar fue: «Es que estos flamencos son tan hermosos, ¿no? , ¿no?».

Hubiese esperado algo más épico, o al menos decirle que lo amo y que no merece el terror.

Es lo más hermoso que le puedo desear a alguien de un siglo a otro, no mereces el terror.

Se lo diría a cada firenzer aterrado, no mereces el terror.

Debiese ser un rezo al inicio de la misa.

Pero no, en vez de eso hablé de flamencos, por eso él me sigue trayendo cada tarde a verlos.

Amanece. Me cuenta la historia de un príncipe húngaro que los trajo de Messina a Firenze un día, y que ese príncipe murió solo en los Jardines de Boboli porque nunca encontró el amor, murió rodeado de plumas.

Acá le digo, déjame acá, le digo con la mano.

El hombre nuevo me sienta sobre una banca de piedra.

Hay dos jóvenes florentinos al lado. Estoy seguro de que cuando me vean se reirán de mi forma.

Estoy macilento, medio verde, y mi lengua color violeta, abierta en dos.

Me da miedo que me maten antes de que me muera, y que el hombre nuevo tenga que reconstruir mi cuerpo para un entierro cristiano, pero no, los jóvenes se ponen de pie y se van y uno me sonríe, uno de ellos me sonríe al ver mis rodillas muy delgadas, peso lo mismo que él quizás, voy camino a ser él de nuevo, a ser pequeño y morir pesando lo que pesan los flamencos.

Los flamencos son realmente hermosos. Estos animales son de otro mundo.

El amor del hombre nuevo es de este mundo, pero los flamencos de otro.

Amanece, atardece y amanece de nuevo, tantas veces que mi brazo no funciona, amanece y sólo muevo los dedos.

Es invierno, la pileta está congelada, los flamencos parados en sólo un pie no logran salir y creo que hay más de uno muerto.

Los restantes no dejan de caminar para no ser atrapados por el agua congelada.

Entrecruzan sus cuellos y discuten en su idioma.

Quiero ver el verano y no morir, le digo.

Él me da agua. Cuando no me entiende sólo me da agua.

Sólo tengo vocales. Él me besa entre las cejas.

Tengo las cejas tensas siempre, porque últimamente hay mucho dolor.

Dudo que alguna parte de mi cuerpo siga intacta de la enfermedad.

El hombre nuevo me dice acá, me dice acá, como si me entendiera, y apunta al lado opuesto a mis codos.

Y es verdad, ahí la enfermedad no ha tocado nada, la parte opuesta de mis codos es una isla libre de toda muerte.

Luz de nuevo y noche de nuevo. No sé de qué muero y no saber a quién culpar es peor, no tengo tos.

Mi lengua se ha tomado toda mi cara, como un animal que decidió dormir y no moverse.

Respiro muy lento. El hombre nuevo duerme conmigo.

Le pregunto si esta noche puede velar mi sueño, porque estoy asustado.

Él me trae unas ortigas. No me entiende, sólo me trae ortigas y me las pasa por el estómago, no entiendo para qué.

Me da agua con una cuchara. Me da tanta que me orino.

Que desastre tratar de hacer las cosas bien y terminar así.

Si le contara de estos malentendidos se reiría.

Amanece. Mi lengua sigue creciendo. Parece un trozo de hígado de jabalí, justo entre mi nariz y mi cuello.

Cuando conocí a Salai afuera del carnicero fui condenado a morir como trozo de carne.

Ya no entra comida ni agua en mí. Mi ojo izquierdo no ve.

El ojo con que Dios ve a los pecados, ese ojo en mí deja de ver.

Ya no logro ver el color rosado, sólo veo verde.

Mi cuerpo está inflado y el hombre nuevo no puede con mi peso.

Un médico viene a hacerme cortes en las sienes, me deja boca abajo y goteo como un árbol.

Goteo por horas mientras el hombre nuevo cambia la fuente bajo mío.

Mierda, no he escrito mi voluntad, pienso, pienso en que quiero dejarle el jardín al hombre nuevo, no sé por qué pienso en jardines con la sangre en mi cabeza.

Anochece y la sangre que cayó en mi ojo me hace perder el ojo. Ver rojo, luego verde, luego azul.

¿Seguirá mi hija flotando de espaldas al Vesubio?

Me olvido de que soy padre. Sólo soy capaz de ser hijo en este momento, sé que mi hija está bien, no quiero que me vea así.

Amanece. El hombre nuevo me despierta besando la parte opuesta de mis codos y la mañana está un poco mejor.

«El frío mató a todos los flamencos», me dice.

«¿Vamos por última vez al parque?», le pregunto con mis dedos.

Me dice que sí. No llora. Desde mi frente vierte un vaso de agua, como bautizándome, el agua resbala por mi cara y él ruega por que algo llegue dentro mío.

Dos días sin agua. El hombre nuevo reza, eso es nuevo.

Escucharlo rezar por primera vez es bastante hermoso.

«Si le rezo a tu Dios esta vez nos va a ayudar, ¿no?

». Le respondo que es muy fácil ser cristiano porque al final te puedes arrepentir de todo y todo estará bien.

Me mira y no me entiende. Muevo mi mano izquierda, toco su pelo.

Se duerme sobre mis rodillas, no duermo.

Quiero salir, pero él duerme, y yo siento cómo la luz cambia afuera, me pone muy triste eso, veo de lejos un rojo intenso del invierno florentino apoderarse de la habitación, veo la luz violeta antes de la oscuridad de la noche, veo la noche, no veo nunca más la luz.

Los grillos anuncian mi ceguera. Mis ojos ven por siempre este azul hermoso que no sé describir, pero es parecido al que usó Michelangelo para la Capella Sistina.

Mi mano izquierda apunta a la puerta. «Hay sol aún», me dice el hombre nuevo.

Le digo «luz», le digo «te amo», le digo «salgamos a ver los flamencos una vez más», antes que todo sea noche.

Llegamos al parque. Por primera vez esta ciudad no tiene luz.

Dios se la tragó toda. Esto no me aterra.

No hay más luz, con ella se fue el fuego, con ella se fue todo, todo es un gran azul, manchas de azul claro sobre azul más oscuro, Dios me dio un último fresco para mis ojos, para mis últimos días.

Es un día feliz. Estoy con alguien a quien amo con mi corazón y no hay luz.

Mi mano izquierda siente los portones de la limonaia , y apunta hacia los flamencos.

El hombre nuevo sabe que lo amo. Sabe que la luz no es buena.

Sabe que esto lo destrozará y sabe que quiero ir a los flamencos.

Perdón, me dice, y le digo que por qué me pide perdón y él sólo me besa en donde antes estaba mi boca, y me toma de los brazos y me recuesta en el pasto.

Con cuidado toma mi mano izquierda y la apoya sobre algo, siento al animal suave y húmedo abrirse entre mis dedos, casi como un sexo, pero sin calor, cubierto de plumas entre mis manos, «perdón, no sabía», me dice.

Baja mi mano por el cuello del flamenco muerto hasta llegar a su boca y sentir su lengua, no sabía que los flamencos tenían lengua.

Hasta el final uno aprende cosas nuevas.

Toco uno, y otro, y otro. «El frío los mató anoche», me dice el hombre nuevo.

«No puedes verlo, pero la limonaia es una alfombra rosada, hay cientos», me dice.

Y lo abrazo, le digo que no quiero que me entierre en Firenze, que necesito que me entierre en las colinas de Siena, que me cubra de ortigas, que vele mi cuerpo hasta que los zorros no tengan apetito.

Le digo eso pero de mi boca sólo sale una e.

Entonces siento que el animal de mi cara se orina en mi cara.

«Estás sangrando». «Estaré bien, es sólo orina».

Le digo que lo amo. Tengo el cuerpo lleno de animales.

Animales que me orinan y luego se van. «Voy a pedir ayuda».

«No, quédate acá, me dijiste que te quedarías acá, siempre, siempre amanece y oscurece».

Aún quiero verla, a la otra estación. Y a mi hija, justo ahora.

Perdón. Perdón. Dios, ¿un día más?, ¿no?

Quizás es gula, ya vi tantos días de este siglo.

Los animales comienzan a moverse de mi cara porque quieren ir al bosque.

Necesitan regresar al bosque. El último de ellos es un gato, un gato que está apoyado en mi nuca, un gato que tiene dentro de él todo mi corazón y mi cerebro, su cola está en mi garganta, su cola está fuera de mi garganta, dejo de respirar aire pero aún queda mucho que pensar, no pienses que por estar sin aire te voy a dejar, el gato se va de mi cuerpo, lo veo irse, ahora veo de nuevo, lo veo irse sobre los flamencos, hacia los olivos, y no hay frío, no hay Firenze, sólo hay bosques, no es confuso, quiero ser claro en este momento, porque lo mereces, amor, si llegaste hasta acá sin dejarme no mereces el terror, te mereces toda la opacidad del mundo, te amo, si me preguntas qué hay al final en sólo diez palabras te diré que al final hay un árbol, un naranjo con un corte cuadrado en el medio desde donde sale toda la luz del mundo, toda la vida que vendrá y la que nunca,