El hombre nuevo II
EL HOMbrE NUEVO II
Dios lo creó un sábado cuando estaba de buenas, lo creó justo después de dormir bien.
No pudo haber sido de otra manera. El hombre nuevo no tiene olor.
Abro su antebrazo con mi cabeza y entro en él de cabeza.
Aspiro y nada entra en mí. Meto mi mano en su axila y mido su temperatura.
No arde. Lo veo dormir mal. Duerme con la boca abierta.
Su boca tampoco huele. Su aire no tiene densidad.
Me duermo con la nariz dentro de su boca.
Sueño que de su boca comienzan a salir ramas de hinojo, que se enredan en sus ojos y ano y orejas.
Él sigue caminando y haciendo lo que hace todos los días, y nadie más que yo ve esto.
Despierto cayendo de la cama, mi cabeza se rompe en el suelo.
Sale poca sangre. Él me toma desde la nuca.
Veo un escupo de sangre en su mano. Este hombre no huele, sólo sostiene mi cabeza en su mano.
«No te muevas», me dice. No me muevo de acá, pienso, acá me quedo, al menos hasta el fin de esta década.
Tiene sentido porque amo a este hombre sin olor.
Todo olor es un olor que disfraza el horror.
La carne quemada, la mierda. Este hombre no disfraza nada, este hombre es sólo un habitante del mundo, su olor no cubre nada, este hombre no es un disfraz de hombre, es sólo un hombre que estoy amando muy rápido, un hombre nuevo a inicios de un siglo que promete una mejor vida y un peor arte que el siglo pasado.
—¿Cuál es tu idea del paraíso? —me pregunta, limpiando el escupo de sangre de mi cabeza en su mano.
—Es una osteria . Hay alcohol. Y una luz amarilla.
Y mis amigos están ahí en unos sillones de cuero viejos, al lado de los amigos que han dejado de ser mis amigos.
Y me paseo toda la noche entre las mesas diciendo «te quiero», y diciendo «perdón, te quiero, y te he extrañado», y una buena noticia llega para todos, y toda la gente en el lugar celebra, algunos gritan, la mayoría imagina otro siglo.
Se imaginan muriendo con la posibilidad de ver a otros naciendo cuando ellos ya estén muertos, y esos otros teniendo vidas con decisiones malas y buenas, y todo eso mientras anochece y no amanece, o nadie piensa en la luz afuera, y al final te quedas con un amigo mientras recibes en tu mejilla todos los besos que te han dejado tus amigos que se han ido a dormir, incluso tu amante, sientes su beso en la boca, y sientes alcohol y otras cosas, sientes tu boca llena de noche y de conversaciones.
Entonces ambos se ven bajo esa luz y no es el alcohol, pero hay mucho amor en ese momento y eso hace que haya felicidad, que, inevitablemente, será perdida, y ese momento será una porción de luz tenue que conservarás en tu estómago como un rectángulo de mármol y amor por toda tu vida.
¿Y tú?, tú estás al frente mío en esta osteria .
Con tus clavículas y tus ojos, Dios, tus ojos, por eso te digo que mi Dios te hizo luego de haber dormido tan bien, Dios te hizo lúcido, y tú ya estabas dentro mío, eras ya más interior que lo más íntimo mío, y más elevado que lo más alto mío.
En ti no hay caos, no hay ni fiebre, ni pena, ni sombra.