La oficina de la noche El hombre nuevo
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El hombre nuevo

EL HOMbrE NUEVO

«Deberías sentir terror, porque esto es sólo el fin, lo que quiere decir que aún queda el inicio». Estoy ebrio y caliente, él igual, pero menos que yo. Cuando me refiero a él me refiero al hombre flamenco, que me dijo que no le diga más así, así que sólo lo llamaré el hombre nuevo.

Le digo que los nuevos inicios son monstruosos, sin moral, sin vergüenza.

¿Sabes? No. No sabes. Vendrán miles de pedazos de carne volando contra ti, árboles.

No. No son árboles. Son estacas con clavos.

No. No, no clavos. Dientes pegados al tronco y saliva que chorrea.

Abajo del árbol hay barro con porcelana y niños apilados, caballos de piernas rotas, no, sólo las piernas de caballos, y más niños muertos, tantos, tantos.

Mi madre muerta también, tu madre también.

Esta copa de vino me puso oscuro, tan oscuro, perdón, sólo quiero decirte que los inicios vienen con setenta años de caza.

Son setenta años que tienes que estar fuera de la luz.

Y tú que insistes. He visto volverse carbón lo que más he amado.

Nadie vive setenta años. Si lo haces mueres hablando en voz baja con objetos que te protegen de la muerte bajo tu cama, con objetos de amor bajo tu cama, con un cuchillo bajo tu cama.

La luz no fue buena. No será buena. La gente dice «es tiempo de salir de la luz» como algo que pretende valentía.

Idiotas, fanáticos, vacas. ¿Quiénes de este bar pasarán al otro siglo?

Es tiempo de salir del círculo de luz que hace desaparecer cuerpos.

Es tiempo de amar con los dedos de las manos, después de que oscurece, de amar en los bosques con miedo a los animales, de hablar en voz baja a los perros, sólo las cosas que no mueren se hacen en voz baja.

Por eso te hablo en voz baja, y te hablo cosas inútiles, como si te invitara a mi habitación.

«Sí», me responde, y me mira con la boca entreabierta, su cabello es negro, es rizado y esconde sus ojos, me sonríe.

Este hombre nuevo es la mejor creación que he visto desde hace mucho tiempo.

Afuera es recién de noche, pero llevamos bebiendo desde la mañana.

Es tan difícil estar con un hombre nuevo, Dios.

Debo caerme ebrio para poder estar con uno.

No por miedo a él. Sino porque debo dejar de temer a la muerte que arrastra consigo un hombre nuevo.

Un hombre nuevo siempre está conectado con cuerdas a otras cosas.

Cosas que nos pueden seguir hasta nuestra cama.

Cosas que nos matan. Y antes de estar con uno hay que cortarlas.

Cosas que nos pueden tocar la puerta en la mañana y arrestarnos.

Mierda. Quiero llevarlo a mi habitación, pero sería sabio sólo masturbarlo en un pequeño pasaje de San Lorenzo.

Su cabeza se acerca a mi hombro, siento su oreja fría en mi clavícula.

Miro alrededor. Todos los hombres de la cantina parecen ebrios.

Menos uno. El dueño. Me mira fijo. Nos mira fijo.

Tomo la cabeza del hombre nuevo y la alejo.

Le toco los pies con mis pies, informándole que nos están viendo.

Pero no entiende. El hombre nuevo es idiota.

Y sólo traerá muerte y pestilencia a mi vida.

Le aprieto su uña con mi uña. Despierta.

«Estamos en la luz», le digo, es la frase que tenemos para saber que gente que trabajó para la Oficina de la Noche está en el lugar.

El hombre nuevo saca el cabello de sus ojos, respira y va hacia el dueño del lugar, se tambalea.

No entiendo qué quiere hacer. Si hace algo estúpido lo dejaré morir solo.

Lo observo como mirando a un pájaro entrar en un nido de avispas.

Cuando está frente al dueño saca de su bolsillo una bolsa de florines y otra más, el hombre nuevo es un firenzer pero es noble y paga por el silencio de las personas.

Les paga por el alcohol bebido y por no ver.

Luego se gira hacia mí y camina hacia la puerta del bar, se va.

Yo me tomo mi tiempo antes de dejar el bar.

En mi mesa hay vino derramado. Con mi dedo muevo las gotas.

Hago países que luego destruyo con mis manos.

Nadie me mira. Estoy solo. Y extraño al hombre nuevo.

Sólo necesito alguien con quien hablar, alguien que no me dé inteligencia, sino escucha.

Salgo del bar. Me despido del dueño que se ríe de mí como si yo fuera una prostituta recién pagada.

Salgo del bar y no vomito como usualmente hago.

Decido caminar ebrio. Camino por Firenze y estoy tan ebrio que la amo.

Cuando estás ebrio amas tu ciudad aunque esta te persiga.

Estoy solo y oscuro y tan cerca de Dios.

Camino por Le Pelliciai, paso Santa Croce, paso Santa Maria Novella, paso el convento de Santa Orsola, camino en oscuridad con Dios y en esta oscuridad total y absoluta alguien me toma de la cadera y me aleja de la luz, de las farolas, alguien que me desea me toma de la cadera y me empuja contra la pared del callejón y abre mi boca con su boca y mete su lengua sobre la mía, como algo muerto pero espasmódico, y dejo de hablar, dejo de pensar mierda innecesaria, alguien que me ama me toma y me aleja de la ciudad, alguien que me ama, porque este deseo tan cerca de la muerte no puede ser otra cosa que amor, alguien que me ama me deja sin palabras, se come mis vocales, traga mi saliva.

«Creíste que te había abandonado», me dice.

Es el hombre nuevo, pero podría ser cualquier hombre nuevo o criatura que me aleje de las cosas que me matan en la noche.

No le respondo, él me mira, me besa en los ojos, siento que el agua dentro de mis ojos se revuelve y que todo lo que he visto en mi pequeña vida se mezcla con lo que veo ahora, el pasado con el pasado, el año pasado, la carnicería, Salai, Salai y el hombre nuevo, que son el mismo, al fin y al cabo, al fin y al cabo no estoy sobrio para mejores metáforas.

«¿Y?». «Y nada». «No podemos quedarnos toda la noche aquí».

«No», le digo y le tomo de los cabellos de la nuca con las dos manos.

Miro su mandíbula, tiene una mandíbula tan marcada que podría cortar un durazno con ella.

Delineo su mandíbula con mi nariz. Hueso con hueso.

¿Cuánto resistiría este hueso de mandíbula al fuego?

¿Cuántos minutos antes de que el cartílago de las orejas ceda y caiga a la ceniza?

Con mi índice abro su boca. Toco sus muelas desde atrás, los espacios entre sus dientes.

Cuento quince dientes. Más de lo común en un hombre de su edad.

¿Cuántos de sus dientes serían comidos por los perros?

Abro aún más su boca con mi mano, con la otra aún sostengo su nuca, tomo su lengua como queriendo tajearla.

¿Qué discurso daría con esa lengua? ¿Qué palabras saldrían de este hombre nuevo, nuevo y tan hermoso, cuando se enfrente a la luz?

Este hombre nuevo de seguro es un cobarde que gritaría al sentir que sus pies se derriten, lloraría como un sodomita al ver sus uñas pegarse al hueso, y yo con cobardes no, no, no, yo soy el cobarde acá, yo soy el sobreviviente del siglo, otro más no.

—¿Todo bien?

—Estoy borracho, debo irme.

—Conmigo.

—No.

—¿No?

—No. Fin.

—¿Fin de qué?

—Fin de siglo, de todo, fin.

Sus ojos se vuelven llorosos. Saco mi sexo.

Él trata de tocarlo. Alejo su mano. Tomo mi sexo y comienzo a orinar.

Le orino los zapatos, los pantalones. Estoy enfermo.

Parece que llora pero no hace ningún ruido.

Ni siquiera se mueve. Está quieto mientras orino sobre él.

Cobarde de mierda. Inútil. Pasivo. Su nariz corre.

«Deseo que te eliminen pronto», le digo, sacudo mi sexo, lo guardo.

Estoy en Ponte Vecchio, ¿cómo llegué aquí tan rápido?

Mi sexo está afuera, no lo guardé, al parecer.

Está manchado de carbón como si hubiera fornicado con una pared, tiene semen en la punta.

Lo lavo en una fuente. Una mujer se acerca.

Estoy dentro de ella. Estoy en mi cama solo.

Mis sábanas tienen vómito y mierda. Bebo agua.

El agua es lo único que tengo. Qué amor el hombre nuevo.

Qué culpa infinita. Qué misterio de culpa.

Mi padre me despierta. Me dice de limpiarlo.

Su cama está naranja, mi padre orina naranjo desde hace semanas.

Yo la limpio. Pero estoy ebrio. Mi padre me besa en la cabeza.

Lloro con él. Sabe que estoy borracho. Lo amo en el fondo.

Tenemos la distancia piadosa entre un padre y su hijo.

La distancia entre dos cobardes. La distancia que me permite amarlo.

Me lleva al baño y luego de lavarlo yo a él, él me lava.

Agua marrón entre nuestros pies. Y pienso en el hombre nuevo, y en nada, y en el hombre nuevo, y en el siglo nuevo, hasta que el agua se vuelve transparente.