La oficina de la noche Osteria
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OSTERIA

«Ese hombre es un vendedor de perfumes» .

Es mi manera de decir «ese hombre es un farsante».

Esta ciudad está llena de vendedores de perfumes.

Y los puedo oler. Deben decir cinco palabras, en la primera frase ya los tengo.

Ya lo sé. La mayoría de los toscanos son vendedores de perfumes.

Hombres que prometen cosas. Que adornan con palabras agua con sal y la hacen pasar por fragancias exóticas de la India.

Te prometen oro líquido y te venden agua con sal.

Esta ciudad está llena de hombres con abrigos llenos de frascos.

Puedo sentir el sonido del vidrio mientras se mueven.

El hombre al frente mío puede ser uno. Es hermoso.

La mayoría de los hombres hermosos son vendedores de perfumes.

Se acerca uno a mí. Lo conozco. Es un flamenco que viene los días del Señor a beber.

Le hago un gesto con mi pie izquierdo. Me hace un gesto con su pie izquierdo. Voy a la calle. Me sigue a la calle.

—Creo que me quieres besar.

Le digo eso mientras orino. La orina salpica desde la punta de mis zapatos a mis rodillas.

Creo que es una frase perfecta. Porque no tiene margen para el error, es una ecuación matemática limpia, que deja a la persona en una situación de fe pura, poco clara, maleable, la cual es difícil de anular.

El hombre flamenco me mira y sonríe, ha estado aquí desde hace una hora.

Sé que es flamenco por su acento. No se mueve mucho, ni se aleja mucho.

El riachuelo de mi orina separa al hombre flamenco de mí.

El hombre flamenco da un pequeño salto sobre la orina y toma mi mandíbula como midiendo mi hueso. Al fin toma mi mandíbula.

—¿Qué haces?

—Miro el río —respondo.

—¿Qué hay en el río?

—¿Qué tienes en tu mano?

—Quince florines —dice.

—Bien, si me das veinte florines te abro la boca con mi boca.

—No —responde con seguridad, y cambia de orilla. Mierda, debo cambiar de estrategia.

—Si te doy estos quince florines, ¿me dejas besarte el cuello y poner mi nariz entre tu cuello y oreja?

El hombre flamenco ríe con mi frase.

—Tienes dientes hermosos —le digo.

—¿Sí?

—Sí. Parecen de mármol.

—Mi madre hace unos pinceles con crin de caballo y plata, y me friego los dientes con hojas de salvia y agua caliente

—Extraña costumbre la tuya.

—¿Cuál?

—Esa de rasparte los dientes. Ni que fueran madera —el hombre flamenco ríe.

—Y esa de estar con hombres es también extraña —me responde. Toco el labio de hombre flamenco con los dedos y él se aleja de golpe y por un momento se ve realmente joven, como si aquel golpe de miedo lo hiciese regresar a un rostro infantil.

—No hagas eso.

—Nunca he hecho eso —respondo, mintiendo.

—Déjame solo. Tengo que volver a casa. Raspar mis dientes, y dormir, dormir solo.

—No te vayas aún.

—¿Por qué?

—Porque por primera vez desde el siglo pasado que siento esta sensación de estar casi bien —hago una pausa porque no soy convincente—.

Y, y, y querer algo que no sé qué es. Es como cuando caminas por algo, y es suave y te das cuenta de que es un campo de orejas, orejas de liebres, y ves una masacre en algo que se sentía bien, y aun así sigues caminando con los pies con sangre.

—No existen campos de orejas de liebres —responde.

—Yo he visto. Nadie lo dice pero saliendo de Roma hay un lugar antes de llegar a la isla de Ponza donde están los restos de orejas de todas las liebres después de las cazas. Y los cazadores con sus familias se sacan los zapatos y caminan por esa alfombra larguísima de orejas.

—Te veré de nuevo —dice el hombre flamenco.

—¿Es una pregunta?

—No.

—Me dejarás solo.

—No. Te veré de nuevo.

El hombre flamenco comienza a caminar. Lo veo bajar las escaleras de Piazza di San Lorenzo, y los faroles de pies de dragones se encienden uno a uno desde el fin del Arno.

Me grita algo como «te veré de nuevo, pero tú me buscarás por la ciudad, y aunque seas un mentiroso, diré que sí», o al menos eso escucho, y luego dice algo parecido a «aunque no tengas dientes», pero se refería a la forma de mi sonrisa, quizás, y dice algo más, y le dije algo más también, que no entiendo, y dice lo último, la última cosa que parecía importante porque paró de caminar al decirla, pero no sabré nunca qué dijo.

La luz se refleja amarilla en el río más azul que nunca, y me ciega, pero no es invasivo, es verano y estoy vivo luego de tres años, algo crece en mí, como un órgano nuevo, como el sonido de un órgano que fue atrapado por la lluvia y se comienza a afinar lentamente, desde el medio del pecho, algo extraño, como una nota metálica, triste, sin fin, desafinada.

Es muy tarde. Amanece. Algo suena. Afuera de un convento hay un órgano que tres mujeres hacen funcionar colgándose a unos remos que dan aire a unas bolsas de tela que se inflan y desinflan.

Las mujeres saltan sobre la madera y otras tocan las teclas.

Los instrumentos de viento me aterran, no los entiendo.

Había una vez un hombre que me contó que quería hacer un instrumento de zorros.

Cortándoles la cola a los zorros y cada sonido era una nota.

Los músicos me aterran. Lo único que pido es que el hombre flamenco no me regale una campana mañana.