La oficina de la noche Assisi III. Tonsura
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Assisi III. Tonsura

ASSISI III

Tonsura

Es un círculo. Tiene cinco dedos de diámetro desde mi oreja hasta el centro.

Seis dedos desde mi frente al centro. Se llama tonsura.

Estoy orgulloso de ella. La gente no sabe qué es una tonsura.

Pero cuando la apunto se ríen, me dicen que no sabían que eso tenía nombre, yo me río con ellos, últimamente me río con los ciudadanos aunque sean unos imbéciles, eso es hacer ciudadanía, mostrar los dientes en los espacios comunes.

Mi tonsura mide el diámetro de mi mano. Aprendí a hacerme la tonsura solo.

Siempre en la noche, siempre. Justo en el punto en que el cuerpo está como a punto de caer de cansancio, pero repentinamente llega un escándalo sensual y oscuro de energía que despeja mi cerebro, y no puedo sino ir a un espejo y comenzar a definir un círculo en mi cabeza, un círculo que no abre espacio a la muerte, sino a las ideas de Dios.

Al terminar el círculo de mi cabeza escribo mis rezos.

He escrito muchas oraciones así. Cada oración tiene por título una frase del evangelio.

La última se llama De noche iremos de noche, para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra, sólo la sed nos alumbra .

Una frase que puede hablar de deseo irrefrenable a los hombres o al vino o a Dios, en la misma medida.

También pensaba, inevitablemente, en la fuente que mi madre usa para lavar su cabello en nuestro patio, y en los animales que se acercan a beber de ella, y los que transitan por la noche alrededor, como mi padre.

La sed es lo único universal, lo que compartimos, todos, los condenados y los jueces, los milagrosos y los enfermos buscamos, solos, una fuente en una noche constante, no eterna, pero constante, constante por decenios, decenios de cielos cubiertos de humo, humo con olor a carne y mirra, y siempre, después de todo, el amor, el horror, el fin del amor, siempre, la sed.

Lo único constante en la vida es la sed.

Mi tonsura está lista. El sol le pega en la mañana y se siente como el aliento de Dios.

Los niños de Assisi me dicen que tengo un nido en la cabeza.

Yo junto mis ojos en el medio de mi nariz imitando a un ciego y ellos se ríen.

Uno de mis hermanos franciscanos me dice que no está bien reírse de los ciegos.

Qué falta de sentido del humor y del gusto.

Sigo, escondido, imitando a los ciegos. Sé que a Dios no le molesta, y mi público parece apreciarlo.

Aprendí a hacer sillas. Es un oficio real.

No como eso de escribir o recitar en el teatro.

Yo hago sillas. Algo útil, lento y constante.

Una práctica que requiere coraje y evolución y cuyo resultado, en una manera proporcional, debe ser útil y hermoso.

Útil y hermoso. No como Salai, hermoso e inútil.

Pero volviendo a las sillas. Es el oficio más noble.

Desde nuestro Señor que fue carpintero. Benditos los que trabajan la madera del bosque para protegerse de los bosques y sus fieras.

Antes mis sillas eran endebles, no sabía hacer las cuatro patas iguales y siempre cojeaba una, y mis hermanos, que aman el silencio, se incomodaban con el golpe constante.

Cuando por primera vez hice una silla útil me besaron en la tonsura.

Aprendí a hacer sillas solo antes de hacerme la tonsura solo.

Va en ese orden de dificultad. Si debo confesar las cosas difíciles de mi vida en un orden específico he llegado a esta conclusión a mis treinta y cinco años, de lo más fácil a lo más complejo:

escribir

hacer mantequilla

hacer teatro

decir que no

masturbarse en la casa donde naciste

hacer música

hacer queso

rezar

hacer sillas

hacer una tonsura

Últimamente, desde que hago mi tonsura veo que el mundo está sólo dividido por círculos.

Y no me refiero sólo a los círculos religiosos, monárquicos o de nobles.

Sino a las figuras en la vida. El sol marca mi habitación con círculos de luz en la mañana.

A los sodomitas se les prende fuego en seis piras perfectamente circulares cada tarde.

Cada tarde cuando bebo en la osteria el vaso deja sobre la mesa círculos violetas, en los que veo, borracho, a pequeños hombres en llamas, mi mente está diseñada para ver círculos.

El horror es circular. Todo lo que está dentro de un círculo está condenado a la muerte.

Como la escritura. La escritura cuando es circular y busca el cierre no llega a Dios.

No es divina. Lo divino es la línea. Por eso se representa a los santos en sus revelaciones con literalmente cuerdas negras saliendo de sus bocas hacia el cielo, nunca círculos.

La masturbación es circular. El peor animal es el caracol.

No estoy diciendo matemos a los caracoles, pero promueven la circularidad.

El único círculo que ilumina es aquel que se hace en la cabeza.

No sé qué de misterioso hay en ello, es un secreto.

Atávico sin explicación. Como el secreto de que cuando no puedes dormir debes pensar en tus pies.

Antes de dormir siempre pienso en mis pies.

Imagino toda la sangre de mi cuerpo corriendo hacia a los pies.

Y ahí me duermo. Funciona siempre. Lo doy de consejo. Toda la sangre cuerpo abajo.

El otro día el sol me siguió por todo Assisi.

Comenzó afuera de la iglesia mientras daba de comer a los pájaros, una marca de luz circular se posó en mi espalda, justo sobre mi hombro.

Cuando me moví se movió conmigo. Los niños al lado se reían y le lanzaban piedritas.

Ahí me di cuenta de que esto no era un golpe de luz común.

Yo caminaba, y esta marca de luz me seguía, me seguía como un lunar de Dios, como un trozo de calor inagotable.

Más allá de pensar en un milagro o una bendición, me aterré, grité a los niños y corrí a la osteria mientras este círculo me seguía por cada pasadizo, cada huerta, cada árbol de Assisi.

Bajo un árbol me desvestí y desnudo vi en mi hombro una marca dorada perfectamente circular quemando poco a poco mi piel.

En ese momento me rendí ante la mirada fulminante de un Dios que quiere ser visto.

Me cubrí el cuerpo. Y bajé caminando bajo la mirada de Dios por las calles, hacia la osteria .

Lo único que podía hacer era emborracharme hasta olvidar que Dios me estaba mirando.

Luego de beber siete cálices de vino en la osteria , donde ya me conocen, donde bebo demasiado y cuando se hace muy de mañana me cargan en hombros a los establos de los franciscanos, en esa misma osteria donde siempre termino rezando o riéndome, me desvestí, nuevamente, frente a los ciudadanos, me desvestí y sin ánimo de lujuria, mostré aquella marca de luz, que si bien ya no estaba ahí, como si Dios no entrase a las osterias , aquel círculo de contornos negros me marcaba justo en el espacio donde el sol había estado.

Marca circular perfecta. Una O pronunciada por Dios, en una canción larga y sin un coro.

Dios quizás marca a cada uno de sus hijos que alabaron los círculos de luz algún día.

Porque yo vi, Señor, y tú lo sabes, Señor, que yo vi a sesenta y dos hombres ardiendo, vi a sesenta y dos, y ahí recién decidí parar.

¿Son muchos días, no? Todo lo hice en dos años, pero imagina quemar por sesenta y dos días seguidos a alguien, Señor, no quemar siquiera, sino ser iluminado por el cuerpo de alguien quemándose, por esa luz, mi piel guardando toda esa luz, mis pulmones ese aire.

Aspirarlo y botarlo y volver a casa y comer y hacer entrar en tu cuerpo comida, quemarte la lengua, no hablar más. Más.

Un hermano entra cuando acabo de terminar, de forma perfecta y matemática, el círculo en mi mollera.

Me dice que limpie los pelos en el baño.

Yo me disculpo. No hablo por el voto de silencio.

Voy y recojo mis cabellos sin decir una vocal.

Él me mira. Lo veo desde el espejo, lo veo envidiando la simetría, inútil, perfecta, servicial, sensual y luminosa de mi tonsura.