La oficina de la noche Assisi II. Nada
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Assisi II. Nada

ASSISI II

Nada

He estado lejos de Firenze por un año, año en el que esperaba morir, pero sin resultado aparente.

Por respeto a mí no quise regresar a Firenze.

Si llegase a morir en Firenze por favor lancen mi cuerpo envuelto en hojas de palma justo a las afueras, sobre un árbol o algo con altura para evitar ser arrastrado de vuelta en la mandíbula de alguna bestia.

Luego de un año en Assisi he llegado a la conclusión de que todas las sagradas escrituras se resumen en una frase.

No hay nada más ofensivo, vulgar y despiadado que ser rico.

Es simple y nadie parece recordarlo con facilidad.

La gente siempre ha sentido asco hacia la miseria, se esconde de la escasez como de la peste.

La gente reza en voz baja para no padecerlas.

No hay nada peor que ser pobre. No hay nada más difícil que ayudar a un pobre.

No hay nada más pobre que el evitar la mirada con uno.

No hay nada más bajo en uno que el cinismo hacia la falta de pan.

No hay nada más grande que la vergüenza que da la pobreza.

No hay nada más vergonzoso que ser rico.

No hay nada que le falte más al rico que la vergüenza.

El rico nunca entrará ahí arriba. Ni por el ojo de una aguja.

No hay que poseer nada. Nada. Nada es nuestro.

Por eso Dios nos dio las palabras, que son nuestra manera de poseer las cosas, pero las palabras acaban, y las cosas se alejan.

Por eso los buenos oradores y los visionarios no necesitan de cosas, saben que tienen este préstamo terrenal, las palabras para nombrarlas, y el sentirse acompañados por un momento fútil.

Genial lenguaje universal que Dios creó para ti y para todos, para siempre.

Pensaba en eso esta mañana. Llevo seis meses en Assisi.

Assisi está acabando con mi cuerpo, pero fortaleciendo mi corazón.

Volví a tomar agua. De a sorbos. Como los pájaros de San Francisco.

Volví a comer pan. Mi corazón se regeneró.

De a migajas de amor de estos buenos ciudadanos que me miran, que me quieren más de lo que yo los quiero.

Cuando se despiden de mí me dicen gracias, gracias, gracias, tres veces.

Y yo no sé qué responder a un solo gracias.

Regreso a mi cama. En mi habitación no hay nada, sólo un poco de pena y un vaso de agua.

Si busco en mi corazón el motivo de la tristeza es porque hay cosas que nunca sabré.

Recuerdo tu cara a la luz de la vela justo antes de dormir, muchas veces, y un día cuando soplé la luz de la vela luego de mirarla mucho tiempo apreté mis ojos y dentro de mis ojos vi tu cara hecha de una luz azul fuertísima, como la última vez que te vi, consumido en fuego azul.

Mierda. Cuando alguien ha decidido nombrar este lugar Firenze sin hacer caso de lo mucho que esa palabra suena a fuego, nos maldijo.

Tantas cosas sin culpable, sin nadie, ni nada.

Y sin embargo te culpo a ti, Salai, a ti solo, a ti sin más razón que sentir de corazón que eres culpable, para mí lo serás siempre, y si me preguntas de qué yo sólo te miraré y miraré a mi alrededor levantando las cejas como forma de decirte sí, sí, sí tres veces, eres culpable de cada evento celeste.