La oficina de la noche Asissi I. Sermón a los pájaros
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Asissi I. Sermón a los pájaros

ASISSI I

Sermón a los pájaros

Sucede que soy feo y antes no era feo. Ser feo me ayuda a rezar mejor.

La gente fea imagina mejor, y reza mejor.

Porque para experimentar el rezar debes tener vergüenza.

Si la gente tuviera más vergüenza existirían menos profetas, menos fanáticos.

Últimamente he penetrado a profetas y fanáticos.

Los he tratado de convertir a la vergüenza, a la humillación, y funciona.

Funciona eso de hablarles en voz baja luego de eyacular.

Porque es el único momento en que los hombres realmente rezan, justo después del semen.

Ahí es cuando le puedes pedir todo. Están abiertos al lenguaje, como la piel de la mollera de un recién nacido, calva, sin hueso, aprendiendo una nueva lengua.

Después de eyacular los hombres son buenos por diez segundos, y están como muertos, y les pido cosas, les digo: «Deja de ser fanático, no busques la luz, no busques la luz», y me escuchan, y casi me entienden.

«Estaré con tu Dios un tiempo», le digo a mi madre mientras limpia mis sábanas.

Las alza hacia la luz viendo las manchas de mierda como si fuesen un lienzo.

«Tuve una visión de Él, y de Él conmigo».

Ella se sonríe. En Firenze el sol es bueno, entra por la madera e ilumina sus manos y mis manos, y luego nos quita la luz, y nos deja sin manos.

Mi madre ríe. Se mira las uñas. Seré viejo, mis veinte años están en su fin.

Soy viejo, como ella. La semana pasada cayó la uña de mi meñique.

No sé por qué. La otra uña del pulgar la tengo negra, caerá pronto.

Mi pelo está más largo que de costumbre y más claro.

Me quito el pelo de los ojos cuando rezo mirando la cruz hacia arriba.

Cuando toco mi pelo quedo con pelo en las manos.

Ya no tengo pelo en la nuca. Tengo unas costras blancas que caen desde mi cabeza sobre el confesionario de la Chiesa di Santa Caterina cuando me arrodillo.

Es ceniza cayendo de mi cabeza. «Así pagamos, mi buen Señor, por nuestra imaginación», dice la inscripción en bronce en la banca sobre la que rezo.

Los pensamientos de horror se queman en mi cerebro y luego caen en forma de cenizas, eso es lo que ocurre.

Mi madre ordena. Mi madre me mira con misericordia, con esa mirada con que se mira a las personas que han perdido la belleza para siempre, con ese cuidado de mirar algo irreparablemente roto.

Los hombres ya no entran en mí sin antes cubrirme la cara con un paño.

No saben que cuando tengo la cara cubierta puedo rezar aún mejor.

El último me cubrió la cara con un paño con el que degollaban cerdos.

La tela estaba tiesa por la sangre, olía a pimienta.

Qué denigrante, Dios. Dios, ¿qué piensas de mí cuando estoy con otro hombre?

, ¿acaso fijas la mirada en mí, o prefieres fijarla en los olivos, las orugas y los pájaros?

Tus olivos, tus orugas, tus pájaros. Todo tuyo, nada mío.

Leí que Dios sólo escucha por un oído. El izquierdo.

Que el otro no funciona del todo. Y que todo lo que escucha por el oído izquierdo lo olvida.

Mientras que lo que escucha con el derecho lo recuerda por siempre, y lo hace pagar.

Dios, escúchame con el oído izquierdo, por favor.

Salgo de mi casa. Voy a Ognissanti por última vez, voy a Ognissanti y me despido de Los Humillados, salgo de Ognissanti.

Le pido a mi padre los caballos. Comienzo un viaje a caballo de tres días a Assisi .

Me iré con los franciscanos, les digo. Les cuento que estaré con Dios una temporada, pero realmente quiere decir que estaré entre hombres que no se masturban porque Dios los escucha con el oído izquierdo a través de las paredes de adobe.

Mi padre y mi madre aprietan los dientes.

Tienen miedo de que empeore mi salud desde la última vez que dejé de hablar.

Tienen miedo de su hijo muerto para siempre.

Les digo que estaré bien. De cierta manera ya lo estoy.

Le digo adiós a mi madre. La beso en la mejilla y me doy cuenta de que no temo su muerte. Que temo la mía. Que soy vanidoso.

Viajo por tres días a caballo. Assisi, Assisi, Assisi.

Viajo por el campo. Canto una canción que no tiene rima con el nombre de la ciudad.

Llego con las caderas abiertas, orinando amarillo pato.

El amanecer es verde agua, y hay unos cuervos que picotean las riendas de mis caballos.

Es tan hermoso, ojalá pudieras verlo, Salai.

Entro al convento de los franciscanos antes del amanecer.

La luz es tan delicada que no deseo encerrarme a ser un monje.

Me reciben con agua. Sólo agua. No he comido en los dos días de viaje.

Me gusta mi cuerpo delgado, casi irreal.

Me toman de las caderas y me giran. Me dejo girar.

Me bañan con ropa, me desnudan luego, me cortan los pelos que quedan en mi mollera, me cortan las uñas.

Me miran desnudo, me hacen una cruz con ceniza en la frente y me ponen una túnica azul.

Son claros al decirme que no me recibirán oficialmente, no aún, que necesitan conocerme por dos meses, vivir conmigo y ver cómo reacciono al silencio.

«La lucidez es Héroe», me dicen y me cierran la puerta.

Duermo. Amanece. No estoy lúcido, por eso salto tanto de tiempo en tiempo.

Una semana pasa muy rápido, y a veces una tarde es como un mes.

No sé describir el tiempo con claridad, Dios, Dios, me pregunto si quizás no estoy acá mi Dios por ti, sino por los frescos del Giotto.

Hay uno que se llama San Francisco dando un Sermón a los Pájaros .

Y es lo mejor que he visto en mi vida. En el fresco vemos al santo en un atardecer amarillo, y hay un árbol, y pájaros, y él les da migas.

Muy simple todo. Los pájaros son tan diferentes el uno del otro.

Me conmueve, no puedo parar de mirarlo, y luego la imagen no me abandona durante el día.

Quizás es porque de cierta manera me presentan una vida tan nueva, tan simple, sin dolor, de pocos colores, sólo pájaros y pan.

El color amarillo de los frescos me hace llorar.

Lloro sobre mi túnica azul. Me sueno la nariz con ella y luego la limpio para que no crean que es semen.

Voy a mirar el fresco de los pájaros cada noche.

No se los digo a los hermanos franciscanos.

No hablamos mucho, no me he ganado el respeto.

Cada noche al volver a mi cama pienso en San Francisco y el lobo de Gubbio, pienso en el lobo que habla lenguas humanas y que en la noche come humanos, pienso en el lobo bajo mi cama y me asusto a mí mismo, como un niño.

Richard de Fournival en su libro El bestiario del amor describe al lobo como una criatura que comienza a hablar cuando los humanos tienen demasiado que decir y no lo hacen.

Estoy de acuerdo. Yo no sé hablar bien desde que murió Salai.

No lo hago, no lo haré. Pero temo que mi lenguaje transmute en la lengua de una bestia, y que el lobo cuente todos mis secretos con los hombres.

Hace dos meses que ningún hombre entra en mí.

Siento que mis interiores se regeneran. Sin embargo, estoy perdiendo mis dientes.

Dos del lado izquierdo arriba. Creo que es por la falta de leche y aceite, y exceso de agua.

Mi orina está negra hoy. No quiero morir acá, Dios, por favor.

Quizás mis dientes muertos sean sólo Dios quitando el residuo de los hombres dentro mío, como semen que se solidifica y se vuelve hueso.

Amanece. Atardece. Rezamos y leemos una y otra vez la frase «Por medio de gente de labios extranjeros y lenguas extrañas hablaré a este pueblo, pero ni aun así me escucharán».

Voy a los establos a buscar maíz apilado para llevarlo a los caballos.

Entre los caballos encuentro a uno de mis hermanos franciscanos con su sexo afuera, cantando.

No sé si está sufriendo, no lo entiendo.

Hay semen y sangre y grasa sobre el maíz.

El pene atraviesa su túnica como algo que no fuera de su cuerpo, sino parte del establo, de los metales y de la madera, una herramienta más para sobrevivir al invierno.

Yo lo miro y me mira, y poco a poco deja de llorar.

«Deja de llorar», le digo, y le seco las lágrimas con su propia túnica.

¿En qué minuto me acerqué tanto a él? Le seco las lágrimas y con mi pulgar tomo la gota de la punta de su sexo, no de una manera erótica, sino como si fuera aceite o cera a punto de dejar de ser líquida.

Con mi pulgar la sello entre sus cejas, como cerrando una carta oficial de la monarquía.

Él se ríe, él deja de llorar, no sé en qué orden.

Me doy cuenta de que es muy joven porque cuando llora hace un puchero.

Me dice algo de los caballos, su acento es extraño, yo le acaricio el pelo.

Tiene pelo aún, tiene muchos dientes. Espero con él hasta que su erección cede, espero junto a él el retroceso de la sangre.

Cuando ya todo ha retrocedido abrimos la puerta del establo y una luz roja violentísima irrumpe e ilumina y colora todo el maíz como la sangre, y es hermoso y nos miramos porque este momento deja de ser de los hombres y comienza a pertenecer a Dios. Anochece. Anochece.

Duermo por dos días enteros. Firenze está lejos.

Nadie me extraña en Firenze. Todos esos amigos en Firenze y nadie me envía una carta desde Firenze.

La gente miente diciendo que se preocupan, no se preocupan de tu vida.

Mejor muerto que en Firenze. Ahora tengo sólo rabia con Firenze.

Cínicos, hienas mal vestidas con un acento de mierda, les cortaría los tendones para que se arrastren pidiendo perdón por lo que nos hicieron, por lo que me hicieron.

Asediaría la ciudad, los quemaría hasta las rodillas, no los dejaría morir, se los daría de comida a los caballos.

Florentinos estúpidos, incapaces de conmoverse, superficiales, sin derecho a nacer en medio de la belleza.

No se merecen nada, no se merecen haber nacido en el siglo de Salai y Giotto, Botticceli.

Merecen el exilio, la pestilencia, el color verde, rezar mientras la piel se les cae a costras y las costras se las comen los cerdos.

Me confieso, Dios, por el pecado de la ira.

Mis hermanos franciscanos cocinan con hinojo.

No les digo nada. Sólo les menciono que no comeré.

Acá hinojo no significa lo mismo que en Firenze .

El hinojo tiene una cualidad específica.

Su sabor adormece la lengua. Entre anís y menta.

Yo creo en esa nulidad. En el sentir menos.

Era mi trabajo de cubrir el olor. Mi carne es débil y voy a la bodega en la noche y como hinojos con tierra.

El verano hace que mi carne sea débil. A veces camino por Assisi pidiendo un vaso de agua, pero realmente busco a un hombre que me ilumine.

Encuentro a un hombre que no es justo. Que habla mal de los pueblos vecinos.

Que dice «A mayor gloria de Dios» cuando alaba la masacre de un pueblo.

Un hombre que aplaude la luz. Me pregunta si soy franciscano, le digo que no, que sólo estoy quedando calvo.

También le digo que nunca podría estar con un hombre como él, le digo que creo que no es un hombre bueno y me dice que nadie nunca le había dicho que no es un hombre bueno, que soy el primer hombre en decírselo.

El hombre es hermoso, pero profundamente vacío.

Le digo que esta es una despedida. Se acerca a mí y ve que tengo una erección.

«¿Por qué si soy un hombre malo me deseas?

». «Es la naturaleza, debemos rebelarnos contra ella», le digo, «debemos rebelarnos contra la naturaleza».

«¿Puedo?», me pregunta casi tocando mi sexo.

Él puede. Pero muevo mi cabeza de lado a lado y espero que lo haga.

Lo hace. Acabo de romper mis votos de castidad y pobreza, porque mientras esto ocurre bebemos vino y tengo en el bolsillo un collar de plata que le acabo de robar.

No digo nada. Y me toca. Y al momento estamos en horizontal y le pregunto, le pido que por favor me diga que no es una mala persona.

«Dime que no eres una mala persona». «No soy una mala persona».

Le digo: «Entonces estaré contigo, y tú estarás conmigo».

Está conmigo. Trata de matarme en el acto, me ahorca, no sé si quiere matarme o es su forma de poseer a alguien por unos minutos, le quito la mano.

Acaba sobre mi cuello. Le ofrezco un vaso de agua.

Ojalá los hermanos no hayan sospechado nada.

Regreso y el amanecer es común. Nada especial.

Amanece. Sentido de culpa infinito. Mi carne es débil.

Merezco perder partes de mi cuerpo. Pero mis dientes siguen ahí y no caen, y mis uñas siguen ahí y no caen.

Dios, defiéndeme de la enfermedad que toca las puertas de las casas.

Marcaré mi puerta con sangre de cordero, así alejaré a los hombres que me buscan y que me encuentran, y alejaré a la saeta de día y encomendaré mi corazón de nuevo a nuestro Señor, a todos los ángeles y santos, hombres y mujeres del paraíso, niños del paraíso, ángeles no alados que vuelan hacia el amarillo, a los pájaros, al lobo y a los pájaros nuevamente.