La oficina de la noche Una liebre, un padre y Tobías
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Una liebre, un padre y Tobías

UNA LIEbrE, UN PADRE Y TOBÍAS

Pesadilla. Una liebre entra en mi boca mientras duermo.

Yo me veo desde la esquina de mi habitación.

Cuando trato de quitarla de mi garganta sólo saco las orejas.

Orejas en mis manos, y liebre dentro mío.

Liebre saltando hasta desangrarse por la falta de orejas.

Sensación de pelo en mi boca y tierra en mi boca. Despierto.

«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño.

Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara.

Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido».

Leo esto en la mañana. Intento calmarme a mí mismo.

Es uno de esos días en que siento que no puedo perder nada.

Hoy le diré a mi padre que soy sodomita.

Que practico sodomía. No hay mayor explicación de por qué hoy.

Afuera las ruedas de las carretas imitan el sonido de los pájaros, o quizás son pájaros reales, no lo sé.

Estamos en nuestro palazzo . Mi padre dijo: «Ahora tenemos techo y agua, y tendremos leche y carne».

La Oficina de la Noche le compró un palazzo a mi padre en San Niccolò para celebrar sus más de treinta y dos ejecuciones en Piazza della Signoria, y el fin de sus años como Oficial.

Tenemos un patio interior y en él una fuente de agua con la forma de un santo.

El santo tiene la forma de un niño sentado con la boca abierta.

Su mano derecha sostiene su pie, como si estuviera cortado, y tiene pequeñas alas, alas como de gaviota.

El agua sale de su nariz y por sus ojos.

Con mi madre bebemos agua. A mi padre no le gusta la fuente.

«No bebo agua de los ojos de niños», nos dice.

A mí me gusta la fuente, y a mi madre le gusta la fuente, en conclusión, la fuente no será destruida.

Tenemos dos baños. Mi madre se encierra en uno y no sale mucho al patio.

La cocina está vacía, los estantes vacíos con frascos llenos de azafrán.

La sierva no tiene con qué cocinar. «En esta casa no hay leche, sólo estatuas de mierda», dice.

Le digo a mi padre que si necesita iré por la carne, por la leche, que iré al Mercato Vecchio, que amo caminar, y que caminar me gusta el día de hoy, sólo hoy me gusta especialmente.

Me dice que es pesada la compra, que mis brazos son como de niño.

Le digo que no soy niño, que mis brazos sí pueden, que no se preocupe, que la cargo solo, que soy más fuerte de lo que me veo, y me dice que no me imagina cargando quince conejos de las orejas.

Le digo que puedo. «Puedo», le digo tomando su mano, le digo que lo haré y que luego saldré de casa, y que no volveré hoy, quizás no volveré en unos días.

«No te preguntaré dónde vas, porque me aterras», dice mi padre.

Le respondo que rezo por él, le digo que siempre he rezado por él.

«Tres Ave en Santa Croce, y dos Pater Noster en Santo Spirito», no se ríe, y se lo decía como una broma.

Le digo que puedo rezar por él, y cargar animales, y sacar a mi madre del baño siempre que él no pueda sacarla.

Mi padre corta un pan. Mi padre pone óleo en su pan.

Llevo el mismo nombre de mi padre y mi abuelo y el hombre sobre él.

«Soy un sodomita». Los conejos que sostengo en mis manos caen, sólo que no tengo conejos en mis manos, pero esa es la sensación.

Le digo que soy eso, con el más tranquilo de los tonos, como diciendo «hoy no había oro en polvo en el mercado, padre».

Mi padre diluye el óleo en agua. No tiene sentido, pero lo hace.

Sensación de orejas de conejo resbalando por mis dedos.

Olor a algodón y sangre. No digo sodomita.

Digo firenzer. La imagen que me viene es de una escultura del siglo tres antes de Cristo, de dos luchadores esculpidos en mármol, uno está en cuatro patas y el otro tomando su cadera, a punto de girarlo, quieren hacerse daño y no morir, como los sodomitas.

Mi padre no dice nada. Mi padre agarra sus cejas como sacándose las cejas.

Otro cuadro viene a mi cabeza. ¿Por qué pienso en otro cuadro justo ahora?

Botticini, Tres Arcángeles y Tobías , Botticini lo pintó en los setenta, cuando Firenze se obsesionó con los ángeles alados desnudos con armaduras metálicas.

En el cuadro el arcángel Raphael acompaña de la mano a un joven Tobías.

Raphael viste capas de vestidos violetas.

El arcángel Miguel tiene armadura negra, y tacones rojos, y espada roja, y capa roja, y el arcángel Gabriel sostiene una lila en sus manos.

Tobías es joven. Tobías es un niño. Tobías tiene en sus manos un pez, como cargando una bolsa, pero la bolsa es un pez, y con ese pez y sus propiedades de pez Tobías pretende curar la ceguera de su padre.

Tobías es el único no ángel de la escena.

Botticini retrata a los cuatro personajes a punto de comenzar su viaje, armados con aquel pez, un pez y sus entrañas y su grasa para combatir la ceguera de un mundo.

Yo ahora, frente a mi padre, me siento menos solo por este cuadro, pero sin un pez en las manos, sin arcángeles, sin Salai, y pienso en todo esto, y el óleo cortado por el agua.

«La sodomía es un acto. No una persona. No eres un acto», me dice.

No digo nada. Miro a la fuente. «Mi hijo no es un acto».

«¿Qué pasará ahora?», le pregunto. «Irás a buscar a otros conejos y volverás cansado, y comeremos conejo».

Mi padre es un hombre que nunca tuvo un lugar donde poner su valentía y eso me da pena.

Cuando era niño nos amábamos. Yo solía imitar que me sacaba el estómago, pero era sólo un hinojo manchado de sangre de vaca, que acercaba a mi plexo mientras fingía gritar, luego le decía a mi padre «mira mi estómago, mira, estoy dado vuelta», y él se reía, con miedo, pero se reía para mí, se reía viendo mis entrañas, solíamos reír.

Un día mi padre me contó que cuando tenía mi edad tuvo una visión.

Una mano roja salía de las nubes y nos apuntaba, desde los dedos salían líneas doradas que bajaban hacia nosotros, a nuestras nucas, y abajo, al lado nuestro, otros cientos de hombres con la nuca desnuda y las líneas doradas entrando en sus cabezas.