La oficina de la noche Lengua pequeña
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Lengua pequeña

LENGUA PEQUEÑA

A diferencia de las bestias, los chacales, los zorros, los perros, Dios nos creó con una lengua pequeña para que no nos podamos lamer las propias heridas.

Por eso necesitamos a otros. Por eso inventamos el amor.

Para que un día, eventualmente, conozcamos a un hombre que nos destroce la vida y descosa la piel que teníamos tan bien cocida.

Y luego con la piel abierta caminar por la ciudad hasta encontrar una lengua con que limpiarnos.

Porque nuestra lengua es corta. Porque la lengua sólo puede decir vocales y no palabras completas.

Porque la lengua no sirve para otra cosa que limpiarle a otro los dientes mientras besas.

Tengo fe en el otro siglo y en que inventen algo para sacar la mierda de los dientes, los huesos más expuestos del cuerpo, no entiendo cómo la gente los ve y nadie se horroriza.

A mí me da horror cuando veo la risa de alguien.

Es como ver un hueso de la rodilla mutilado y atravesando la carne, blanco y expuesto al sol.

Pero como están en la boca nadie se espanta.

Horror, los dientes. Debiesen estar cubiertos de piel.

Dios se equivocó ahí. Dios se equivocó al crear esta ciudad que estoy seguro no morirá nunca.

Llevo seis días masticando salvia. Mis encías están blancas.

Las miro en el espejo esperando ver salir una araña de dentro.

No sale nada. Estoy feo. He pasado una semana en un palazzo muerto.

El palazzo de Salai muerto. Estoy vivo y no me mato.

Es difícil matarse aquí. En Firenze es difícil morir.

Es muy linda y todos los palazzos están a ras de suelo.

A lo más me quiebro las rodillas, la mandíbula.

Cada día me despierto y me aconsejo matarme cuando atardezca.

Pero a la noche tengo hambre, y uno no debiese morir con hambre.

Triste sí, con hambre no. Mi madre dice que si pasas al otro lado con hambre hay unos demonios que te llenan la boca con sal gruesa, y pasas el resto de la eternidad así.

Pero mi madre también cree que soy su padre, por lo que mejor no creer a mi madre.

No me mato. Vivo. Es simple la lucidez. La lucidez es no tener amor.

Nada de amor en Firenze. No quiero ser soberbio.

Pero soy como ese Dios de las primeras escrituras que hace promesas en vano.

Y no las cumple. Que dice a Abraham que mate a su hijo por diversión, que lo hace subir montañas por seis días con el pensamiento de matar a su hijo.

Y luego dice «estoy bromeando, toma el cuchillo, Ángel, y tú, Abraham, tú que creíste, quédate ahí con tu angustia», y entonces Abraham lo mira, confundido, sin saber si quiere o no matar al niño, a su hijo, porque al final ya había caminado tanto, porque ya se había hecho a la idea.

Mira a Dios pensando: ¿Y ahora qué? Y Dios responde: «Ahora regresa solo, con tu hijo que te mirará feo porque lo quisiste degollar, ahora regresa y limpia la mierda solo, limpia esta ciudad tú solo, Abraham».

Estoy limpiando esta ciudad solo. Literalmente la baldeo con agua y la mierda se esparce, pero no se va.

Estoy haciendo el trabajo de Dios. Diluir la mierda.

No limpiarla. Dios nunca ha limpiado. Ese trabajo es nuestro.

Hay seis vasos en mi velador. De todos los colores.

Seis monstruos que vienen a visitarme y ningún Dios que los espante.

Suena la puerta. Me cubro el sexo con un paño y abro.

Hay un hombre que viene por las tardes y que me mata los gusanos que salen en la pared del baño.

Son blancos y no se distinguen en la pintura, pero él sabe que están ahí y los mata a zapatazos, luego se lava las manos para tomar mi pelo mientras vomito.

A veces no vomito y me besa. El hombre es viejo, es feo, pero me cuida de algo de lo que Dios no puede protegerme.

A veces me toma el pelo, acaricia mi pelo y pienso que es la mano de Salai.

O la de mi madre. Mi madre es mi única amiga.

Pero es mi madre. Eso quiere decir que no tengo una amiga.

Me limpio las axilas y siento terror a encontrar esos gusanos de nuevo.

Tengo terror a ser feo. Ser feo es el único terror hoy.

Porque nunca más podrás estar con alguien bello a menos que le pagues, o lo violes.

Pierdo el pelo de la nuca. La forma de mi cráneo es obscena.

No tengo tanto hueso en mi nuca. Ni en mi mandíbula.

Salai tenía la piel de un hombre pero la estructura de huesos de un animal.

La primera vez que me besó sentí el dolor de chocar con un hueso tan bien definido en su mejilla.

Besar en la mejilla a Salai era como chocar con el canto de una mesa.

Él era una mesa de huesos. Salgo del palazzo de Salai.

Hay sol. Estoy en la casa de mi madre. Beso a mi madre.

Y le limpio la mejilla con mi saliva para no pegarle los gusanos.

Los días pasan sin que yo muera. No muero.

Estoy dormido y despierto. Despierto y el hombre viejo tiene mi pene en su boca.

Le digo de enjuagarse con vinagre después.

Enjuágate con vinagre y sal. Me preocupo por él y él se preocupa por mí.

No sé su nombre. No quiero saberlo. Lo conocí en una osteria en Ponte alla Vittoria a la que acuden firenzers.

No nos decimos nunca los nombres. Si nos atrapan no hay mucho que confesar.

Yo prefiero no saber nada. Por eso protejo a este hombre.

Lo protejo incluso de mí mismo. Porque si me descuido los monstruos que toman agua de mi velador lo buscarán y lo encontrarán y mañana estará en la plaza, recibiendo aplausos, quemado, o con la boca llena de cuerdas negras conectadas a un caballo, o con un corte en la sien invertido a seis metros de altura.

«Necesito algo tuyo», le digo al hombre viejo.

«Necesito que me encuentres otra pasión.

Si no, me voy a morir, y sé cómo morir, esta ciudad me da todo lo necesario, en cada calle hay cosas con las que puedo matarme».

En la mañana mientras sostenía el cuchillo para cortar pescado pensé qué ocurriría si me cortase el pene.

Si lo agarrara y lo pusiera sobre la mesa y con la palma de mi mano presionara el cuchillo hasta que toque la madera.

Sin pene no soy nada. Porque tú no me amarías sin pene.

Mi vida estaría destinada al aburrimiento y a una muerte prematura.

«Te puedo enseñar a apostar en peleas de gallos», me responde mientras quema un nido de gusanos con su cigarro en mi pierna.

El hombre se lava y se va. Yo quedo tendido viendo un cuadro del profesor, hay sólo un retrato de Salai que no fue destruido.

Es Salai peinándose en una ventana de Santa Annunziata.

Eyaculo de nuevo. Tengo la imaginación muerta, no logro excitarme con mis recuerdos, sólo me masturbo y eyaculo al ver pinturas, o teatro, la pintura ha aniquilado la imaginación de este siglo, todos estos colores nuevos hacen que las personas parezcan insignificantes.