Nuevo siglo
NUEVO SIGLO
Es el nuevo siglo, Salai, y divido mi vida desde ti:
D.S. (Después de Salai): orín de gato, herrumbre, tristeza y calor.
A.S. (Antes de Salai): dientes, palabras, miel y luz, y la luz era buena.
Salai, primer inicio de civilización, Salai, primer nombre robado al primer hombre.
Este es sólo otro fin de la historia, Dios.
En el fin del 1400 el mundo se abrió a las llamas y participé para mantener la luz encendida hacia este nuevo siglo.
La luz se mantiene encendida con cuerpos adentro de ella.
Para pasar de un siglo a otro hacen falta muchos cuerpos muertos y que uno los mantenga encendidos.
Se ve fácil. El problema es que no hay nada más patético que cuando muere alguien que teme a la muerte.
Veo un cuadro que solíamos ver. Donde una mujer amamanta a su padre que está en la cárcel, tiene un pecho afuera y mira esperando que lleguen los guardias.
Cuadro favorito de Salai en la iglesia de San Niccoló.
Solíamos hablar de pintura, solíamos hablar.
La pintura no tiene sentido. El arte era una invitación al consuelo del horror, las pinturas ahora son difíciles, no las entiendo.
El aceite de oliva tampoco tiene sentido.
Todo está muerto. Mi estómago se pudre. Mi lengua está blanca y mi orín blanco.
Viene un médico a verme. Dice que he agarrado otra fiebre de la estación.
Dejo de comer. Tomo agua. A pequeños sorbos.
Como un pájaro. Mi aliento es horrible. Trago semillas de romero para disimularlo.
Como si hubiera una pira entre mi estómago y mi plexo.
Toda comida que veo parece trozos de piel.
De cuero humano. Los cuescos de naranja son piel.
El pan, piel dura. Dejo el cuchillo de rebanar pan debajo de mi cama para cortar el dolor.
El dolor es monstruoso. Eso hace de Salai un monstruo.
Porque él lo dejó ahí. Tomo el cuchillo de rebanar pan, dejo el cuchillo de rebanar pan.
Acciones repetitivas. Me quiero sacar los ojos y no me saco los ojos.
El atardecer es rojo y abajo verde. Es un amanecer hermoso.
He estado toda la noche despierto. El tiempo se me rompe un poco.
Despierto con una mujer que me roba florines y me masturba desde los agujeros de mi pantalón.
Debo cambiar este pantalón. Ya no tengo florines.
Ya no tengo semen. Sólo orina violeta, ahora roja.
Regreso al palazzo de mi familia y los santos me miran hechos piedra.
Sin narices. Benditos. No huelen mi olor a alcohol.
No huelen la mierda de esta ciudad. Mi padre es el terror y se aterra a sí mismo.
Mi madre enloquece en las mañanas. Dice que su taza está llena de pelos.
Los saca con la mano. Le doy otra taza. Lo mismo, dice lo mismo.
«Está llena de pelos». Y saca los pelos invisibles con la mano.
También adquirió la costumbre de sacar las fundas de las almohadas.
«Tienen alfileres. Están llenas de alfileres».
Yo la miro y saco los alfileres invisibles uno por uno y los dejo en la mesa, ella me besa en la frente.
Me soñé colgado del sexo de Salai. Colgando de mis dos muñecas desde su erección.
No hay moraleja en lo anterior. No hay historia.
Una historia pequeña: esta es la historia de un hombre que debía hacer sólo algo pequeño para vivir en el paraíso, pero no lo hizo, y desde ese día todos vivimos en el infierno. Fin. El infierno es este siglo.
Despierto con un joven sin nombre. Eyacula en mi boca sin avisar.
Escupo en el vaso del velador. Boto el semen en el agua.
A la mañana siguiente, cuando ya había olvidado todo, el sexo, a él, bebo el agua.
Ahora él está en mí. Miro el Arno y las pequeñas olas que parecen de oro.
La luz cae, la luz no deja de caer desde arriba.
Ocurre todos los días, pero hoy es diferente.
Busco las palabras para describir este estado.
Y no las encuentro. Salai dijo el abecedario entero para dejarme sin nada, para dejarnos sin nada.
Ahora tenemos que aprender a hablar de nuevo.
Abrirnos a un nuevo siglo sin vocales y sin saliva.
Para aprender a hablar hay que imaginar otro mundo que no esté en llamas.
Moriste declarando el abecedario. En todas las combinaciones posibles mientras ardías.
Una locura. Moriste diciendo el mejor discurso de todos.
Voy y quemo de noche los olivos de la villa de los Oficiales.
Entro a las bodegas y prendo fuego al aceite y al vino.
Quemo el aceite con algunos perros dentro.
Intenté salvarlos, no era mi intención, pero dormían sobre el aceite y se encendieron al instante.
Me dormí llorando entre los olivos, como Jesús, solo, tan solo, tan solo, y se hizo de mañana, y fue peor.
El olor a humo en mi ropa es demasiado y no hay nadie que me quiera dar un trozo de pan, porque estoy gris.
Escapo del lugar. Escapo del lugar y camino por el campo hasta San Giovanni Valdarno, y luego a Prato, y llego a Arezzo.
Como no pude seguir amándolo vivo, seguí amándolo en otros.
En cinco partes dividí mi vida. Como esos cuadros del éxtasis de los santos.
Donde en el centro hay un gran cuadro que cubre toda la pared de cemento, y si uno se acerca puede reconocer otras cinco pequeñas representaciones, del tamaño de una mano, cinco pequeños cuadros que narran la historia, y sin ellos el todo no estaría completo.
Son sólo acciones estos cuadros. Por ejemplo, está la quema de un santo, la persecución a un niño por perros, una mujer recolectando girasoles, un soldado cazando jabalíes, y todo eso te hace imaginar una historia, en un orden, con cosas que se queman, un niño, girasoles y perros, o perros y girasoles quemados y soldados caminando sobre eso, dándose cuenta del horror, o volviéndose santos.
O un soldado con un girasol en el ombligo.
O un niño con un perro. Cosas simples. Cosas en un orden.
El problema es del orden. Pon toda tu vida vivida hasta ahora, dividida por momentos de felicidad y horror, y si la divides en momentos justos, nunca se volverá insoportable, es una cuestión de orden.
Pero Dios odia el orden y a veces ordena una temporada de dolor, y luego otra.
Sobre la espalda de una mujer aretina hay savia mezclada con pólvora.
Aspiro dos líneas. Duermo como los dioses.
Despierto muerto, dos días después. En las tardes sigo lanzando hinojo.
Mi padre envejece, queda medio ciego no sabemos por qué.
Deja de trabajar en la Noche. O al menos quema a muchos menos que antes, como máximo, uno cada mes.
Todo es algo de medida, como aspirar triaca, máximo una vez al mes.
Yo sigo trabajando en el hinojo no sé por qué.
Misterios de Dios. Al menos guardo bajo mi cama florines para terminar de comprar todos los ingredientes y hacer la fórmula de Salai.
Me faltan veinte. Debo viajar al sur del mundo.
Donde hay un lugar en que todo cae, y barcos de madera se astillan.
Y hay fuego azul. Putrefacción, dragones.
La fórmula de Salai cura heridas de dragón, lo sé porque lo menciona Plinio, el primero, el primer historiador, y si Plinio dice que hay dragones y mordeduras que sanan es porque hay dragones y mordeduras que sanan, le creo como creo en Salai y su amor como el amor a Dios, invisible sobre lo putrefacto.
Le creo a Dios su rebelión a la muerte, porque yo mismo iré hacia a la muerte y le verteré plata en los ojos y con los ojos de plata de la muerte haré dos monedas que pondré en mis ojos, y ahí veré a Salai de nuevo.
Sueño con Salai sólo cuando lanzo cenizas a un cuerpo quemado, por eso no quiero dejar este trabajo.
Sueño que lo veo esconderse en el bosque en la noche.
Entonces corro hasta él y del bosque sólo salen cientos de caballos arrastrando perros muertos, caballos que arrastran cientos de perros deshuesados que barren la ciudad con su sangre.
Despierto, hay un cuchillo debajo de mi cama.
Mi madre me esconde los cuchillos. Le digo que no se preocupe, que necesito cortar el dolor.
Me dice que estoy enfermo, que debo tener una fiebre extraña y que nuestra familia está marcada por el horror.
Pintamos la puerta con sangre de cordero.
Locura en mi familia. Mi madre orina en las plantas hasta que las mata.
Le dejo un vaso en la habitación para orinar.
Pienso en ti, Salai. Esto nunca fue de ti o de mí, esto es sobre el abecedario, esto es sobre el lenguaje, en otras palabras, sobre cómo cambiar la materia con sonidos de la garganta y saliva.
Ciervo, piel de ciervo, soy sólo la piel de un ciervo, y en la noche me cuelgo en la silla delante de tu cama vacía, te cuido, Salai, soy sólo ese cuero que habla en voz baja en las mañanas, Salai, extraño tu cuerpo que desplaza trozos de hielo, tu cuerpo desollador de animales, tu cuerpo río abajo donde te encuentro goteando, tantos pequeños momentos de felicidad entre nosotros, ¿no?
El primer momento fue feliz, fue bueno, yo te tomaba de las axilas borracho y te llevaba a la ventana, Salai, estoy volviéndome un escritor más que alguien que reza y que deja de comer.
Guardo en mi velador el pedazo de madera que solía ponerte en la boca, al sacarte las espinas de la piel, al coser tu piel, ese pedazo de madera lo tengo aún ahí, como un hueso.
Te sequé la boca con el mismo paño que mojé detrás de tus orejas, te canté mal el Ave y me pediste que lo repitiera, te imité animales para que te acordaras de cómo es el bosque, te imité a Dios, amándote imité a Dios, amándote demasiado hasta dejar todo para sobrevivirte, para protegerte del calor y de los mosquitos que llegan con el calor, y del sonido de las campanas antes de las diez de la mañana, de las cosas que mueren, del fin del verano, y de preguntarme si te encontraré vivo el otro verano.
Vivimos muchas cosas hermosas, no quiero estar tan triste, perdón por seguir tratando de vivir con esta velocidad.
Camino desde Arezzo hacia Firenze. Camino por los campos.
Veo cómo atardece en los pueblos, en las colinas.
Hay seis iglesias cada diez casas, cada una con su campanario.
Demasiadas campanas para tan poco pueblo.
Demasiado sonido para tan pocas personas.
Pobres ciudades montadas en altura tratando de estar cerca de Dios y fallando por poco.