Semen como método de conservación en ámbar
SEMEN COMO MÉTODO DE CONSERVACIÓN EN ÁMBAR
Salai me enseña a leer. Abre la Biblia y saca de su pecho un cuchillo de rebanar pan.
Abre un frasco de miel y unta el cuchillo.
El hilo de miel baña el inicio del Evangelio de San Juan: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella».
Palabra por palabra, Salai pasa el cuchillo sobre la página.
Al terminar la frase limpia el cuchillo en su pantalón y deja reposar la miel sobre la página.
Luego con el filo retira la miel restante de las letras y pasa el cuchillo cerca de mi cara y baña mis labios.
«Toma la palabra con la lengua», me dice, y yo lo hago, paso la lengua por mis labios.
Sostengo la miel en mi lengua. La trago.
«La luz está dentro tuyo», dice. La luz está dentro mío.
Nuestra historia será monstruosa. Será una historia de luz, y metales que reflejan la luz, y cuerpos sin cabeza, dragones muertos, santos con cuerdas en la boca atadas a ángeles y amor, este amor será un monstruo.
Porque este amor es como las flores y llama a las abejas, y a las avispas que matan a las abejas, y a los lagartos que matan a las avispas, y a los pájaros que comen lagartos, que luego de acabar con todos los lagartos de la tierra irán por nosotros, nos sacarán los párpados y los ojos y se comerán partes de nuestros cerebros, las partes donde vive ese amor.
Yo lo escucho mientras saco lentamente su cuerpo de mi boca.
La erección comienza a descender desde más arriba de su ombligo.
Transita por el círculo oscuro de su ombligo como un eclipse.
Salai nunca ha estado dentro mío, aún. Toco sus testículos con mis dedos y se contraen.
Como las cosas cuando se queman. Sólo que estos vuelven a su forma.
Los quemados no vuelven a su forma, se deshacen en pedazos, ni siquiera en ceniza, como un libro quemado con tapa de cuero.
Esta mala costumbre mía de comparar una cosa con otra es irritante.
Ya no tengo ganas de eyacular. No le digo, sólo sigo moviendo mi mano sobre mi sexo y estoy algo triste.
No hay puentes, sólo el sonido de grillos y cigarras, y no sé cuál es cuál.
Los ojos de Salai cambian de color. Tienen color miel al sol y una pequeña desviación en el izquierdo.
Como si deseara ver todo el siglo al mismo tiempo.
Hoy sus cabellos están más rojos de lo común.
Su sexo retrocede por completo. Un grillo salta sobre el semen.
Lo vemos y nos reímos. Imagino que se quedará ahí, el grillo, y Salai se irá y yo me iré, pero el grillo quedará ahí, pegado en la poza de semen toda la noche, morirá, y mañana se secará, y seguirá ahí, pasarán años, decenios, moriremos, otro siglo, y otro, y en unos siglos más, siglo diecisiete, siglo dieciocho quizás, será una piedra, una piedra preciosa con un grillo dentro, piedra que un firenzer del siglo diecisiete o dieciocho encontrará aquí mismo, cuando ya no haya río, sólo tierra y mujeres que imitan el sonido de las cigarras y de los grillos, sonido que se enseñó de generación en generación, y entre medio de esos cantos, este joven firenzer tomará esta piedra transparente y la colgará a su cuello, al lado de una cruz.
Desde aquel momento él estará protegido de todos los males de su siglo, de los cazadores de ballenas, de las semillas que se adhieren a la piel y arden, de los artistas que copian técnicas, de los malos mecenas, del poco tiempo para amar, de la gran muerte, él estará protegido porque llevará la marca del gran amor de hace tres siglos.
Pienso en todo esto mientras miro a Salai y a Firenze, y oscurece, y oscurezco con la ciudad.
Merezco a Firenze y Firenze me merece. Sé sobrevivir.
Merezco una ciudad que me persiga y no me mate.
Lo veo bajar al río, la luz es tan fuerte, se refleja en el río como oro, y me ciega.
Termino de masturbarme sin verlo, sólo imaginándolo.
Eyaculo sobre la tierra donde él también lo hizo.
Tengo poco semen. Su semen es claro. Mi semen amarillo.
Mi semen es vulgar. No soy digno de él. Pero aun así mezclo nuestro semen con tierra.
Pienso en que no lo besé en todo este tiempo, que sólo lo toqué, como un artesano que moldea algo, que derrite materiales, se quema las manos con plata, pero nunca usa un anillo.
«Tengo algo para ti», dice goteando agua de río, «es una cruz, me la dio un marinero de Isola d’ Elba.
Es una cruz que dividí en dos partes con una sierra del profesor.
Tú tendrás esta mitad y yo esta. Serán dos líneas.
Una más corta, la tuya, la más larga la mía.
Cuando mi madre me dejó en el Spedale degli Innocenti, me entregó un San Juan cortado a la mitad.
Yo me quedé con el torso, ella con los pies.
Todos los huérfanos del Spedale degli Innocenti tienen uno.
Es para luego, con el pasar de los años, poder reconocer a sus hijos, para encontrar la otra mitad de ese objeto, pagano o no, es encontrar algo que tuviste que dejar a la fuerza.
Ahora yo te dejaré una parte de esta cruz.
Que será sólo una línea para todo el mundo, pero tú sabrás que es una cruz, y que yo tengo la otra mitad, la otra línea, la más larga, y nuestras dos mitades hacen a un Dios.
Es de plata, pero la pinté de negro para que no la roben, para que crean que es un metal innoble, que se deforma al fuego.
Nosotros no nos deformamos al fuego, por eso no temo a la Oficina de la Noche, ni a tu padre, solamente los imagino muchas veces como unas lagartijas frías que salen del río para entrar en mi oreja y cantarme toda la noche sin dejarme dormir nunca». Salai se va sin besarme. Anochece.
Estoy solo como siempre después de él. Lo mejor está por venir en cien años, cuando estemos muertos.
Mañana continuaremos aplaudiendo el truco de magia que es ver desaparecer un cuerpo en el fuego.
La historia nuestra es la historia de la luz.
Desdichados los nacidos en la época de la luz que deben ver el mundo ir a tinieblas, bienaventurados los nacidos en oscuridad que les toca ver al mundo iluminarse, benditos los que nacieron viendo el fuego destructor para luego iluminar frescos que cuentan la historia de un chico que amó a otro chico.
Nadie dice que a la gente quemada se le juntan los labios y no puede rezar.
A veces les abro los labios con un cuchillo.
Cuando la piel ya está unida por el calor.
Tomo mi cuchillo y abro espacio en el espacio donde estaban los labios para dejar salir las últimas palabras.