El último sodomita en las cuevas de mármol de Carrara
EL ÚLTIMO SODOMITA EN LAS
CUEVAS DE MÁRMOL DE CARRARA
Un día antes del nacimiento de Cristo
Mi madre me contó la historia de que antes de que Cristo naciera Dios mandó a asesinar a todos los sodomitas del mundo, para que así su hijo no tuviese que compartir el aire con ellos.
Un día antes del nacimiento de Cristo la muerte tocó la cama de cada sodomita.
Todos murieron aquella noche. No quedó ninguno.
Ni la sangre de cordero en la puerta. Ni la sagrada unción con miel en la frente podía salvar esta resolución divina.
Salai me contó que hubo uno que se salvó.
Que ocurrió en las montañas de mármol de Carrara, que fue justo antes del nacimiento de Cristo.
La noche anterior. Un sodomita fue a cazar golondrinas azules a las cuevas de mármol.
No cualquier ave, sino golondrinas subterráneas de las colinas de mármol cuyas plumas servían para colorar los marcos de las cruces.
El día antes del nacimiento de Cristo. El sodomita entró en estas cuevas blancas con un propósito, sin saber el propósito de Dios, sin saber de Cristo, entró sin Cristo y con un Dios que lo perseguía, entró en el blanco y se perdió.
La muerte no pudo encontrarlo esa noche.
El blanco era tal que la cegó. Y cuando pensó finalmente verlo, una bandada de pájaros nubló su camino.
La muerte confundida abandonó las cuevas de Carrara.
Convencida de que en el blanco laberinto moriría eventualmente el último de los sodomitas.
La muerte enviada por Dios olvidó las cuevas, dejando al último sodomita vivo. Vivo en el mundo de Cristo.
El sodomita se perdió. Vivió en la oscuridad del blanco mármol por siete días, días que parecían pertenecer a un mundo que no oscurecía nunca.
A una luz eterna a la que no podía negar sino sólo absorberla con sus ojos, sin dormir comió pájaros, y bebió sangre de ellos como agua, y siguiendo las líneas de agua a los siete días el sodomita encontró la salida.
Boca con sangre y plumas azules, el sodomita salió de la luz blanquísima del mármol a otra luz de un mundo con Cristo.
Bajó a los pueblos. Se lavó en el río por primera vez en un mundo con Cristo, se lavó sin saber que aquella agua era un bautismo.
Bautismo de él y para él. Por los siglos condenado a la luz, él y su descendencia que no comparten sangre.
Así bautizado sólo por él, el sodomita bajó a los pueblos.
Comiendo pan y sin descendencia vivió en ellos.
Se sentó en los bancos escondidos de las iglesias a rezar por los hombres, y en las tabernas bebió vino y su boca cambió de color, y vio al mundo con más colores y perdió el miedo por algunas horas.
Bajo los puentes flotó en el agua, en el agua rezó hasta imaginar a un hombre, a uno sólo, un hombre sin rostro, rezó sin saber rezar, sin saber pedirle a Dios algo, porque ese Dios lo quiso matar recién ayer, y también hoy y mañana, pero él rezó porque imaginaba, y esa imagen en colores en su cabeza era un hombre, sin cara pero un hombre, que le sostenía la cabeza en el agua mientras flotaba, y entonces el río bajaba pero aún con el cuerpo mojado su cabeza seguía apoyada sobre la mano de ese hombre imaginario como él, pero real en su corazón, otro sodomita escondido en otra cueva de mármol.
Imaginó esto hasta que un día llegó a Firenze.
Vio Firenze y Firenze lo vio de vuelta, reconociendo la sangre y las plumas en él, incluso luego de bañarse.
En Firenze imaginó un siglo lleno de ellos, de firenzers, de chicos escondidos en cuevas de mármol, con plumas azules, con la boca con sangre, vino, hombres pescadores de hombres, hombres para él por él con él, como en una edad anterior al nacimiento de Cristo.