La oficina de la noche Salai sin L
42%

Salai sin L

SALAI SIN L

La vida es también para querer morirse. Estoy con el cuerpo dentro del agua.

Mi sexo está muerto. Espero que llegue, que llegue Salai, y Salai no llega, Salai no entra por la puerta.

Puerta de madera con bordes dorados con formas de elefantes, que nadie abre.

Nadie llega, por eso iré a la osteria . Si logro ponerme de pie iré a la osteria a beber vino hasta caerme.

Saldré de este estado de melancolía, melancolía más muerte, y rabia, la rabia es lo único que me bendice hoy.

Debo recuperar la fe en Dios y meterme una verga en la boca.

Eso necesito, recuperar la fe. El punto es que si se atraviesa un hombre en mi camino no habrá nada más que fascinación estúpida de su parte.

Estoy hermoso hoy. Hoy nadie usa mi cuerpo.

Al menos tengo ideas de qué pintar. Pero no deseo arte hoy.

Salai hijo de puta. Salai asco del mundo.

Salai bilis negra. He viajado todo el día para encontrarlo, y no aparece.

Debe estar con el profesor. O con otro. O con otro.

O con otro. O follando con animales. De seguro prefiere follarse al caballo y comerse la mierda del caballo en vez de verme con los ojos fascinados viéndolo quitarse los zapatos.

Es cosa de verme, soy un eunuco, con estas ropas violetas apretadas, un racimo de uvas, ridículo y blando, mi pelo con grasa sólo cae hacia un lado, y cae feo.

Voy a ver el sol y me descascaro por el sol.

Voy dejando pedazos de piel por la ciudad.

Iré al bar a beber solo. ¿Por qué no me desea, Dios?

Ahora no hay más que locura y esa sensación horrible entre el sexo y el ombligo.

No puedo siquiera masturbarme. No orino.

No defeco. Estoy inmóvil hasta que aparezca.

No soy digno de él, y le deseo la muerte.

Amo su vida al lado de la mía. Limpiaría el Ponte Vecchio con la lengua por él.

Apalearía a las cabras que odia por él. Me sacaría los dientes del final de mi boca y le diría «si necesitas más, aquí me tienes, aquí están mis huesos», le diría eso, incluso sabiendo que en el lugar de esos dientes no crecerá nada.

En su lugar tampoco crecerá nada. Nada. Esto no se puede consolar con ningún tipo de gloria.

Tengo en mi pecho un saco lleno de florines de la última quema.

Pero no importa si no puedo gastarlos con él, ni gastarme en él, con él.

Como si él fuera dos personas, la que entra en mí y la que recibe mi cuerpo al caer sobre él.

Menos de una palabra suya bastará para sanarme, una sílaba, su tos bastará para sanarme.

Dejaré Firenze. Dejaré a Salai. Muertos todos en esta ciudad desde que Salai rechaza mi cuerpo.

Salai tiene tanta rabia conmigo. La última noche despertó y me besó con los ojos cerrados, me masturbó, y luego se dio cuenta de que yo era yo, y me dejó con mi erección, y fue al baño diciendo «fue un error, perdón», y yo, costra de la dignidad, le dije «por favor ayúdame a terminar», le rogué que me ayudara a eyacular.

Me masturbó como se masturba a un muerto.

No hay dignidad en el amor. Voy a la osteria .

«Debes buscar un amor que no sea un borracho de osteria », me dice un borracho en la osteria .

Pero es muy tarde, ya es muy tarde y estoy acá, y el vino me calma, con el vino al menos logro cagar, y llorar, y eyacular, todo en el baño de la osteria , que ahora está imposible, pero a nadie le importa, amo mi siglo cuando estoy borracho.

Nunca sabré, Salai, si fuiste el culpable de estos hechos, pero aseguraría que sí.

Cuando alguien vertió miel hirviendo sobre los corderos del vicario el día de San Mateo.

O cuando alguien borró los pies del Cristo en la Capella dell’Annunziata dibujando patas traseras de caballo con carboncillo, o cuando alguien quemó el aceite para encender a los Uffizi de noche sobre los botes de Ponte Vecchio, o cuando alguien fundió los anillos de Duccio y Nuccia Vinsanto justo antes de su unión haciendo unos testículos de oro enormes, o cuando me mordí la lengua mientras dormía porque no apareciste por cuatro noches, o cuando Firenze fue invadida por ese francés hijo de puta cuando iba de camino a Napoli, o cuando Savonarola trató de matar a todo y a todos, o cuando cientos de niños fueron lanzados al río durante el verano del noventa por un desconocido mientras caminaban por Ponte alle Grazie, y nunca vieron su cara, y extraño tu cara, o cuando Livorno le declaró la guerra a Pisa por falta de sal, o cuando un desconocido hizo una barca con el trigo de las cosechas de los soldados Venetos del Papa, o cuando mi madre comenzó a ver pelos de chacales en sus tazas, o cuando simplemente le comenzamos a caer mal a Dios.