La oficina de la noche Idea de nuestra felicidad
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Idea de nuestra felicidad

IDEA DE NUESTRA FELICIDAD

de la ejecución de Salai

—¿Cómo sabes que es mío?

—Porque es rojo.

—Dámelo.

—Está dentro mío, Salai, somos tan afortunados.

Nacimos en la mejor generación. La que sabe que puede imaginar.

Porque está construida sobre nada más que horror.

Nacimos y pensamos. No puede ser así de oscuro para siempre, ¿no?

Es hermoso nacer en la oscuridad. Es más que hermoso.

No puedo pensar en una pesadilla peor que nacer sin guerra y conocerla entre medio.

Ver el retroceso. Ver a tu pueblo enfermar, volverse malo, y enloquecer viendo a sus niños querer morir, y morir, y ver cuerpos amontonados contra las paredes, y ver esas paredes caer.

Por eso este cuatrocientos es hermoso, Salai, porque es mejor que el trescientos, y el doscientos, y porque termina.

Y luego el inicio de siglo, la mitad de nuestro segundo milenio.

Y yo estoy contigo. Por eso tú eres hermoso, también, porque terminas, porque no te puedo tener todo para mí.

—Tú quieres mucho vivir, ¿no?

—Deseo ver el 1501 mucho más que tener tu boca en mi boca.

—Ni siquiera sé tu nombre de familia.

—No te puedo decir. Debo sobrevivir hasta el otro siglo. Por mientras llámame L.

—¿Dónde te inventaron, L.?

—Acá.

—¿Acá dónde?

—En Firenze.

—L. Eres mi invento favorito del siglo quince.

—Salai, Salai, no hay mucha competencia, ¿no? Sólo camas de clavos. Toros metálicos que se calientan y meten cuerpos dentro. Ruedas que estiran cuerpos y los despedazan.

—Sí. Pero hay hombres que inventan máquinas para volar. Hay pinturas que parecen sueños. Y tú me pareces mejor que ellas. No mejor. Sino que, de cierta manera, te prefiero. A ti te salvaría de las flechas, de los cazadores de niños, de los monasterios.

—Eres tierno, Salai. Salai no es tu nombre, ¿no? ¿Cómo era tu nombre? Me lo dijiste cuando te conocía, repítelo.

—No.

—Nunca me repetirás tu nombre real, ¿no?

—Salai está bien.

—Sí. Lo está. Me da terror tu muerte, Salai, siempre estás tan a punto de morir.

—Lo sé. Debo irme.

—¿Dónde?

—Iré a hablar con Dios.

—¿Pueden los pelirrojos hablar con Dios? ¿Dónde hablas con Dios?

—En la cama.

—¿Y qué le pide un pelirrojo en la cama a Dios?

—Le pediré dejarnos una semana más de esto.

Él, me refiero a Dios, me dirá «mira, Salai, ya los he escondido suficiente.

Cuando los cazadores marcaron vuestra puerta con sangre de cordero hice llover, y la sangre se lavó.

Y cuando tomaste su cara en las escaleras de Santa Croce cegué a los hombres con luz.

Y nadie vio nada». Sólo un día más te pido, Dios, sólo uno, le diré tomando de su falda.

«Las cosas están ansiosas de matarte, Salai», responderá.

«Las tengo encerradas en un cajón de madera que resiste hasta un día más los golpes de los monstruos».

Protégeme de los monstruos, aún, todavía, un día más, por favor.

«Tú podrías ser ese monstruo. ¿No lo has pensado?

». No, Dios. «Te estás convirtiendo en un cazador.

Respiras sólo por la nariz, distingues el olor de mujeres a distancia, tus hombros crecen para cargar animales sobre ellos, a sus hijos, a hombres heridos».

¿Qué hago entonces, Dios?, le preguntaré con toda la tristeza de un hijo que no obtendrá lo que quiere del padre.

«Repite conmigo. Di Paradiso». Paradiso.

«Di piedra, di hombre sobre piedra». Piedra, hombre sobre piedra.

«Di lanzar piedras, di que harías un sacrificio, di promesa frente a Dios y di abandono de Él, di amor de Él, di masticar, di hambre mientras tomas tu mandíbula, di dar, di doy, di todo esto es tanto milagro, di mañana comienza todo, promete que mañana comienza todo, di estoy listo, listo para la gran guerra cuando sólo tienes las manos sudando, cuando sólo tienes fiebre, di cielo, di muerte, di después, di después, porque siempre, siempre después, amor de nuevo».

¿Qué es eso, Dios? «¿Qué es qué?». ¿Qué es todo eso que me acabas de decir, Dios?

«Eso que te acabo de describir es un fin de siglo».