San Bernardino da Siena
SAN BERNARDINO DA SIENA
Cada vez que oigan mencionar la sodomía, todos y cada uno de ustedes escupan en el suelo, y se limpien la boca también. Si no quieren cambiar sus costumbres por ningún otro medio, tal vez cambien cuando se burlen de ellos. ¡Escupan con fuerza! Tal vez el agua de su saliva apague su fuego.
San Bernardino da Siena,
«Escupan con fuerza. Tal vez el agua de su saliva apague su fuego, este fuego, gracias por estar aquí hoy».
Bernardino llena el vaso de madera con su saliva.
Lo eleva sobre su frente y lo hace pasar por el público.
Mujeres, hombres, niños, extranjeros dejan su saliva en él.
Estamos en Piazza San Lorenzo. El vaso rebalsa de baba de cristianos.
Bernardino toma de vuelta el cáliz lleno, y sin asco derrama el líquido sobre una pira de libros que arden.
El fuego chirría. «Este es el fuego que pueden extinguir escupiendo.
Porque dentro de ustedes hay un animal que produce saliva.
Animal de Dios, animal que saliva para que ustedes apaguen el fuego de la sodomía».
Bernardino toma a uno de los niños de la mano.
El niño es Fiorentino. El niño viste de verde.
Bernardino cubre el rostro del niño con ceniza y saliva.
«Sabes?», le dice besando su nuca, «Jesús nunca habla de los sodomitas porque todos murieron antes de que él naciese.
El día de su nacimiento hubo una sagrada masacre de hombres que entraban dentro de otros hombres.
Un acto tan horroroso que la muerte sintió asco, asco de tocarlos para poder darles muerte.
Entonces la muerte no los mató. Pero tomó forma de soldados.
Y los soldados fueron las manos de Dios en esta misión.
No quedó ninguno. La muerte los buscó en las montañas, bosques y cuevas».
Bernardino devuelve al niño a las manos de su madre con la frente manchada, el niño friega sus ojos, sus ojos lagrimean por el humo.
«Uno de estos días, los días van a acabar para siempre».
Uno de estos días, los días van a acabar para siempre, es una frase hermosa.
Yo leo las prédicas de Bernardino y me siento extrañamente atraído por una fuerza exaltada y oscura, fuerza que repele, pero que no me suelta, como la mordedura de un cerdo, sólo con las encías.
Recuerdo cada palabra que escribe, me aterro y me fascino, y recuerdo todo.
Lo he estudiado con precisión. Bernardino fue un hombre.
Un hombre con una capa café oscuro. Tenía uñas largas y un pene promedio que no tocaba desde los doce años, él mismo mencionó esto en su último discurso en San Giovanni Valdarno.
Nació en Siena. Por eso su nombre. Bernardino era lo único nuevo en él.
La gente bautizada con el nombre de su ciudad natal está condenada a destruir pueblos, es como si el nombre fuese la representación de una fortaleza, que augura una guerra por venir.
Bernardino ya venía recitando este tipo de pasajes en Umbria, Venezia y Napoli.
Había nacido a finales del siglo catorce.
Su familia era noble. Su padre había muerto.
Su madre había muerto. Fue criado por un tío lejano.
Cuando la peste invadió la Toscana fue un fiel acompañante de los enfermos.
En el hospital Santa María della Scala quitó costras con pinzas, operó extremidades, rezó al lado de hombres y mujeres y niños, y vio morir a mujeres y hombres y niños, y no durmió, aprendió a no dormir.
En esta confusión nocturna Bernardino vio el horror del mundo y pensó en el horror del mundo más de lo que debía, vio cuerpos deshacerse en tos, vio carne podrida, olió carne podrida y se preguntó cuál es la causa detrás de toda podredumbre.
Siempre hay una causa tras la podredumbre, pensó, una rata, un perro, un gato muerto detrás de la pared.
¿Cuál era la causa por la cual Dios estaba pudriendo a sus hombres?
Bernardino llevó sus manos a su cara, abriendo sus ojos a la noche y a la tos, y no durmió, pero escribió notas, ideas, iniciando la búsqueda de la génesis de aquel mal.
Luego de una temporada acompañado de muerte y enfermos, Bernardino enfermó.
Sus huesos de tan sólo veinte años cedieron al peso de su no dormir y su pensamiento como si tuviese cien años de golpe.
De golpe un cansancio del siglo anterior lo dejó por un año en cama, incapaz de moverse, pero con las mismas ideas impidiendo su sueño.
A veces soñaba, las menos de las veces, luego de dar de comer a los caballos y verlos acercarse a su túnica.
Los animales lo emocionaban de sobremanera, pero no los hombres.
Se preguntaba por qué al imaginar la muerte de un caballo sentía más náusea que al ver un hombre arder.
Al salir del reino de la enfermedad y regresar a la vida de las personas, Bernardino comenzó a predicar.
Sus prédicas eran simples. Deseaba llegar a lo más básico de las palabras.
Nombrar con el dedo lo malo, lo bueno y la causa de aquel mal.
Llegar a la fuente del mal era su misión.
Tenía ya algunas ideas. Primero fue la usura.
Engañar al prójimo nunca ha estado bien, sobre todo por ambición, aquella debía ser causa de mal olor, pero no era motivo suficiente para la inagotable podredumbre que Dios había lanzado contra su ciudad.
Quizás las mujeres, pensó, deben ser ellas.
Y no durmió pensando en sus sexos volcados hacia dentro, senos expuestos y cabellos hacia abajo, y sintió rechazo.
No era un sodomita, pero la idea de una mujer desparramada hacia el mundo, sin pudor, lo repelía.
Concluyó que las mujeres ya no tenían suficientes hijos, su terror a la falta de hijos comenzó a ser causa de su no dormir, directamente proporcional al decaimiento de Firenze.
Sin embargo, más allá de las mujeres y la usura, había un eslabón perdido, algo peor que había causado aquel olor que cubría todo.
Aquella quemadura blanca de la peste sobre sus hijos no podía ser sino un castigo por algo profundamente invertido.
En un sueño encontró la causa. Se soñó en un día de verano en su casa en Siena, cuando era sólo un niño.
Bernardino estaba sobre su cama justo antes de dormir viendo el cielo raso.
De pronto las figuras del fresco comenzaron a transformarse en manchas verdes de humedad y a abrir agujeros en el techo, como si fueran quemaduras de brasas, y de un momento a otro no había techo y Bernardino contemplaba atónito un cielo negro y sin estrellas.
Sobre su vaso de agua, vaso que siempre dejaba en su mesa de noche en caso de asfixia nocturna o pesadilla, comenzó a sentir un goteo sutil.
Al mirar hacia arriba vio la figura de un hombre joven en cuatro patas, sin brazos, sólo piernas saliendo de su tronco, el hombre babeaba sobre él y su velador, el hombre murmuraba y babeaba una palabra incomprensible, la palabra caía en forma de saliva sobre el vaso, lista para ser bebida por él.
Giacomo Della Marca, un franciscano orador y escritor muerto en 1476, había escrito un sermón que daba título a aquella palabra, la más usada por Bernardino, aquel sermón se titulaba De Sodomia . Y mencionaba por vez primera palabras como:
bestiario
bestia
especies
orden
naturaleza
hombre
sodomía
palabras marcadas en rojo, a través de una técnica de mezclar especias de la India sopladas sobre la página. Fue a inicios de 1425 que un joven Antonio Beccadelli, nacido en Palermo, decide dedicar abiertamente a Cosimo de Medici su obra, su colección de poemas eróticos Hermafroditus :
Se il titolo del libro, Cosimo, hai letto, in cima
avrai notato scritto Ermafrodito .
Questo mio libro ha sia la fica sia la minchia :
pertanto, quanto adatto gli è quel nome!
Ma se lo chiami «culo», poiché col culo canta ,
continuerà ad avere nome giusto .
Ma se né questo nome piacesse né quell’altro ,
dagli quello che vuoi, basta non casto . *
El escándalo comenzó por esta dedicatoria a Cosimo.
Y se extendió por las familias florentinas que se preguntaban por qué los médicos no se ponían a curar esta enfermedad que se estaba apoderando de los jóvenes de la ciudad.
Un vicio innombrable. Vicio que sólo se mencionaba susurrado, por miedo a expandir la enfermedad, sin causa aparente, sin cura.
Aquello no era una metáfora, aquello era un símbolo de Dios para salvar a la ciudad del vicio, pensó Bernardino.
La sodomía y su fin forjó en el corazón de Bernardino da Siena el motivo de su vida.
Y Firenze había sido cuna de esta conducta.
Esta naturaleza podrida generaba en su cerebro olor a durazno y gato muerto.
Olor que debía venir sólo de un hombre al lado de otro hombre luego de días juntos, un hedor que sólo era posible eliminar con humo, humo que sólo era posible crear con fuego, fuego gracias a la luz.
Este camino de luz y por la luz llevó a Bernardino a predicar en cada plaza, en cada casa, en cada banco, en cada río.
Y aquella luz, aquel fuego debía tener algo para nacer, más que palabras aquella luz necesitaba cuerpos.
Hace unos años en una plaza de Verona, Bernardino encendió el fuego inicial.
Con troncos de olivo y óleo virgen encendió un fuego en la Piazza di San Lorenzo.
Comenzó a hablar. Su discurso invitaba a mujeres a lanzar todo objeto asociado a su vanidad.
Mujeres que se deshacían de sus objetos, y uno que otro libro que volaba y encendía el fuego mientras Bernardino hablaba sobre cómo la salvación de la ciudad era posible gracias a la desaparición de esos objetos en la luz dada por Cristo.
Su carisma era enorme. Su lengua era simple:
«Nuestros jóvenes se están volviendo mujeres y animales».
«La raza humana desaparecerá del todo si no hacemos algo».
«Hay gente que envejece en este vicio y que por diez años puede seguir a otro hombre con tal de conseguir su cometido. Es sólo por vicio. Es una pesadilla. Es su pesadilla. Que han vuelto nuestra pesadilla».
«La dispersión del semen. La masturbación».
«El semen. Su dispersión. Su caída fuera del cuerpo. Es sodomía. Es el inicio de un vicio circular que termina en un hombre en coito con otro hombre».
«Es más grave que el incesto. Peor que yacer con tu madre. Es yacer con otro como tú en un espejo».
«¿Es más grave que la violación? Sí. Más grave que la violación».
«¿Más grave que matar? No. Más grave que el adulterio. Más serio. Es un animal que saliva y que toma el cuerpo del sodomita. Lo feminiza. Y eso pudre su cuerpo y con él la ciudad».
«He visto la podredumbre. Debemos volver a la Firenze del siglo anterior. A la Firenze de los hombres nobles. A la Firenze antes de la peste».
El sol hacía sobre la pira un círculo, el círculo se comenzaba a abrir mientras atardecía, todo el público era ahora parte de la luz, la pira se abría a la ciudad, toda Verona era parte de esta luz, todo visto, todo descubierto, todo expuesto a ella, niños y mujeres y hombres esperando a los pescadores de hombres.