Credo, protegerse de la Luz
CREDO, PROTEGERSE DE LA LUZ
Dios, sobrevivir es lo más creativo que puedo hacer en este siglo.
No es hora de la visibilidad, Padre, ni de darle nombre a las cosas.
Es tiempo de esconder los nombres de las cosas.
Sólo algo nombrado puede ser visto, y sólo algo visto puede ser señalado por una mano.
No es temporada de ser firenzer, es la hora de la opacidad, de esconderse a escribir y rezar.
Inútiles los que se queman por una causa inútil.
Nadie sabrá sus nombres. Es tiempo de sobrevivir, de alcanzar a llegar con algunos cuerpos al otro siglo para poder contar una historia de cómo un chico que amaba a otro pudo atravesar bosques, y montañas, porque lo amaba mucho, y luego de amar así a alguien no hay mucho, no hay nada realmente, porque llegas al otro lado de la montaña o del bosque sin la persona que amas y los árboles y la montaña no hacen sentido, incluso tomar agua pierde el sentido, y dejas de beber, y te secas, y quedas a merced de los animales de la noche.
Dios, cada noche hago tres arcadas después de masturbarme en el baño.
Una por los asesinos. Otra por la soledad del mundo, otra por la luz del mundo.
El agua cae por mi cuerpo y sin secarme voy de mi habitación a la cocina.
De la cocina a mi cama. Goteo hasta secarme.
El gato bebe el agua que dejo. El gato no tiene agua propia.
Bebe la del baño. No sé por qué. Dios. Tuyo es el lenguaje.
Tuyo el sonido. Los sonidos del hombre que amo.
Padre, dame el pan suficiente para no envidiar.
Para no matar, por favor no me envíes a la guerra.
Como tú, Padre del hielo, déjame descansar de las quemaduras.
Aléjame de los chacales, de los falsos ídolos, del hierro.
De los que se regocijan en el sufrimiento como victoria de una vida trabajada.
Padre, no me dejes trabajar. Déjame amar y hacerte odas lindas que otros canten.
Sabes que temo a la tos. A mi siglo, que es el siglo de la tos.
A los hombres. Sabes que amo a los hombres.
Sabes que temo las heridas abiertas. Tu saliva es la luz iluminando los hombres con que he estado.
Es divina y es buena. Es buena como la luz alumbrando el río que siempre va hacia arriba.
No me dejes morir a los dieciséis años. Déjame ver el nuevo siglo.
Déjame ver el nuevo siglo y aterrarme, y arrepentirme de haber llegado a él.
Sálvame de ser el hijo muerto del año pasado.
Déjame amar a un hombre, a uno solo pido, a uno solo, y déjalo sobrevivir, hasta que me haya convertido en santo, o me muera.
Déjame festejar el horror y la alegría del siglo al lado suyo.
Déjame escuchar su risa mientras tala un olivo.
Padre, tú creaste la violencia. Déjame entenderla.
Padre, lo que me llevo a la boca, carne, vino y agua, será alimento que se convierta en palabras, que, perdón, no te dedico siempre, que dedico al hombre que amo, y que no puede evitar morir todas las noches.
Dios, marca su puerta con sangre de cordero, si no tienes más corderos marcaré su puerta con óxido de azufre.
También sus manos, que son hermosas, no las dejes cortar.
Perdón por creer en la belleza por sobre todo.
Aléjame de los cazadores de belleza. Los que la exponen como un hígado colgado al sol, sin fe, sin fe la palabra no es posible.
Ni matar. Ni amar. Los asesinos tienen fe, aunque la usen de manera equivocada, tienen.
Mis palabras no son mis palabras sino tus palabras.
Mis palabras son tus palabras. Son palabras de un siglo nuevo.
Padre, no fuimos los últimos, Padre, no somos los últimos, Padre, no seremos los últimos.
Padre, he pensado que todas las sagradas escrituras se resumen en una frase: La luz acabará con todo. Amén.