La oficina de la noche Hígados
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Hígados

HÍGADOS

Hoy desperté con el olor a pan nuevo. Felicidad y luz.

Logré dormir luego de días de pensar muchas cosas feas.

Salai unta mi pan en aceite. Comemos en silencio.

Evito mirarlo a los ojos porque la felicidad es mucha y no quiero romperla.

«¿Puedo enamorarme de ti?», Salai no me responde.

«Si te enamoras de mí se te reventará esto», dice apuntando arriba de mi pubis.

«¿Mi hígado?». «¿Se llama hígado?». «Sí».

«Nunca había escuchado ese nombre», me dice y mete un dedo en mi ombligo.

«Se te reventará el hígado y no podrás amar nada más, porque dentro del hígado hay unas hormigas negras que cuando se revienta te comen el corazón, y te vuelves malo de la noche a la noche».

«Se dice de la noche a la mañana», le digo.

«No recomiendo enamorarse de mí», dice y toma de su bolsa un frasco de vidrio del tamaño de su meñique.

Tiene una tapa de plata que se desenrosca y está unida a una cuchara pequeña.

«¿Qué es?». «Triaca». «¿Qué es triaca?».

«Es como un hígado, pero no sangra. Se pone un poco acá, y acá otro poco», me dice mientras va poniendo polvo en mis clavículas.

«Luego la hueles». «¿Y?». «Desaparece dentro tuyo.

Se va a la sangre. ¿Quieres?». Le digo que no con la cabeza.

«No es la mejor versión de la triaca. Un día haré la mejor versión, pero me faltan ingredientes».

Salai aspira. Salai tiene un ojo rojo. Este polvo le vuelve un ojo rojo.

No le digo nada porque simplemente se ve hermoso.

«Hay gente que viene desde Castilla, y en Castilla llegan personas de lugares al fin del mundo, algo así como Venezia, pero del fin del mundo, algo así como una República del Hielo, muy muy al sur, donde están todos los ingredientes para hacer triaca».

Se pone de pie y se estira, una cuerda le amarra los pantalones.

Tiene el torso descubierto y cruza sus codos detrás de la nuca.

Los pelos de sus axilas se mueven con el viento.

Hay viento. Estamos en la orilla del Arno.

No hay nadie. Salai se acuesta a mi lado.

Me acerco a su hígado que se infla y desato con mis dientes la cuerda.

La cuerda cae en mis manos y la cuelgo en la parte de atrás de mi cuello como una lagartija grande que no muerde.

Su sexo está en mi nariz. Huele a saliva seca, hojas molidas.

Abro mi boca. Mi cabeza va de norte a sur, sólo en esa dirección.

Estoy solo en esta tarea infinita. Nunca me había sentido tan solo, tan sin palabras.

Salai habla por mí. Yo no puedo decir nada.

Estoy ocupado con una parte de él. Parte igual de importante que cualquier otra parte de su cuerpo.

Adoro los codos de Salai. Tanto como su sexo, adoro sus codos.

En mi boca hay un pelo. Paro. No logro encontrarlo con mis dedos.

Salai abre mi boca con sus manos. Me dice algo que no entiendo, porque no sé qué decir, porque perdí las palabras de golpe, y él dice todo por mí, desde hoy compartiremos ese lenguaje, de decir por el otro, por siempre.

Anochece. ¿Cuánto tiempo llevo en este trabajo por el cual no gano nada más que la gloria de acelerar su respiración?

Anochece más. Estoy de rodillas en el pasto.

Estoy solo con mi lengua pastosa. Soy la vaca más infeliz del prado.

Una vaca puta. Canto. Canto con mi lengua pastosa y blanca de vaca puta, como una vaca que comió barro en vez de hierba.

Canto porque estoy feliz y muy solo, muy solo con Dios y las colinas que se ven inmensas, y el Arno se ve inmenso, Santa María Novella es aterradora a lo lejos, y los grillos me están dejando sordo.

La mierda de caballo comienza a evaporarse con la humedad de la noche.

Siento la mierda y el olor del río y los mosquitos que me sacan sangre de los muslos, y está bien, está todo tan bien, porque estoy solo abajo del mundo, solo sin Dios y en comunión perfecta, como en un tiempo anterior a la ceniza.

Estoy inspirado, casi me duermo, pero no lograré dormir nunca más.