La oficina de la noche Spes Altera Vitae
24%

Spes Altera Vitae

SPES ALTERA VITAE

Mi vida es simple. Despierto a las seis.

Beso a mi madre en la frente. Ella aún duerme.

Despierto antes del amanecer. Lo mejor de Firenze son las dos horas antes del sol y no me las pierdo por nada del mundo.

Me estiro hacia el cielo frente a la limonaia de Villa Strozzi.

Hago sonar mis huesos del cuello. Suenan como huesos de pájaro.

Desde las seis hasta las diez camino al Mercato Vecchio.

Compro carne, leche, un pájaro, a veces compro un pájaro que se me muere a los pocos días, a veces mi madre lo cocina, a veces vuela.

Regreso lento, caminando lento por la ribera del Arno tratando de imitar el sonido de un órgano.

Una vez escuché sonar a Francesco di Girolamo degli Organi y entendí que nunca sería músico.

Dios sabe que mi oído es mediocre, como mi fe.

Después del mediodía camino donde los orfebres de Ponte Vecchio a recolectar oro en polvo sobre sus mesas y pisos.

Es un trabajo delicado, donde se debe respirar lento, moverse con la respiración justa, como en el sexo, como en el rezar.

Mis dos trabajos requieren la respiración justa.

Ambos requieren no respirar en el momento justo.

Ambos trabajos son trabajos justos, cualquier ciudadano de la república diría «usted es un hombre justo, con el trabajo justo».

Con el oro en polvo camino a San Niccoló, donde los comerciantes flamencos lo trafican por un par de florines.

Últimamente estoy apreciando a los flamencos, pensaba en ellos como seres ateos y alcohólicos, pero me ha sorprendido la pasión ingenua que tienen por las cosas vulgares.

Regreso con los florines. Regreso a mi palazzo .

Guardo los florines dentro de la pata de una silla de la cocina.

Lavo mis manos en agua tibia. Primero con menta, luego con sal.

Sólo así se obtiene la neutralidad justa en el olor y se evitan sudoraciones desagradables.

Voy a mi habitación, dejo la almohada en mis rodillas y transformo mi cama en un altar, rezo.

Esto puede tomar de diez a veinte minutos, dependiendo de si recito el Ave completo, el Pater Noster o explota la creatividad en mi mente y comienzo a pedir buenaventura por personas que casi no conozco, por personas que desearían verme muerto.

Regreso la almohada a mi cama. Me visto de azul.

Medias amarillas. Zapatos rojos. Falda negra.

Beso a mi madre en la frente. Las campanas de las cuatro me avisan que todo está en un orden perfecto, anterior a la noche, en armonía con la luz.

Llego a Santa Croce . Evito saludar con mis manos recién lavadas.

Sin embargo, sonrío. Mi apretón de manos es el apretón de manos de alguien en quien nadie confiaría.

Saludo con los dedos. Me limpio luego en mis ropas.

A las cinco y veinte traen al acusado. Están a tiempo, estoy a tiempo.

La entrada del acusado es por una de las calles pequeñas que dan a la Piazza di Santa Croce.

El acusado tiene diecisiete años y dos reincidencias en actos de sodomía.

Una mientras era penetrado en Via Tornabuoni y la otra por masturbarse al abierto junto a otro firenzer en Costa San Giorgio.

Viste de verde y tiene una cuerda en la cadera.

Está descalzo. Lo transportan en una plataforma de madera con ruedas.

Es pequeña. Las ruedas imitan el sonido de pájaros.

Tiene la boca abierta. Pareciera que el sonido de pájaros viniese de su hígado.

Llega más gente. Debemos ser unos treinta.

Nada espectacular. Público común. Está semi amarrado y no intenta quitarse los nudos.

La gente se comienza a reunir. Los Oficiales entran después de que el acusado llega al centro de la Piazza, la iglesia a sus espaldas.

Uno de los Oficiales le dice que lo desatará y luego lo amarrará de nuevo.

Le dice que debe asentir con la cabeza si afirma que no intentará escapar, de otra manera hará un corte bajo su estómago.

Hace el gesto con el pulgar en el estómago.

El acusado dice que sí. Atrás de todo está el público de pie, cada vez se suman más cabezas de niños, los niños aman estos momentos, los niños ven en la muerte el futuro, los niños se protegen del futuro con violencia.

Luego están los Oficiales en sus sillas rojas.

Luego estoy yo, de pie, de azul. Luego están los dos verdugos, de pie también.

Yo soy el segundo más cerca, y estoy al menos a diez metros, porque el olor será insoportable.

El primer Oficial amarra al acusado. El acusado dice que sus muñecas están muy apretadas, o que sus codos están torcidos, algo así dice, no entiendo bien, pero hacen caso omiso.

Otro de los Oficiales se pone de pie y lee la sentencia.

«En este día...», declara, declara también las iniciales del acusado, dice: «G.

O. será condenado por el delito de sodomía» , y declara que es una reincidencia, y apunta hacia el este y luego hacia el norte como apuntando a los lugares donde realizó los actos, el público grita insultos cuando apunta al norte, y escupe, pero los escupos no llegan al acusado, sino a mi espalda.

Tampoco las frutas llegan al acusado, las piedras pocas veces, el acusado gira sus codos, el Oficial declara: «Este ser que conjura en su cuerpo la inversión».

Me gusta la figura que utiliza, conjurar una inversión en el cuerpo, creo que los Oficiales de la Noche son escritores increíbles.

Continúa: «Fomentando el vicio que produce la caída de nuestra civilidad», que es como habitualmente finaliza el discurso.

El discurso termina. Ahora silencio. Ahora el momento en que le dicen al acusado «¿tiene las últimas palabras?

». No es una pregunta, es una obligación, es forjar una disculpa a la ciudad que lo mira, su ciudad.

El acusado los mira de vuelta. Entra el escriba de la Oficina.

Se sienta a mi lado. Remoja su pluma. La mano con la tinta esperando a escribir los primeros sonidos.

Silencio. Todos los ciudadanos esperando el sonido.

«Yo...», dice el acusado. «Yo, les...». Se interrumpe.

«¿Está Vanni aquí?». Nadie dice nada. Vuelve a hacer la pregunta.

Nadie responde. El escriba escribe: «¿Está Vanni aquí?

». «Sí. No. No. No. No. Sí. No», dicen desde el público, y muestran los dientes.

«Sí y no, repiten», escribe el Oficial .

«Quiero verlo», dice el condenado. «Quiero verlo», se escribe.

Silencio. Risas. «¿Algo más?», le preguntan.

«Nada», dice. «Nada», se escribe. «Quería sólo verlo», dice.

«Quería verlo», se escribe. «Hubiera sido tan bueno verlo», dice.

«Hubiese sido tan bueno verlo», se escribe.

«No, oh, no, sí, espera», dice. «No, oh, no, sí, espera», se escribe, porque todas las palabras y vocales deben ser escritas con la máxima precisión.

« Spes. Altera. Vitae », dice, y se escribe, « Spes.

Altera. Vitae ». Y pestañea. Y mira hacia arriba.

Y me mira. Y lo miro. Está vestido de azul como yo.

No lo miro. No puedo mirarlo. Uno de los Oficiales abre un cofre de marfil.

En él está la madera de naranjo mordida.

Uno de ellos va y la pone en su boca. El escriba se pone de pie, cierra el folio en un saco de cuero.

Me sonríe. Le sonrío de vuelta. Soy una prostituta de los verdugos.

Soy una prostituta de la gente que me aterra.

Uno de los verdugos inicia el fuego en una pira a dos metros del acusado.

Lo mueven con las ruedas. Las ruedas suenan como pájaros, pájaros de nuevo en la boca del acusado.

La gente grita. Una manzana verde vuela y casi llega a la pira, y la gente aplaude.

El sonido viene desde mis espaldas. Frente a mí hay el silencio.

No sé si se dice silencio o el silencio.

Miro hacia atrás, la gente, sus lenguas, sus dientes.

Los Oficiales están sentados. A uno le veo los testículos a través de su falda.

Alguien grita. Uno de los Oficiales atravesó la rodilla del acusado y no lo vi.

Otro ató su cuello a la pira y no lo vi.

Todo muy rápido. El acusado está ya sobre la pira.

No sé cuándo lo movieron. Ya está ardiendo hasta los tobillos.

El fuego no se alza. Sólo quema sus pies.

Sus pies hacen burbujas. Se inflan y se vuelven más pequeños y más grandes.

El acusado grita y abre los ojos, y no los cierra.

No cierra los ojos y eso me aterra. El fuego no sube.

Se orina. Ponen más madera sobre la madera orinada.

Me agarro el sexo. Con una pinza le rajan los pantalones.

Queman su sexo con un fierro que en la punta tiene la forma de un altar.

Se llama Altare da Viaggio, se usa cuando los clérigos viajan a otros lugares, en este caso es la única estructura de metal completa que al ser calentada puede borrar un sexo o una boca, un ano.

Los testículos se derriten y caen por sus muslos, parecen yemas de huevo.

El escriba conversa con los otros Oficiales .

Uno de ellos se acerca al verdugo. El verdugo se queda en silencio.

El público aplaude. El verdugo atraviesa abajo de las costillas al acusado con una vara de metal delgadísima.

La madera de naranjo se llena de sangre.

Es tosida y cae a dos metros mío. Parece un hueso de perro.

El Oficial dice algo que no entiendo. El verdugo abre el estómago del acusado.

Muere, supongo que eso es la muerte, porque caen cosas que parecen el interior de una vaca.

Espero los segundos necesarios y camino.

Meto mi mano en el bolsillo. Miro hacia la iglesia.

Sí, dice el Oficial. Sí, respondo con la cabeza.

El olor es ya insoportable y el viento lo lleva al público, que se agarra la cara, pero aún ríe.

Lanzo las semillas hacia el acusado. Pero el viento las esparce hacia nosotros.

Las semillas caen en nuestras bocas y ojos.

Como cayendo en una tierra muerta donde no crecerá nada.

«Desde allá», me dice el verdugo. Me doy la vuelta.

Estoy dando la espalda a la iglesia, viendo lo que el acusado vio, viendo al público, viendo a los niños crueles con sus padres crueles, y la parte de atrás de la cabeza de este hombre, única parte no tocada por el fuego, su mollera.

Lanzo las semillas, lanzo un puñado y otro puñado, y otro, y veo a la gente volver a respirar, y hago retroceder al horror, y hago retroceder a la muerte, con su ejército de caballos con patas de cerdos, y de esqueletos con cuchillos, hago retroceder su podredumbre, y los huesos retroceden con el sonido de molinos de viento que se destraban para girar, así giran los huesos, y hay viento, y por unos segundos cierro los ojos y estoy en una selva, estoy en una selva espesa de hinojos y alguien me está cocinando carne, carne de conejo para el invierno, y ese alguien es un hombre que agrega especias, pimienta, sedano, clavo de olor, y ese alguien me toma las manos y me las acerca al fuego, no para quemarme sino como un gesto de cariño, porque esa persona me ama, y siento el olor a carne, y él me dice con los ojos abiertos Spes Altera Vitae , esperanza de otra vida, esperanza por otra vida, esperanza de una otra vida, esperanza para otra vida, esperanza de otra vida, y repito, Spes Altera Vitae , repito hasta que la muerte, el público y su podredumbre han abandonado la plaza.