La oficina de la noche Los Cazadores
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Los Cazadores

LOS CAZADORES

Deben ser hombres.

Deben ser ciudadanos florentinos.

Deben ser mayores de cincuenta años.

Deben estar casados.

Esos son los requisitos para pertenecer a la Oficina de la Noche.

Ellos cazan. Cazan en la noche, por eso el nombre.

No hay metáfora en el nombre. La Oficina de la Noche desprecia las metáforas.

Las cosas deben ser como las palabras que las nombran.

Las palabras deben definir lo nombrado. Por eso odian a los hombres que están con otros hombres.

Porque la palabra hombre no debiese nombrar a los sodomitas.

Es un problema con el lenguaje de ser hombre, porque ellos no pueden ser lo mismo que un sodomita.

No pueden estar ambas naturalezas contenidas en la misma palabra.

Porque tener problemas con el nombrar es tener un problema con Dios, porque Dios creó al universo y al hombre nombrándolos, y cuando lo nombró sólo se refería a una naturaleza de hombre, no a otras naturalezas de hombre, lo que significa que el acto de estar un hombre con otro es una negación a la palabra misma de Dios.

La Oficina de la Noche no está compuesta por genios.

Los genios están afuera pintando los frescos de las iglesias, imaginando puentes levadizos.

La Oficina de la Noche sólo trabaja en la noche porque los firenzers brillan en la oscuridad como las luciérnagas.

Así los cazan. Porque los firenzers son como las luciérnagas.

Se queman como las luciérnagas, en forma de ceniza o luz.

Porque sí, esa luz que se apaga no es un imperio, es una luciérnaga.

La Oficina de la Noche no ama la noche, ama la luz.

Ellos han llenado de fuego los faroles de Firenze para poder ver los encuentros entre jóvenes florentinos tentados por mecenas, u hombres viejos probando con otros de su mismo rango.

La Oficina de la Noche es eficaz y estúpida.

Ellos ven lo que tú les dejes ver. Ellos sólo ven donde tú pones la luz.

Por eso yo alabo la opacidad. Yo vivo en ella.

Vivo en un constante azul oscuro. El azul oscuro constante es aburrido y seguro.

Lo único que me aterra es la sospecha. La sospecha es un golpe de luz injustificado.

La Oficina caza la sospecha por sodomía.

Nadie está a salvo de la sospecha. De la calumnia.

La mayor parte de las denuncias llegan del boca a boca.

Ellos rodean las casas. Y entran a las casas.

Se llevan florentinos, a veces a florentinas.

La Oficina no pretende el miedo, pretende el terror, porque ocurre mientras dormimos.

Si los ves afuera de tu casa puedes decirles que no entren, ya que no están en pleno derecho republicano de hacer ingreso a tu casa sin invitación.

Sin embargo, la mayoría de las veces esto no es de relevancia.

Ellos abren la puerta con un fierro y ese fierro lo calientan y te borran algunos rasgos de la cara.

No los invites, como a los vampiros. «Cierra tu puerta, están aquí», se susurra entre los firenzers y los no firenzers, porque la sospecha, madre de todos los vicios, cae sobre ciudades enteras, sin juzgar, y así, sólo rezamos por el fin de la luz, por el fin del sonido, rezamos con la boca cerrada, como ese santo que un día hizo retroceder el fuego, San Cosimo creo que se llamaba, no recuerdo, estaba siendo quemado al lado de otro hombre, San Damiano, ambos condenados al fuego, y en un momento rezó sin abrir la boca y el fuego retrocedió, aquel círculo de muerte retrocedió, la pira de luz se tragó a sí misma, dejando la ciudad a oscuras.