La hoguera de las vanidades
LA HOGUERA DE LAS VANIDADES
Comenzó hace unos días. Salai me dijo que quería ver el fuego y vinimos a ver el fuego.
Se recolectaron objetos de todo tipo. Esculturas, y manuscritos, y pinturas romanas, y tapices con bordados, algunos muebles de marfil, y sujetadores de cabello de marfil, y copas de marfil, tiras de terciopelo, libros de adivinación, de alquimia, y cítaras, libros de Petrarca, de Boccaccio, manuscritos en griego y en sardo.
Esta torre ha iluminado por tres días a Firenze.
Alimentada diariamente con obras de arte, piedras preciosas.
Mi padre me contó que antes de su muerte, Lorenzo de Medicis mandó a llamar, a modo de extremaunción, a Savonarola.
Savonarola aceptó la invitación y fue a su palazzo .
En el lecho de muerte tomó la mano a Lorenzo y haciendo un corte horizontal en su palma lo maldijo.
Escupió en la herida ceniza y mirra que había masticado durante la mañana.
Masajeó la palma de Lorenzo hasta su muerte, susurrando «penas y muerte y sombra».
Salai ha estado conmigo estos tres días.
Fascinado por el fuego y sus luciérnagas.
Yo soporto la quema de libros si puedo sostener la mano de Salai a plena luz.
Salai me mira. De cierta manera no podemos evitar reírnos ante la locura.
La gente lanza sus ropas, quedan desnudos, ponen sus ojos en blanco, recitan y lloran, dejan de llorar y bailan.
Harán arder todo lo que construimos en los últimos cincuenta años.
Sólo nos podemos rendir a la oscuridad después del fuego, no podemos combatir a un siglo.
Tomo la mano de Salai. Hoy dormiré con él. Tenemos tanta suerte, ¿no?