La oficina de la noche La Calumnia
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La Calumnia

LA CALUMNIA

Sobre lo que vendrá, necesito declarar, con terror a ser impreciso y a exaltar a las masas, que los siguientes hechos responden sólo a cómo vi las cosas en su momento en Firenze, y últimamente he estado dudando si fue exactamente así. Desde los colores, a las fechas, a los nombres. Comienzo.

Apeles fue otro acusado, quien tras demostrarse su inocencia y ser liberado realizó un cuadro, cuadro sólo descrito y jamás visto.

Apeles pintó un gesto para conjurar la acusación, una imagen fantasma que tomó Botticelli mil ochocientos años después, inspirándose, curiosamente, no en el cuadro mismo, sino en la lectura que hizo del cuadro perdido de Apeles en el siglo segundo Luciano de Samósata, escritor sirio que, en su texto De Calunni , especula sobre esta defensa pintada y perdida, texto que finalmente llevó a la reconstrucción de una nueva defensa pictórica hecha por Botticelli, defensa que tardaría varios siglos en ser expuesta, una insistencia de casi mil años por denunciar la obscenidad de acusar o, más precisamente, de ser acusado, de derecha a izquierda, en un siglo, por tu propio siglo.

Y no es un asunto de lecturas de izquierda y derecha, o la distancia entre ellas, sino, quizás, sobre la mirada.

Lo realmente perturbador de esta imagen es que la Verdad, representada por esta indiferente mujer desnuda, nunca se dirige al rey, quien parece no escuchar, sino que apunta directamente hacia el cielo, como si lo hiciera con seguridad absoluta de que la justicia no habita dentro de aquel cuadro.

Por lo tanto, la escena que presenciamos, cruenta y fatal para el acusado, no parece tener otro fin que, a través del dolor extremo, mostrar que el único conjuro contra la calumnia será la terrible belleza de nuestra defensa, la belleza como forma única de limpiar nuestra vergüenza.

Y más allá de todo, de la mucha vergüenza, más allá del acusado, y las orejas de asno, más atrás de todo, vemos un pórtico romano, con estatuas entre las cuales, quizás, y esto sólo lo veo yo, justo atrás de la Penitencia, está la estatua de un hermoso joven tallado en piedra que con sus dedos largos alza su túnica romana y nos enseña una falda cortísima, y más abajo sus rodilleras doradas, y más abajo aún, al lado de su pie, lo que pareciera ser un rostro, un dibujo en la piedra, o bien una grieta o, como lo creo yo, otro hombre, mirándolo desde abajo, en silencio.

Botticelli fue acusado, creo, tres años antes del final de siglo por los Oficiales de la Noche, anónimamente, por actos de sodomía.

No fue quemado. Sólo una multa de varios florines.

Lo curioso es que este cuadro fue pintado siete años antes.

Como una declaración paranoica, como una promesa para protegerse de su futuro, del futuro que era, y es aún, de los aterrados.

No hay nada peor que la burocracia antes de morir.

No hay nada peor que la burocracia al condenar.

No hay un horror más grande inventado por los humanos que la tortura desde el momento de la acusación hasta el momento del juicio, ese tiempo tantálico en que el acusado está solo con su estómago que burbujea en ácidos.

Se escucharon aplausos. Recuerdo que Botticelli tomó la tela violeta y protegió su obra de la luz nuevamente.