Monstruo de quince años
MONSTRUO DE QUINCE AÑOS
Los siglos te dan quince años de calma antes de la masacre.
Lo he leído. Lo he calculado desde hechos históricos.
Hay un animal que despierta los años antes del fin del siglo.
El año uno comienza a caminar. Está lleno de baba y placenta negra.
No es un zorro, pero se mete a las casas y mata gallinas como uno.
Camina en cuatro patas. Tiene fémures de humano, dedos, dedos que usa para agarrar las cosas.
Agarra las cosas porque se olvidó del nombre de las cosas, de cuando fue hombre y las nombraba.
Este animal agarra las cosas y las lame, las deja con su saliva, y a la mañana siguiente las cosas tienen su saliva seca, que no brilla, y así los cazadores y hombres de la ciudad entran al bosque y cortan la leña lamida por el animal, toman las frutas con saliva de monstruo, y las llevan a sus casas, y el humo de esa leña con saliva de monstruo es venenoso, igual que las frutas, y los ciudadanos enloquecen poco a poco. El animal crece.
A los cinco años ya camina en dos piernas, las otras dos las tiene colgando desde el pecho como dos sexos sin sangre.
El animal aún no parece humano, se cubre con paños que encuentra, el animal imita al más bajo de los humanos, estira la mano y pide, conoce la crueldad humana y la copia, y sobrevive en la oscuridad.
Para ese entonces el animal ya es capaz de vivir en las ciudades y lamer las paredes y cerraduras, que los ciudadanos toman todos los días, así la enfermedad del terror se propaga, el animal es un animal de terror, una bestia anterior a lo humano.
A los siete años su piel parece la de un hombre joven, sin embargo sus párpados aún están pegados, y el animal puede mirar a través de la piel, no es un problema.
Sus dos piernas son ahora pezuñas flácidas que cruza a través de su cuello como un paño.
El animal no tiene brazos, el animal no posee un lenguaje más que el de la saliva.
El animal no es un animal, es un invento del inicio de siglo, sólo que mis palabras son tímidas para describirlo.
A los ocho, nueve años, su naturaleza cambia.
El animal comienza a ver el terror y la violencia en los ciudadanos que han bebido su saliva, el animal se da cuenta que esto genera algo extraño en su pecho, el animal se siente como aterrado antes de cumplir los diez años.
A los diez sus pezuñas y fémures de perro ya asemejan los de un humano, ya puede saltar desde el Ponte Vecchio al río al lado de otros jóvenes florentinos, que aparte de mirarlo con la misericordia y curiosidad que la Biblia enseña a mirar a los tullidos, no se impactan.
El animal nada sin brazos, el animal envenena el río Arno.
El animal comienza poco a poco a ver la crueldad y el terror apropiarse de los niños florentinos.
Los sigue por las calles con el cuerpo mojado.
Los ve correr por los techos cazando gatos y rompiendo las cabezas de los gatos en las fuentes.
Los ve penetrarse mutuamente. Una tarde ve a un grupo entero penetrando a uno.
El animal siente, a sus diez años de vida, por primera vez, que aquella saliva que ha dejado en la ciudad lo ha secado de crueldad, de una manera inversamente proporcional a los ciudadanos, que la han bebido y ahora son crueles por vez primera.
El animal, sin tener un lenguaje propio, lo que significa que no tiene noción de presente o futuro, comprende, de vaga manera, que su cuerpo está destinado a ese sacrificio, que un día próximo su cuerpo se secará de aquella saliva, dejando a Firenze envenenada.
El animal se aterra ante este destino. El animal camina.
El animal es visto por los niños y perseguido por ellos.
Los niños ponen dos huesos de buey en el lugar donde el animal no tiene brazos.
El animal no siente dolor, pero entiende el terror.
Pasan dos inviernos y el animal es de repente un joven hermoso.
Sus cabellos han crecido fuertes y tapan sus ojos cubiertos de piel.
Las pezuñas se han escondido en su pecho y vuelto costillas.
El animal respira desde sus pulmones por primera vez.
El animal aprendió a correr. Corre con los ciudadanos de los pueblos cercanos y entiende la noción de extranjero, por lo que es la única palabra que imita, al igual que los pájaros, para comunicarse con los humanos.
Los humanos no dudan de su naturaleza humana y corren con él, y comen con él, sin saber de su condición de bestia.
Un día el animal ve a dos niños encender a otro en llamas.
La luz de esta escena desarma algo muy dentro del animal, muy dentro.
Él cae rompiendo sus rodillas hacia atrás, como un cisne.
El animal se arrastra, sabiendo que lo que hay dentro de él, aquella savia transparente, ha llevado a la ciudad al miedo absoluto, a la perdición de toda moral.
El animal no sabe lo que es la moral, pero al ver el cuerpo del niño girar en llamas conoce, dentro de sus pulmones, que eso quita el aire al mundo.
El animal se rebela a su naturaleza de animal.
El animal baja al río, por última vez baja, esta vez arrastrándose.
Río abajo toma una roca de río y la raspa contra otra roca de río, toda la noche raspa.
En la mañana aquella roca es un cuchillo.
El animal toma aquel cuchillo de piedra y abre su lengua en canal.
De su lengua cae primero un líquido espeso azul oscuro, luego transparente, luego sólo agua, la más pura de las aguas, que se confunde con el río, mientras el animal comienza a perder, sin dolor, su forma humana, y se vuelve una piel, parecida a una piel de cerdo seca, que el río lleva abajo junto a todo el veneno y el terror del mundo, para siempre, en el agua, corriendo el terror suficiente para acabar con el siglo siguiente, suficiente para hacer enloquecer a una mitad del mundo para que acabe con la otra.
Y ahora sólo queda esperar, esperar, esperar que nazca el próximo.