Los Humillados
LOS HUMILLADOS
Esperamos juntos un gran trozo de hielo que viene desde la Repubblica di Venezia.
El hielo proveerá a las iglesias de agua dulce hasta el inicio del otoño.
Esperamos juntos. Vemos una carreta acercarse hasta nosotros.
Al llegar, dos hombres desatan el trozo de hielo de sus caballos.
«De aquí no podemos seguir, las calles son muy estrechas, ustedes son los responsables desde ahora», nos dicen mientras lanzan sacos de sal marina para evitar la pérdida de agua.
El hielo es de cuatro veces nuestro tamaño, está sostenido por un piso de paja y cuatro ruedas que chillan mientras lo comenzamos a arrastrar.
Los hombres se alejan mientras Salai desnuda su torso y cuelga su vestido en su cuello.
« Andiamo », dice, y me sonríe. Arrastramos el hielo desde Porta San Frediano hasta la iglesia de Ognissanti.
Atrás nuestro queda un camino de saliva milenaria que se evapora a los pocos segundos.
Firenze en verano es el infierno. Firenze es el infierno.
Cuando nuestras manos se congelan nos damos golpes en los hombros el uno al otro, a veces paramos a orinar sobre nuestros dedos congelados, nos miramos mostrando cómo cambian de color las palmas de las manos.
Dibujamos con orina letras en el suelo. Letras que no se entienden.
Dibujamos la g, la n, la s, letras fáciles, letras que Salai sabe escribir.
Los florines de este trabajo nos darán pan sin sal, vin santo y especias por algunos meses, antes del invierno.
Veo a Firenze a través del hielo. Ponte Vecchio, Palazzo Pitti.
Firenze es una pintura que gotea, que se deshace bajo nuestros pies.
Imagino que dentro del hielo hay un pájaro, sólo porque amo los pájaros, imagino la historia de un pájaro que vive en los hielos del norte, más allá de la Repubblica di Venezia, más lejano aún, un pájaro que hiberna en cuevas azules del norte sin nombre, pájaro que quedó ahí dentro cuando los hombres cortaron este trozo que fue su casa, sólo para llegar a esta ciudad y morir a la luz de Firenze.
Pero no hay nada dentro del hielo. Es sólo nuestro gesto hermoso e inútil, como la fe, como Salai, de movilizar algo que está destinado a morir sin dejar rastro.
Salai apoya su cabeza contra el hielo y parece rezar.
Reza. Está hablando con un animal grande que levita, una ballena muerta y transparente.
¿En qué lengua reza Salai? ¿Una lengua más antigua que el latín?
Sí. Porque reza en el idioma de las ballenas muertas, el animal más antiguo, las ballenas congeladas que no nadan y sólo esperan flotando en mares que las expulsan a la superficie para explotar a la luz del sol, ellas poseen el lenguaje primario de arrastrar las cosas que no podemos nombrar.
Dios, hoy sólo pienso en arrastrar muerte, porque arrastro metáforas y las metáforas están muertas.
Hoy sólo tengo nombres para cosas muertas.
Un día olvidaré los nombres, a Firenze, y moriré sin palabras, porque nadie realmente muere hablando, sólo hablamos antes de morir, en el momento antes de morir nombramos las cosas sin nombre, las palabras pesadas, y se las dejamos a los hijos, y al otro siglo, y así morimos tristes y livianos.
«Lo escucho hablar», dice Salai interrumpiendo mis ideas.
«¿Cómo?». «Apoya tu frente en él y lo escucharás hablar».
Me río. Salai saca de su bolsillo un pequeño cincel, rompe un trocito del hielo y se lo mete a la boca.
«Si está vivo, esto le debió doler, ¿no?
», le digo. «No lo sé. Ya no habla más».
¿Qué decía? «g, n, s, g, n, s». «¿Y eso significa...
?». Salai se encoge de hombros y me deja mirar. «Trabajemos», dice.
Debemos llegar a Ognissanti antes de que el hielo pierda un metro de agua.
Si pierde un metro de agua no será recibido por los monjes.
Perdemos florines cada vez que el hielo se deshace.
En la iglesia lo medirán Los Humillados.
Una orden religiosa que nace en la Repubblica di Venezia, pero que posee este único claustro en Firenze; son reaccionarios, odian el materialismo, los privilegios clericales, y están en contra de la Oficina de la Noche, por lo cual mi padre los desprecia.
Creen en el retorno a una espiritualidad austera y una vida de agua, credos, higueras, madera, tiempo, aceite de oliva, leche.
Los Humillados esperan este trozo de hielo que beberán a sorbos los próximos meses, Los Humillados es, por sobre todo, un gran nombre, hay algo en él que me recuerda a mí y a Salai, pero no sé hacer la metáfora correcta.
Lo único que sé es que ese nombre incluye la más hermosa de las capacidades humanas, el declarar «estoy vencido, y más aún, humillado», por algo más grande, por aquel Dios que desea herirnos.
Hay un Dios que nos hiere, y eso me hace creer que existe lo contrario, otro Dios que nos arrastrará de la muerte un día, que nos arrastrará como arrastrando un gran trozo de hielo, y llegaremos vencidos y sin forma a un lugar tranquilo, entre olivos y zorros de montaña a vivir la vergüenza de envejecer sin dolor.
Es hermosa la vergüenza, si existiera más vergüenza en el mundo habría menos fanáticos, y menos muertos por fuego, si existiera más vergüenza habría menos luz.
Llegamos al claustro. Los Humillados nos reciben entre susurros, están cubiertos con capas de pieles opacas de cerdo.
Debajo de las pieles se esconden chicos de menos de veinte años, pero que parecen cercanos a morir.
Nos saludan persignando nuestras frentes.
Siento el olor a sudor de Salai. Salai se apoya en mi hombro.
Creo que ellos nos entienden. Eso de que podemos ser, de alguna manera, firenzers, pero como no hablan no puedo comprobarlo.
Nos dejan estar en la oscuridad de las catacumbas para descansar, nos dan agua, nos dejan trozos de carboncillo, también un vaso de vino, pintamos en los muros.
Salai pinta cosas horrorosas. Yo prefiero no hacer nada aterrador.
Ya todas las calaveras y cruces fueron pintadas.
Por eso me dedico a pintar girasoles. No tenemos el color amarillo, así que mis girasoles siempre son rojos y negros, lo que los vuelve tristes.
Salai se tiende en el suelo húmedo del claustro.
«¿Qué pintas?». Un campo de girasoles negros para Marco Aurelio.
«¿Quién es?». «Mi emperador favorito. Marco Aurelio amaba el sol.
Yo amo el sol. Aurelio quería hacer feliz a su madre.
Yo quiero hacer feliz a mi madre. Somos hombres simples.
Pinto girasoles saliendo del ombligo del emperador asesinado, y sobre su lecho de muerte un muérdago seco, su cuerpo rodeado de semillas de hinojo que dibujo con salpicones de vino.
Semillas para llevarlo al otro mundo, con una promesa de algo de amor».
«¿Qué dice abajo?». «Protégenos del futuro, Marco Aurelio».
« Hush ». Los Humillados nos piden guardar silencio.
Salai muerde la parte baja de su vestido y veo los músculos de su abdomen contraerse.
Mi cuadro no es digno de él, todo es muy detallado en mi cabeza, pero no en mis manos, porque tengo muy mal pulso y las cosas se me caen.
Mis pinturas son como las pinturas de un niño de cinco años, y no puedo explicarlas, porque sólo tengo la vocal A para comunicarnos con Salai dentro de esta iglesia con voto de silencio.
Me frustro en mi mediocridad, lloro arañando las paredes de la iglesia, que me perdonen los pintores que vinieron antes de mí.
La única verdad es que no deseo ser un firenzer, porque no deseo ser aterrador.
No hay nada que me rompa más el corazón que ser aterrador.
Necesito amor y es simple, y gatos, y reptiles, porque los gatos y reptiles te protegen de la muerte.
Los perros no. Los perros son los que te ladran a la entrada del otro mundo.
Tengo un sueño recurrente donde me despierto con dos grandes perros que me ladran y me asusto mucho, y grito e intento escapar no sé dónde, pero un perro me muerde en la boca y come mi lengua y otro mis pies, y me vuelvo un fantasma, despierto en mi cama bañado en saliva y sudor.
La humanidad se equivocó al confiar en los perros.
Hay gente que ama mucho a los perros y no dudaría en degollar aldeas completas.
He conocido amantes de perros que aman la palabra decapitar, estaca, cartílagos.
Y no está bien. Yo temo a los perros, y amo las flores, y a los hombres y el hielo que arrastran.
«Ven», dice en voz bajísima uno de Los Humillados.
Se cubre con una capa de piel de cerdo seca y nos mete arroz en los bolsillos.
Nos lleva de la mano a conocer el nuevo fresco pintado por Giotto.
Entramos alumbrados por pequeñas farolas encendidas con cera de abeja.
La luz en los vitrales es violeta, y de la nada oscurece y es de noche, es de noche.
A través de estos pasillos oscurísimos pierdo el tiempo, y de un momento a otro a Salai, Salai no está, no está para mí y recién estaba para mí.
La lámpara de cera de abeja gotea y veo las gotas en el suelo y no está, Salai no está, y todo es terriblemente oscuro y frío, pero frente a mí aparece, apenas, el fresco del Giotto, y no tengo palabras.
Los Humillados me dejan solo. Rezo, pongo las rodillas en el suelo, rezo, repito.
Salai reaparece entre la oscuridad. Tiene en sus manos los florines, se ríe de mí, de mis rodillas.
Se tiende en el suelo y mira el fresco, se pone las monedas en los ojos.
Yo me acerco. Huelo la grasa en su pelo.
La grasa detrás de sus orejas. Está tan vivo haciendo de muerto.
Me abraza y me aterro. Aterrado sobre él huelo su cara y las monedas entre nuestras mejillas.
Salai toma la moneda con su boca y la muerde como mordiendo un trozo de madera.
«¿Es posible una vida así?», le pregunto.
«¿Una vida justo antes del dolor?», le pregunto.
Salai sólo me mira y toma mi cara y me dice que necesita volver, que el profesor lo espera. Salimos a la luz.
Deseo que un día alguien me despierte sacando las monedas de mis ojos, y de mis bolsillos, y de mi boca, y que ese alguien sea Salai.
El cielo afuera es tan rojo y ni siquiera pide disculpas.
Qué triste morir sin ver el 1500. No ver el inicio de siglo.
Dios mío. Qué milagro de dolor, cuánta vida horrorosa, cuánta luz en la muerte, qué imaginación terrible, demasiado terror, demasiado milagro.
No encuentro mejores palabras para describir este fin de siglo.
Hoy es un pésimo momento para morir. Sólo tengo un secreto contra el horror.
Cada noche dejo un trozo de hielo en mi velador, y gotea, y algo que no es un fantasma ni un humano viene a beber de él, y con su lengua se lleva toda mi tristeza, en la mañana no queda nada de ella.