La oficina de la noche Fémur
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Fémur

FÉMUR

Un trozo de madera de naranjo es lo que se pone en la boca de los firenzers cuando reinciden en el sexo con otros hombres.

Es un trozo del diámetro de un dedo y la longitud de una mano.

Debe pertenecer específicamente a la parte central del tronco del naranjo, parte que no se hunde fácilmente, parte que resiste la mordedura humana.

Se sitúa detrás de los molares del acusado y uno de los Oficiales comienza a cortar.

Usualmente es un corte rectangular en la parte blanda de los muslos, o un corte circular entre la piel del ano, o una línea recta en los testículos.

Luego el pedazo de cuerpo es bañado en sal y expuesto a los ojos del acusado.

En el patio de la casa del profesor había un naranjo.

Un día Salai lo taló. Lo dividió en dos troncos de un metro.

Con él talló una cruz. Una cruz rosada y sin Cristo.

La madera estaba fresca, y su nariz y labios se pusieron rojos.

Me miró con esa cara y yo me derretí al verlo.

«Voy a morir», me dijo. A la noche tuvo fiebre, no sé si fue por el gesto pagano de eliminar el Cristo, o por aspirar el polvo de la madera nueva.

Él alucinaba. Yo pasaba un paño húmedo por su cabeza para que se durmiera y yo pudiera dormir a su lado, una vez más, más de una vez, porque el tiempo nunca es mucho, nunca.

Salai a menudo tenía miedo de que yo lo dejara.

Le dije que no lo dejaría. Que ni por un momento pensaría en dejarlo.

Que mi amor lo sentía como un coliseo, más que un coliseo, como la gente saltando dentro de un coliseo, mientras los hombres eran atravesados en canal, eso era mi corazón.

A la mañana siguiente despertó antes del sol y me dijo «mira lo que he hecho, mira lo que he hecho».

En la cruz había pegado sus vellos púbicos.

No como algo profano, al menos no lo sentí así, sino como una protección, una promesa contra el fuego.

«Si un día te tienes que poner este trozo de madera en la boca piensa que es mi fémur, que muerdes mi fémur, y así estaré contigo».

Luego me miró con esa mirada, esa mirada de siempre justo antes de contarme algo horroroso.

Y uno de sus ojos se volvió azul, y el otro verde.

«Había una vez un joven toscano llamado Pacchierotto.

Un día Pacchierotto fue arrestado por amar hombres y fue torturado, y descendió a los infiernos, y del dolor confesó extraordinarias inmundicias.

Fue condenado y se le colocó un trozo de roble muy grande en la cabeza.

Fue azotado alrededor de la Piazza de la Signoria.

Frente al león recibió doce latigazos. Luego lo llevaron al centro del Mercato Nuovo, donde recibió otros doce.

Desde ahí fue a la calle Tra’ Pellicciai, donde había sido sorprendido varias veces en semejantes actos, y ahí recibió otros doce.

Finalmente fue conducido a la Stinche, donde fue confinado de por vida.

En aquella cárcel había en su mayoría sodomitas, pero también ladrones, prostitutas y blasfemos.

Todos esperaban alegremente a Pacchierotto.

A su llegada lo hicieron capitán, le pusieron colas de zorros en la frente.

Y cantaron y bebieron hasta olvidar la carne molida de sus cuerpos.

Lo sentaron en la cabecera de la mesa. Pacchierotto lloró por las marcas de los metales en su cuerpo, pero viendo entre aquellos hombres a algunos con la frente marcada, hundida, algunos sin orejas, sin ojos, encontró, extrañamente, consuelo.

Y así vivió, honorablemente, en aquel lugar durante varios años, hasta el día de su muerte».

Salai me miró, como esperando que dijera algo, pero yo no dije nada.

Entonces tocó mis cabellos y abrió mi boca con su boca.

Ya no había catástrofe. Yo guardo ese trozo de madera de naranjo en mi velador, dentro de un pañuelo.

Si un día llegan a mi casa, tengo aquel trozo que Salai moldeó para mí, y sólo para mí, y ese día lo pondré en mi boca, y mis dientes apretarán la madera como mordiendo su fémur, y nunca más habrá dolor para mí, ni para nadie.