Oficiales de la noche #3
Cuando mi padre comenzó a trabajar en la Oficina de la Noche, Salai se alejó.
La primera advertencia fue cuando el profesor, su amante, fue despedido como enseñante, por la orden de alejamiento de menores de edad, por sospecha de ser un sodomita.
Desde aquel momento Salai tuvo, con razón, miedo.
Más que miedo, terror a que yo pudiera confirmar la paranoia pública de que efectivamente era un firenzer.
«Nunca serás un firenzer», me dijo mi madre una noche mientras machacaba testículos de cerdo.
«¿Y sabes otra cosa? No hay nada mejor para la infertilidad masculina que los testículos de cerdo.
Hay que dejarlos secar primero. Después se muelen hasta que se vuelven polvo, como la pimienta, de ese color, y se mezclan con vino para tener un mejor sabor».
No sé a qué iba con lo de los testículos.
Pero tenía razón. Nunca seré un firenzer.
Nunca seré un quemado. Moriré en mi cama, con mi cuerpo frío por la muerte, y no ardiendo.
Le rezo cada día a Dios para morir de frío.
Le rezo en voz baja para que mi padre no escuche lo que rezo, pero lo suficiente como para hacerlo real.
Vivir en el fin de siglo es sacrificar tener a alguien a mi lado, en orden de sobrevivir.
A alguien que me dé su mano, en el terror, en el terror una mano, eso es el amor, yo lo sacrifico por sobrevivir, como la mayoría en este siglo.
Mi padre caza firenzers. Yo trabajo en el hinojo.
Todos los hijos de la Oficina de la Noche trabajamos en el hinojo.
Los firenzers nos huelen, se alejan de nosotros.
Trabajo en el hinojo y es simple, y un poco irónico, pues el hinojo por un lado significa la planta misma, por otro, el modo más popular de nombrar a los sodomitas en nuestra república.
En otras palabras, los firenzers son una raíz.
La última vez que vi a Salai fue en el invierno de 1498.
Lo vi en una feria de Sant’Arcangelo. Se acercó entre los vendedores de olivas, había tantas.
Y abrió mi mano y metió su nariz en ella.
Para comprobar si yo era efectivamente lo que el mundo decía, un lanzador de semillas de hinojo.
Salai arrastró su nariz por mi mano como inhalando mis líneas de vida.
Abriendo su boca rosada con mi índice, sentí, quizás, lo que era su lengua, respiró entre mis dedos y me dijo «perdón, perdón, perdón, pero no puedo».
Y no lo vi más hasta hoy. Pero aún no olvido eso de ser un hombre del 1600.
Ser un hombre, tener veinte años. Un hombre nuevo de una ciudad sin luz, sin hogueras, sin santos ni iluminaciones.
¿Qué habrá en vez de hogueras, Salai? ¿Qué iluminará al público en las plazas?
¿Cómo nombrarán a los firenzers en el nuevo siglo?
¿Cabras, hinojos, semillas de azafrán, dientes de perro?
No. Me confundo, miento. Esa no fue la última vez que vi a Salai.
La última vez, recuerdo, ya estaba sin cejas, desde que la Oficina de la Noche le deformó la cara con metal.
Fue a inicios de año en Piazza Santa Croce.
Yo salía del trabajo. Su amante, el profesor, ya no enseñaba, y la puerta de ambos estaba marcada con pintura que buscaba imitar sangre de cordero, con el mensaje FUORIFUORI FIRENZERFIRENZER.
La Oficina ya sabía que ambos eran firenzers, y sólo estaban tramitando su juicio, teniendo en cuenta las reincidencias de sus conductas sodomitas.
Salai me tomó los codos en las escaleras de Santa Croce.
Recuerdo a los florentinos mirando nuestros brazos.
Salai abrió nuevamente las palmas húmedas de mis manos, esta vez sin miedo, y con sus dedos sacó las semillas de hinojo que tenía pegadas con sudor, y puso una en su boca, y la tragó, como tragando un árbol futuro, árbol ignífugo, árbol que arde en fuego azul, luz que no es fuego, y así, lentamente, Salai guardó las otras semillas en su bolsillo al lado contrario de su corazón.
—No.
—¿No qué?
—Tus manos sudan.
—¿Y?
—No.
—¿No qué?
—No tienes por qué temer a estos hombres del siglo, acuérdate.
—¿No?
—Dile a tus manos de no protegerse del futuro.
Dijo y secó el sudor de mis manos en su pelo, su pelo fue lo primero en prender fuego.
Es un día extraño este, es un día extraño.
El siglo está acabando, Salai está muerto, las semillas no tienen sentido.
Faltan unos días para el 1500. Morir en diciembre debiese ser penado con la hoguera.
Es invierno. Ayer intenté tener fiebre. Luego de saber el veredicto de Salai me lancé al Arno.
Nadé en círculos hasta que alguien me vio, y comenzó a gritar, y yo respondí gritando que soy un perro, un perro que busca el último trozo de hielo en Firenze.
El hombre creyó que estaba borracho y me dejó solo.
Nadé a la orilla, me tumbé sobre un trozo de madera.
Luego crucé la ciudad con el cuerpo mojado.
Mi padre me quitó la ropa. Mi madre me besó en la frente para medir mi temperatura, me acostó.
Me levanté y me vestí nuevamente con esa ropa.
Amanecí con esa ropa. Dios, no amo a los hombres, sólo me duele verlos arder.
Quizás sea una frase obvia para alguien del 1600, pero hoy no.
Y pienso todo esto mientras estos hombres se apagan, y anochece, y la ciudad entera se apaga con ellos, me arrodillo, lento, y meto mi mano en las cenizas, como midiendo la temperatura de un mar.