Oficiales de la noche #2
Fue nueve años atrás, en el verano de 1490, afuera de la carnicería en Porta San Frediano, yo le sonreí, él vio los huecos que dejaron mis dientes de leche que nunca volvieron, sonrió y yo recibí sus palabras como una primera comunión.
Yo tenía carne y leche en mis manos, él carne robada en sus bolsillos, goteando.
Nos vimos al día siguiente y al próximo.
Nos encontrábamos afuera de la carnicería .
Recuerdo el olor a carne nueva. La carne nueva y él, y los perros que ladraban a los cerdos colgados en los ganchos.
Caminábamos, sólo eso hacíamos, yo tomaba agua de sus manos.
Él robaba manzanas y las lavaba para mí, su forma de lavar las manzanas era su forma del amor, era la forma del amor.
Y sus clavículas, al segundo día vi sus clavículas y pensé que eran la parte que Dios moldeó para su cuerpo solo, para su cuerpo solo y para nadie más, la parte primaria antes de la costilla.
Al tercer día, creo, le pregunté su nombre real.
«Salai, me llamo Salai», me repitió.
Salai llenaba sus clavículas de azafrán, anís, nardo, casia, sal, flor de junco redondo, jengibre, mirra, gotas de amapola, gálbano, tratando de imitar un viejo remedio que según él nos salvaría de la peste, y de la muerte.
«Jala», me decía y yo jalaba de su hueso primario, y así fue como caí en él.
«Andrómaco el Viejo, el doctor de Nerón, pensó que, si reemplazaba la carne de lagarto por carne de víbora, crearía el mejor antídoto del mundo.
Así nace esto», decía machacando las raíces en su clavícula.
«Se llama theriaca andromachi . Para prepararla necesitas cuarenta días y tiene sesenta y cinco ingredientes, de los cuales tengo diez.
Antes del fin de siglo tendré otros cincuenta.
Y te salvaré de la muerte, y nos salvaré de la muerte».
Y así pasamos días y noches en la campaña de Firenze, buscando ingredientes de reyes, y magos, y dientes de bestias, y luego dormimos exhaustos en los techos de la limonaia .
Un día, un día bueno me llevó a su palazzo .
Aquel palazzo era en un altillo de Piazza Santo Spirito, de unos setenta pequeños escalones de piedra, y una puerta de roble con la inscripción: brONTENbrONTEN, ASTRAPENASTRAPEN, CERAUNOBOLIANCERAUNOBOLIAN.
El piso tenía un largo pasillo oscuro con dos habitaciones también oscuras.
Era verano. Firenze en verano es protegerse de la luz, de toda luz.
Recuerdo el olor a pintura, aceite, vino.
Me dijo que ahí vivía con un profesor, que su padre había muerto vomitando sus pulmones, que era feliz desde que murió su padre.
«¿Quieres la muerte del tuyo?», me preguntó, para luego contarme que su madre despertó un día con la certeza de escapar con sus hermanos a la Repubblica di Venezia, luego de que degollaran unos corderos de la iglesia de Ognissanti y fueran condenados por herejía.
Yo miraba a Salai como escuchando al mejor de los mentirosos, él sólo miraba mis dibujos mal ejecutados, él hacía las preguntas, y yo respondía.
—¿Qué son esos?
—Son pájaros.
—No son pájaros, son hombres. Prueba a dibujar hombres con alas.
Y así lo hice al día siguiente, y al siguiente, y fue bueno, y aterrador, como masturbarse en Ponte Vecchio antes de la salida del sol, justo antes.
Solíamos hablar de hombres con plumas que sobrevolaban ciudades esquivando flechas de otros hombres, solíamos hablar.
Comenzamos a buscar trabajo para ganar más florines y así poder viajar y encontrar los ingredientes restantes para hacer su poción contra la peste, contra el terror del mundo, contra el mundo, contra la muerte.
No queríamos morir. Conseguimos un trabajo moviendo trozos de hielo por la ciudad.
Trozos que llegaban desde el puerto de Livorno.
Y luego eran transportados hasta Firenze entre carretas llenas de paja.
Al llegar los recibíamos y los transportábamos por los callejones donde no entraban las carretas ni caballos, hasta las iglesias y claustros, para abastecer de agua a los monjes.
Era un trabajo hermoso y triste, porque el verano, tal como el hielo, acababa.
Porque se me congelaban las manos y él orinaba en ellas, no era algo de invertidos, era un gesto de luz, porque él estaba a mi lado izquierdo vivo, y ya no está a mi lado izquierdo, sino al frente, muerto, Salai.
Hace dos meses la Oficina de la Noche lo encontró a las cuatro y veinte de la mañana en la cama de un firenzer , el profesor, en una casa frente a Ponte la Vittoria.
Abrieron la puerta con una estaca metálica.
Alguien anónimamente los había denunciado a ambos.
Pero cuando llegaron Salai estaba solo,durmiendo con dos libros entre sus muslos.
Esta fue la primera prueba. La separación entre las piernas.
La denuncia contaba también que se enviaban cartas de amor con vello púbico adherido, cartas que jamás encontraron.
Salai era pelirrojo, rizos rojos, cejas, vello púbico.
Cuando entraron a la habitación calentaron la estaca metálica en la chimenea y le borraron ambas cejas y ambas tetillas con el metal; no hay moraleja en lo anterior.
El profesor era un florentino que pintaba mediocremente y enseñaba historia del arte en la Universitas Scholarium, en Bologna.
Hacía clases a boloñeses jóvenes y tenía en su posesión pinturas con alta carga sodomita, según la Oficina de la Noche.
Pintaba hombres dormidos, y cuando alguien se fascina por los cuerpos dormidos hay altas posibilidades que sea un firenzer.
Todos los cuadros eran protagonizados por pelirrojos.
Esa fue la prueba principal. El día que entraron a la azotea en busca de pruebas, encontraron al profesor semidesnudo con la parte superior del torso manchada de negro.
Temblaba presionando sus manos contra su frente.
La Oficina de la Noche abrió sus manos y encontró entre ellas un trozo de carboncillo del tamaño de un pájaro.
El profesor había reemplazado el color rojo de todos los hombres en sus cuadros por negro.
Todos sus hombres, que eran uno solo, un solo pelirrojo, eran ahora un coro de hombres de cabellos oscuros marcados por fuertes trazos de carbón.
«No puedo creer, los he perdido a todos», repetía como rezando.
La Oficina de la Noche rio y archivó esta anécdota que, aunque metafóricamente interesante, no constituía de por sí prueba suficiente para su acusación.
Fue de hecho en su cocina donde dos semanas después encontraron la prueba que condenó a ambos a la pira.
Bajo el baúl en el cual el profesor conservaba carne bañada en sal gruesa, descubrieron tres litros de sulfato de azufre, materia prima utilizada para recrear el color exacto del cabello de su amante: Rojo Óxido.
Los pelirrojos nunca te alejan de las cosas que te matan.
Te las acercan. Creo profundamente que es una señal de respeto extirpar tus pelos si tienes los pelos genitales rojos.
El otro día mi padre me llevó a una casa de mujeres.
No amo a las mujeres, pero entro en ellas sin pudor.
Acabo adentro. En los hombres acabo afuera.
Mi padre me llevó a esta casa de mujeres y caí ahí, de rodillas, frente al sexo rojo de una.
Ella acercó mi cabeza, gentilmente, desde la nuca.
Antes de lamerla me persigné. «Qué mierda haces, esto no es una iglesia», me dijo, y yo pedí perdón diciendo que tenía algo en la frente, y no me creyó, pero aun así me presionó contra ella.
Siempre me persigno ante los genitales rojos.
Son una puerta a otro mundo, uno más violento, con balidos de cabras, savia blanca, y yo que soy un hijo del fin de siglo, me aterro.
Lo único que no me aterraba en el mundo era Salai, nada en él era catástrofe.
Quizás Salai no era catastrófico porque era valiente, y yo soy cobarde .
Y está bien ese orden de mundo. Quizás debo entender que valiente y hermoso no son sinónimos.
Soy un camaleón. Si alguien hermoso me dice algo me vuelvo hermoso.
La fealdad es un pecado. Es simple, soy simple, tal como Salai es sólo clavículas, yo soy sólo simple.
Salai siempre inhaló triaca de mis clavículas, yo nunca inhalé, sólo lo vi hacerlo, inhalar triaca de mis articulaciones, y luego dibujar escenas de cazas, trompetas de oro, corderos sin pieles, mujeres cubiertas con pieles de ciervos.