La oficina de la noche
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Oficiales de la noche
OFICIALES DE LA NOCHE
República de Firenze, Piazza Santa Croce ,
Él declara el alfabeto al frente mío. A veces se equivoca.
Es la cuarta vez que lo hace desde que lo encendieron.
Acaba de saltarse la g, la n, la s. Pero yo lo comprendo, a él y su alfabeto, siempre lo he hecho.
Sus labios se pegan en la m. Espero con él.
La gente espera con él, como aguardando el coro de una canción muerta.
Abre nuevamente los labios y alcanza la o.
Me mira. Sonríe como rezando, pero sólo está muriendo.
Su cuerpo se desinfla en una larga s. El oxígeno de la consonante es suficiente para alimentar la llama que abre su garganta en canal.
La llama es azul. Su carne blanca. El chico es hermoso.
Uno de los Oficiales de la Noche toma un gancho de cobre y agita la parte inferior de su mandíbula para mejorar la combustión.
Caen sus dientes de abajo. Otro de los Oficiales se encarga de alejar a los perros que se acercan a la carne.
Uno de los perros come los dientes. Yo lo miro.
Al chico que fue hermoso. Que ya no es el chico, sino algo sin sonido, rodeado de luz.
Cae su lengua y se quema su corazón. El chico deja de hablar y ya nada en el mundo parece hablarme. Fin.
Las descripciones sobre gente quemada se parecen mucho a las metáforas, pero esto no es un libro, es un hombre, un chico.
El chico está desnudo, de pie y no me mira.
Mira hacia arriba con los ojos amarillos.
Hace unos minutos vestía unos guantes de cuero.
Los guantes son ahora parte suya, de sus manos, de sus uñas, están pegados a él como un segundo pelaje carbonizado.
En su cuello colgaba una cruz de plata cortada.
En otras palabras, el chico tenía una línea vertical de plata colgando en su clavícula.
Con el calor se fundió sobre su abdomen y gotea pequeños puntos brillantes sobre sus pies.
Por primera vez mi cara es iluminada por la luz suya, la luz que sale de sus ojos y boca.
En mi mano izquierda tengo un puñado de semillas de hinojo, cedro, salvia y espero, hasta que acabe el sonido.
Una vez que los gritos terminan debo esperar quince segundos más.
Estamos en la Piazza di Santa Croce, son las seis y veinte de la tarde y acabó el sonido.
Aún quedan reflejos musculares, algunas vocales sueltas.
En ocasiones he escuchado palabras enteras, nunca frases, palabras sí.
El otro día un hombre dijo cucciolo . No acabó gritando, acabó diciendo cucciolo, cucciolo .
Pasan los quince segundos. Se acabó el sonido.
Estos segundos son los de mayor incomodidad para el público.
Cuando el cuerpo al frente cede y suelta todo.
El olor a carne se une a la mierda. La mierda humana a la mierda animal y al pelo quemado del perro demasiado cerca del fuego.
Es olor a fémur de perro. Al menos así lo describo yo.
Que he olido un fémur de perro, yo, que gracias a mi padre médico sé lo que es un fémur, y que gracias a Dios no soy ni escritor, ni pintor, ni un firenzer, sino un anulador de olores.
«Este es tu momento», me dice mi padre, y yo lanzo el puñado de semillas sobre el cuerpo del chico.
La sombra de las semillas se refleja sobre las caras del público, caen sobre la piel azul del chico y chispean en su cráneo hasta apagarse.
El chico no está solo. Al lado suyo hay otro hombre.
Un hombre gordo de unos treinta años. Este hombre, a diferencia del chico, chorrea grasa y cartílago amarillo sobre la estaca.
Su lengua y sus labios gotean también. Yo lo conocía.
Era un profesor. Pero no es el momento de hablar de él.
Porque esto no va sobre tortura. Esto va sobre hombres, y más allá de los hombres, sobre el terror, y más allá del terror, sobre cómo asediamos cosas aterradoras para sobrevivir un poco.
Tampoco es sobre el fuego, es sobre las cosas alrededor de él, las cosas que nos salvan de quemarnos, la voz que nos advierte la quemadura, que es otra forma de decir, la voz de la persona que te ama.
Lanzo el hinojo restante al fuego y el olor comienza a retroceder como una neblina rosa .
Digo rosa porque es un color que no existe en este siglo, pero sé que existirá en el próximo.
Porque lo he visto. Porque el chico me lo mostró en su palazzo .
En el siglo próximo el rojo no será tan fuerte, será rosa .
La neblina rosa se retira y con ella el público retira los pañuelos de sus narices.
Sus bocas están inmóviles como si tuvieran un pedazo de pan entre los labios.
Hace un minuto no paraban de hablar. Cuando el público deja de oler, la carne enmudece.
Como si el cuerpo sólo fuera humano mientras huele, y luego no fuese más que un árbol quemado, con las ramas en forma de brazos.
Soy un maquillador de carne roja, un director de teatro toscano, chico ceniza, llámenme como quieran, menos firenzer.
Algunas semillas siguen pegadas en la palma de mi mano.
Está sudada, pero no es miedo, es sólo calor.
Siempre debo explicarle eso a mi padre. Mi padre trabaja en la Noche.
Él me dice « tranquillo figlio mio » . Me dice que es normal sudar frente a la muerte, que él también lo hace.
Luego me besa en las dos mejillas, como los padres toscanos besan a los hijos, y regresa a la noche.
Llámenme L. Soy un hombre de mi siglo. Recién el martes dejé de ser niño.
Tengo dieciséis años. Soy un artista de la supervivencia.
Recito el Génesis en latín. Orino sentado.
Lo que pienso lo escribo en vulgar, para que mi madre no lo entienda, para que no rece por mí.
El 1400 está tan bien, porque el 1300 fue peor.
Antes todos deseábamos la muerte, y hoy todos nos deseamos la muerte.
Es parecido pero muy distinto. Nadie está mejor que el otro, todos vivimos en la mierda.
Sólo tenemos más escritores que escriben sobre la mierda.
Vivir consiste en no ser cazado de noche.
Vivimos en Piazza Santo Spirito, en el primer piso de una casa frente a la iglesia.
La puerta tiene una rama de olivo de bronce invertida que indica que mi padre trabaja en la Oficina de la Noche.
La semana pasada encontré a mi madre con una rama de salvia dentro de ella.
Había sido penetrada en la ribera del río Arno por tres hombres.
La encontré en el piso de la cocina, al lado de unos dientes de ajo, espinas de peces y agua café.
Es la segunda vez este año que sucede. La veo desde la puerta.
Me dice que cierre la puerta. Cierro la puerta y me voy a Ponte Vecchio.
Tengo náuseas por la escena pero aun así camino y sonrío al mismo tiempo.
Saludo a los orfebres que trabajan el metal en el puente.
Me cuelo por una de sus ventanas hacia la ribera.
Lavo mi cuello en el río. Cierro los ojos.
Cierro los ojos e imagino a esos tres hombres entrando en mí, y no en ella.
Imagino que me toman del pelo. Imagino que tengo el pelo de mi madre, que me hablan en vulgar, que me ladran.
Eyaculo sobre los remos de un bote. Abro los ojos.
Lavo mis manos. Regreso a casa. Mi padre sale a buscar a los tres hombres pero no encuentra a nadie.
Mi padre nunca encuentra a nadie. Mi padre regresa con las manos vacías, sin cazar nada.
Dice que ella tiene sexo con fantasmas. Mi madre deja la rama con sangre y semen en la puerta colgada hacia abajo.
En algún momento la quemará porque siempre lo hace.
«Te escuché en el jardín, tenía miedo, porque estaba desnudo, por eso me escondí».
Así comienza la tercera parte del Génesis, así es la relación con mi padre.
Mi padre está a mi izquierda. Me acerco a las estacas aún encendidas.
El público me felicita. «Es teatro», me dicen, «es mejor que el teatro», me dicen, «bravo», y me tocan los bolsillos como intentando palpar el truco de magia que es hacer desaparecer un cuerpo en el fuego.
Hay niños celebrando. Los niños aman la muerte y la muerte es como los perros, hace feliz a los niños.
No imagino un futuro sin perros y sin estacas, no hay un futuro con otra luz.
No hay. Lo único que pido, público, de corazón, es que no me mientan diciendo «deseamos el nuevo siglo», cuando lo único que desean es el 1300 de nuevo.
Declaran su deseo de un siglo nuevo cuando sus ojos se iluminan con el fuego y el cuerpo dentro de él, como los animales cuando cazan, como los santos ante la revelación, como yo frente al chico, antes.
Las estacas están casi apagadas. El público comienza a abandonar la plaza.
Quedo solo en el momento antes de que oscurezca, cuando Firenze es más oscura, cuando nadie ha encendido aún las farolas, y el cielo es rojo, y luego negro, como los cuerpos frente a mí.
Firenze copia a los cuerpos, Firenze copia a la muerte.
Toda la ciudad es el chico. El público abandona la plaza y ahora soy sólo yo y los perros.
Le abro la mandíbula a uno, le saco los dientes.
Me guardo un par en el bolsillo. El perro se va.
Todos los perros se van. Ahora, ya solo, con cuidado, como en la mañana después de una borrachera, bebiendo pequeños sorbos de agua, de a poco, comienzo a recordar.
Él me conoció. No digo «yo lo conocí a él» .
Porque él se apareció frente a mí, se disparó hacia mí, y me dijo algo tan hermoso que me mareó.
—Pareces un hombre del 1500.