XIII · Penélope · El remo
Nadie me dice que vuelva a casa. Lo espero.
Espero que Laertes proteste, que Telémaco me mire con esa dureza nueva y me mande a mis labores, que Eumeo se escandalice.
Espero sobre todo que él me agarre de la muñeca como anoche y me diga que una mujer no tiene sitio en una batalla.
Tengo preparada la respuesta. La he ido puliendo durante toda la subida por el camino del monte, piedra a piedra.
Él no dice nada. Me mira un largo rato, con el yelmo bajo el brazo. Luego alarga la mano y me recoge un mechón de pelo que se me ha escapado sobre la frente y me lo pone detrás de la oreja.
—Quédate detrás de mí —dice—. No por ti. Por mí. No sabría luchar viéndote.
Es la primera cosa que me pide en veinte años. Le digo que sí.
Salimos al camino cuando el sol empieza a caer.
Somos trece. Un viejo que apenas se tiene en pie dentro de una armadura que le baila en los hombros.
Un muchacho de veinte años. Dos pastores.
Un anciano con sus seis hijos. Una mujer con un cuchillo de hueso.
Y él, delante, con la lanza al hombro y el escudo de piel de buey, caminando sin prisa, como se camina hacia una cita que uno lleva mucho tiempo esperando.
Los vemos llegar desde el recodo del olivar.
Son más de lo que Médonte dijo. Doscientos, quizá.
Hombres de la ciudad y de los campos, pescadores con arpones, campesinos con horcas, nobles con armaduras de bronce que no se han puesto en veinte años.
Vienen en desorden, sin formación, gritando.
Levantan tanto polvo que el sol se vuelve rojo detrás de ellos.
Delante de todos camina Eupites.
Lo reconozco enseguida. Es igual que su hijo, veinte años más viejo.
El mismo cuerpo largo y estrecho, las mismas manos blancas.
Pero la cara no se parece. La cara de Antínoo era la de un muchacho hermoso que disfrutaba del miedo ajeno.
La de su padre es la de un hombre al que le han arrancado algo del pecho con las manos.
Se detienen a cincuenta pasos. Eupites avanza solo.
Mira a mi marido. Lo mira mucho rato, de arriba abajo, como se mira a un animal que se ha visto de lejos durante años y por fin se tiene delante. Luego me ve a mí, detrás de su hombro, y le cambia la cara.
—¿Tú también, reina? —dice—. ¿Tú también vienes a ver cómo matan a los padres después de matar a los hijos?
Doy un paso adelante antes de que Odiseo pueda impedirlo. Siento su mano rozarme el brazo y no detenerme.
—Tu hijo quiso matar al mío —le digo—. Lo esperó cinco días en el estrecho de Ásteris con veinte hombres y un barco rápido.
Mandó fabricar un broche falso con un molde robado de mi arcón para hacerme creer que mi marido se había ahogado.
Subió a mi habitación de noche y me ofreció la vida de mi hijo a cambio de mi cama.
Meto la mano bajo el manto. Saco el broche de oro. El perro, el cervatillo, el reverso liso. Se lo arrojo a los pies. Cae en el polvo del camino y queda boca arriba, brillando al sol de la tarde.
—Ahí tienes la última obra de tu hijo, Eupites.
El viejo mira el broche. No se agacha a recogerlo. Levanta los ojos hacia mí y en ellos no hay vergüenza ni duda. Hay una pena tan grande que no deja sitio para nada más.
—Era mi hijo —dice.
Y entiendo que no hay nada que pueda decirle.
Que podría contarle cada una de las noches de estos tres años, cada amenaza, cada puerta reventada, y a él le daría lo mismo.
A mí también me habría dado lo mismo si hubiera sido Telémaco el que estuviera tumbado bajo una manta en el pórtico.
Era su hijo. Eso es todo. Eso es suficiente para que un hombre se ponga una armadura que no le cabe y camine hacia la muerte.
Retrocedo. Me pongo otra vez detrás de mi marido.
Eupites levanta la lanza.
No llega a lanzarla. Laertes, a mi lado, el viejo que dormía en la ceniza con los esclavos y se dejaba morir de pena entre las viñas, reza en voz baja a la hija de Zeus. Luego blande su lanza. La arroja.
Le entra a Eupites por el yelmo, por la carrillera de bronce, y la atraviesa como si fuera cera. Eupites cae con estrépito. Las armas le resuenan encima.
Y el mundo se rompe.
Mi marido y mi hijo se lanzan contra los que van en cabeza.
Los hieren con las espadas, con las lanzas de doble filo.
Oigo el ruido del bronce, los gritos, los cuerpos que caen.
Veo a Telémaco derribar a un hombre que podría ser su abuelo.
Veo a Dolio y a sus hijos avanzar en bloque como una ola, con los dientes apretados. Veo a Eumeo sangrando por la frente.
Y lo veo a él.
Veo a mi marido avanzar entre los hombres de su isla como un águila que se lanza desde lo alto sobre una bandada de palomas.
No se detiene. No duda. Cada golpe mata.
Los hombres de Ítaca retroceden ante él, tropiezan, huyen, y él los persigue con un grito que no parece humano, un grito que he oído esta misma mañana a través de la madera de una puerta, y comprendo que no va a parar.
Que no sabe parar. Que va a matarlos a todos, a los doscientos, a todos los padres y hermanos y primos de Ítaca, y luego volverá a casa y se sentará junto al fuego con la sangre seca en las uñas, y yo se la lavaré, y no quedará nadie en la isla salvo nosotros.
Corro.
No sé cómo lo hago. Esquivo a un hombre que cae.
Salto por encima de otro. Siento un filo de bronce rozarme la manga y no me detengo.
Llego hasta él justo cuando levanta la espada sobre un muchacho de catorce años tirado en el polvo, un chiquillo con un arpón de pesca en la mano y la cara llena de mocos y de lágrimas.
Le agarro el brazo.
Con las dos manos. Con todo mi cuerpo. Me cuelgo de su brazo como se cuelga uno de una rama sobre un precipicio, y el cuchillo de hueso se me cae al suelo, y él se vuelve con la espada todavía en alto y los ojos en blanco, sin reconocerme, y por un instante, un instante largo como la vida, sé que va a golpearme.
—Basta —le digo.
No lo grito. Lo digo en voz baja. Como él dijo mi nombre anoche junto a la palangana.
Se queda inmóvil.
Y en el cielo limpio, sin una nube, truena.
Un trueno como no he oído nunca, que rueda desde el monte Nérito y parece partir la tierra.
Los caballos relinchan. Los hombres sueltan las armas.
Algunos caen de rodillas. Y en el silencio que viene después, un silencio espeso como la lana, oigo una voz.
No sé de quién es. Parece la del viejo Mentor, el amigo de mi marido, y parece la de una mujer, y parece que sale de todas partes a la vez.
—Deteneos, hombres de Ítaca. Dejad la guerra. Separaos sin más sangre.
Los aedos dirán que fue Atenea. Que la diosa bajó del Olimpo con la égida y detuvo la batalla. Que Zeus arrojó un rayo a los pies de su hija para ordenar a Odiseo que se contuviera.
Quizá. No lo sé.
Lo que sé es que él baja la espada despacio. Que me mira. Que me reconoce. Que tiene la cara salpicada de sangre y los ojos llenos de algo que se parece al terror. Y que no ha bajado la espada cuando sonó el trueno. La bajó un instante antes. Cuando yo le dije basta.
Lo sé porque estaba colgada de su brazo. Lo sentí ceder.
Se hace la paz esa misma tarde, allí, en el camino, entre los cuerpos.
Los ancianos de la ciudad y Mentor y los hombres que quedan en pie juran sobre la sangre de un carnero.
Habrá olvido para las muertes. Habrá compensación para las familias, en bronce y en ganado.
Odiseo será rey de Ítaca mientras viva, y después de él su hijo.
Y nadie volverá a nombrar lo que pasó en la sala del palacio en el día de la fiesta de Apolo.
Todos saben que no es posible. Todos juran de todos modos.
Cuando los hombres de la ciudad recogen a sus muertos y se van, me agacho en el camino y recojo del polvo el cuchillo de hueso. Y a su lado, el broche.
Dolio está sentado en una piedra junto al olivar. Solo. Sus hijos lo esperan un poco más allá, sin atreverse a acercarse. Tiene las manos en las rodillas y mira el suelo.
Me acerco. Me siento a su lado.
No me mira. Tarda mucho en hablar.
—Me lo dijo Eumeo —dice al fin—. Esta mañana. Antes de salir. Lo de los dos. Lo del chico en el patio y lo de ella en la rotonda. Me dijo que era mejor que lo supiera antes de ponerme la armadura.
No digo nada.
—Ella. ¿Llamó a alguien? —pregunta—. Al final. ¿Llamó a alguien?
Podría mentir. Podría decirle que llamó a su madre, o a él, o a ningún nombre. Nadie lo sabría nunca. He mentido a hombres mucho más astutos que este viejo que cría cerdos en la finca del monte.
—Me llamó a mí —le digo—. A través de mi puerta. Y yo no le abrí.
Dolio cierra los ojos. Se queda así mucho rato, con la cara vuelta hacia el sol poniente. Luego se levanta. Se sacude el polvo de las rodillas.
—Gracias, señora —dice—. Por no mentirme.
Y se va con sus hijos por el camino del monte, sin volverse. No me perdona. No me lo pide. Tampoco yo se lo pido a él.
Esa noche quemo el sudario de Laertes.
Lo descuelgo yo misma del telar, en la sala grande, delante de todos, y lo llevo al patio y lo echo al fuego.
La lana arde mal, con un humo negro que huele a oveja quemada.
Tres años de trabajo se consumen en un momento.
Tres inviernos de tejer de día y destejer de noche.
Laertes lo mira arder sentado junto a su hijo, con una copa de vino en la mano, y se echa a reír como no se reía, dice Euriclea, desde antes de que naciera Odiseo.
—Tendrás que tejerme otro —dice el viejo—. Dentro de veinte años.
—Dentro de veinte años —le digo— lo haré de un tirón. Sin deshacer nada.
Él se queda un mes.