XIII · Penélope · El remo #2
Un mes de noches largas en la cama del olivo y días cortos en los que casi no nos vemos.
Recorre la isla. Visita a los ancianos, a las familias de los muertos, a los pastores de los montes.
Cuenta los rebaños que quedan. Reparte el bronce de las compensaciones.
Manda a Telémaco a Pilos y a Esparta en misiones que no me explica.
Duerme poco. A veces, de madrugada, lo encuentro sentado en el borde de la cama, desnudo, con los pies en el suelo, mirando la ventana. Nunca le pregunto en qué piensa. Lo sé.
Piensa en el mar.
La última noche me lo dice.
—Mañana —dice.
Estoy de espaldas a él, peinándome frente al espejo de bronce. No me vuelvo.
—Tiresias me lo dijo —sigue—. Tierra adentro.
Con un remo al hombro. Hasta encontrar a unos hombres que no sepan qué es el mar, que no coman la comida con sal.
Y cuando alguien me pregunte por qué llevo una pala de aventar al hombro, clavaré el remo en la tierra y haré sacrificio a Poseidón.
Solo así se acabará su ira. Solo así podré morir en paz, viejo, en mi casa.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Meses. Quizá un año.
Dejo el peine sobre la mesa. Abro el arcón de cedro que he mandado bajar a la alcoba. Saco el cuchillo de hueso. Y saco el broche falso, el que Eupites no quiso recoger del polvo del camino.
Me siento en el borde de la cama, junto a él. Le doy la vuelta al broche. Con la punta del cuchillo, muy despacio, rayo en el oro blando del reverso, junto al cierre, un dibujo diminuto. Dos palos derechos. Uno atravesado. Cuatro hilos.
Él me mira hacer sin decir nada. Cuando termino, le tiendo el broche.
—Tu manto de púrpura lo robaron los fenicios en Egipto —le digo—. Y el broche verdadero con él. Este es falso. Lo mandó hacer un hombre que quería hacerme creer que estabas muerto. Ahora ya no es falso.
Lo coge. Pasa el pulgar por el dibujo. Lo hace despacio, varias veces, con los ojos cerrados. Como lo hacía en el barco, camino de Áulide, cada noche antes de dormir.
—Me lo pondré en el manto —dice—. Mañana.
—No hace falta. —Me pongo en pie—. Me lo pondré yo en el mío.
Me mira sin entender.
—Voy contigo —le digo—. Ya te lo dije una vez, en el camino del monte. No lo dije por decir.
—Penélope, es un viaje de meses por tierras que no conoce nadie. Sin barco. Sin casa. Durmiendo al raso…
—No he salido nunca de esta isla. Llevo veinte años esperando junto a una ventana.
—Me inclino hacia él. Le tomo la barbilla con dos dedos y le obligo a levantar la cara, como él me la levantó a mí en el patio de Esparta con los dedos sucios de polvo—.
No pienso volver a esperarte, Odiseo. Nunca más.
Se me queda mirando mucho rato. Luego se echa a reír, bajito, contra mi mano.
—Eres peor que yo.
—Soy exactamente como tú. Por eso me elegiste.
Caminamos casi un año.
No voy a contarlo todo. Contaré que cruzamos a tierra firme en una barca de pescadores y que él llevaba el remo al hombro desde el primer día, un remo de pino bien pulido, y que la gente se nos quedaba mirando en los caminos.
Contaré que dormimos en establos y en cuevas y bajo los árboles, y que él me enseñó a encender fuego con dos palos y yo le enseñé a remendarse las sandalias.
Contaré que en Epiro nos quisieron robar dos hombres y que él mató a uno y yo le clavé al otro el cuchillo de hueso en el muslo y luego le vendé la herida, y que él se rió de mí durante tres días por eso.
Contaré que hubo noches en que nos odiamos y noches en que no podíamos dejar de tocarnos, y que casi siempre eran las mismas noches.
Contaré una sola de esas noches. En un establo de Tesalia, después de discutir a gritos por una tontería, por un camino equivocado, por el orgullo de los dos, él me acorraló contra un poste y yo le di una bofetada, y él me la devolvió con un beso.
Acabamos en el heno, medio vestidos, con la ropa arrugada a la altura de la cintura, tapándonos la boca el uno al otro para que no nos oyera el dueño, que dormía a diez pasos.
Me tomó por detrás, con una mano en mi cadera y la otra enredada en mi pelo, y yo mordí la manga de su túnica para no gritar.
Después nos quedamos tumbados mirando las vigas, sucios de paja, y nos echamos a reír hasta llorar, y ninguno se acordaba ya de por qué habíamos discutido.
Esa noche me contó lo que le había contestado a Calipso.
Contaré que un día de otoño, en un valle tan lejos del mar que el aire olía solo a tierra y a heno, un pastor se nos cruzó en el camino con un rebaño de cabras.
Nos saludó. Miró el remo que mi marido llevaba al hombro.
Y le preguntó, con toda la inocencia del mundo, para qué llevaba esa pala de aventar el grano tan lejos de las eras.
Odiseo se detuvo en mitad del camino.
Se volvió hacia mí. Tenía los ojos llenos de lágrimas y se reía.
Clavó el remo en la tierra. Sacrificamos un carnero, un toro y un verraco a Poseidón, como había dicho el adivino, en un altar de piedras que levantamos con nuestras propias manos.
El pastor nos miró hacer sin entender nada y luego se sentó a comer con nosotros la carne del sacrificio.
Nunca supo a quién había ayudado a terminar la guerra más larga del mundo.
Esa noche, tumbados en la hierba junto al remo clavado, con las estrellas encima y el fuego del altar apagándose, él me habló en la oscuridad.
—¿Lo has decidido ya?
—¿Qué?
—Lo que harás conmigo. Por Calipso. Por Circe. Por todo. Me dijiste que todavía no lo habías decidido.
Me incorporé sobre un codo. Lo miré a la luz de las brasas. Estaba más viejo que nunca, con la barba casi blanca y la piel curtida por el camino, y más hermoso que el día en que cruzó la meta en Esparta con el pie sangrando.
Pensé en una diosa en una isla del fin del mundo que le ofreció no envejecer nunca. Pensé en lo que él le había contestado, y que me contó una noche, en un establo de Tesalia, con la voz rota.
—Sí —le dije—. Lo he decidido.
Esperó. Le oí contener el aliento.
—Voy a envejecer contigo —le dije—. Voy a ver cómo se te caen los dientes y cómo se te doblan las rodillas y cómo te quedas sordo, y me voy a reír de ti. Voy a estar allí cuando pase. Todo. Hasta el final.
Se quedó callado mucho rato. Luego alargó la mano en la oscuridad y me buscó la cara.
—Eso es peor que cualquier cosa que yo te hubiera hecho —dijo.
—Lo sé.
Le besé la palma de la mano. Y luego, porque soy quien soy, porque veinte años me han hecho así, porque también yo dejo siempre una salida, me acerqué a su oído y le dije lo último.
Muy bajo. Para que solo lo oyera él, y las estrellas, y el remo clavado en una tierra que no había visto nunca el mar.
—Y si alguna vez vuelves a hacerte a la mar sin mí, Odiseo, te encontraré. Aunque estés al otro lado del mundo.
Sentí cómo sonreía en la oscuridad.
—¿Y entonces?
Le puse la mano en el pecho. Sobre el corazón, que latía despacio, tranquilo, el corazón de un hombre que ya no tenía miedo de nada salvo de mí.
—Entonces lo decidiré.
Fin