La Odisea XII · Odiseo · Lo que ella hizo
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XII · Odiseo · Lo que ella hizo

Habla sentada en la cama, con la espalda contra el tronco del olivo y las rodillas recogidas contra el pecho, cubierta solo con el cobertor de púrpura.

La luz del alba entra de lado por la ventana y le parte la cara en dos, una mitad dorada y la otra en sombra.

No me mira mientras habla. Mira la pared.

Yo me quedo tumbado a su lado, con la cabeza apoyada en el brazo. No la interrumpo. He aprendido en veinte años que hay historias que solo se cuentan una vez, y que si uno interrumpe al que las cuenta, no vuelven.

—Empecé a contarlos el primer invierno —dice—. A los pretendientes. Luego a las criadas.

Me cuenta que al principio eran pocos. Diez, doce.

Hijos de nobles de la isla que venían a presentar sus respetos a la esposa del rey desaparecido y se quedaban a cenar.

Luego vinieron los de Same. Luego los de Zacinto.

Luego los de Duliquio, cincuenta y dos de golpe, con sus criados y sus perros y su vino.

Y cada uno que llegaba traía consigo la misma mirada.

—Como quien mira una finca que está en venta —dice—. La casa, los rebaños, los esclavos. Y a mí, en medio, como el pozo del patio. Algo que viene con la tierra.

Me cuenta que la primera criada que se fue con uno de ellos tenía quince años. Que ella la vio salir de la cocina de noche, descalza, y no la detuvo. Que al día siguiente ese pretendiente estuvo de buen humor y no le puso la mano en la cintura en la escalera, como hacía cada noche.

—Esa mañana entendí cómo funcionaba —dice—. Cada muchacha en la cama de uno de ellos era un hombre menos rondando la mía. Un hombre menos subiendo la escalera. Un hombre menos empujando mi puerta con el hombro.

Se calla un momento. Se mira las manos.

—No las animé nunca —dice—. Quiero que eso lo sepas.

Nunca le dije a ninguna que fuera. Pero tampoco le dije a ninguna que no fuera.

Y cuando una venía a llorar a mí, porque uno le había pegado o porque estaba preñada o porque Antínoo la había compartido con otros dos, le secaba las lágrimas y le daba un paño limpio y aceite para las marcas, y la mandaba de vuelta a la cocina.

—Penélope…

—Déjame terminar.

Me cuenta que empezó a apuntar nombres. En una tablilla de cera que guardaba en el arcón de cedro, con el rizo de Telémaco y la carta borrada que le escribí desde Áulide.

Qué muchacha con qué hombre. Cuántas noches.

Quién les contaba a los pretendientes lo que pasaba en las habitaciones de arriba.

Quién robaba vino de la despensa para ellos. Quién se reía de ella a sus espaldas.

—No sé para qué lo hacía —dice—. Me decía que era por si algún día hacía falta. Que una reina tiene que saber quién le es fiel en su casa. Pero creo que lo hacía por lo mismo que tú enterraste el oro bajo la tienda de Palamedes. Porque no sé olvidar.

Se vuelve hacia mí por primera vez.

—¿De dónde crees que sacó Euriclea los doce nombres que te dio anoche?

No digo nada. No puedo.

Me incorporo en la cama. Me siento frente a ella.

La miro a la luz del alba, a esta mujer a la que gané en una carrera, con la que me casé porque contaba a los hombres de un patio con mi misma frialdad.

Veo las arrugas finas junto a los ojos. Las canas que le empiezan a salir en las sienes.

La boca que me besó hace unas horas con una desesperación de náufraga.

Y veo algo más. Algo que no quise ver anoche en el pasillo, delante de una puerta cerrada.

—Melanto te llamó madre —le digo.

—Lo sé.

—Estabas al otro lado de la puerta. A un palmo.

—Lo sé.

—No abriste.

Penélope me sostiene la mirada. No hay lágrimas en sus ojos. Hay algo mucho más duro, algo que he visto antes, en otras caras, en otros sitios. Lo he visto en la cara de los hombres que vuelven de una batalla y ya no saben cómo ser los mismos que se fueron.

—Le enseñé a tejer —dice—. Le enseñé a peinarse. Enterré a su madre con mis propias manos. Y ella robó el molde de cera de mi arcón para que Antínoo mandara fabricar un broche falso y me hiciera creer que estabas muerto. Me hizo creer que te habían sacado del mar con los peces coméndote la cara.

Se le quiebra la voz. Solo un momento. Luego se recompone.

—La oí golpear la puerta. La oí llamarme. Puse la mano en el cerrojo. Y pensé en la noche que pasé mirando ese broche, creyendo que eras tú. Y no abrí. —Aprieta los labios—. No me arrepiento, Odiseo. Eso es lo peor. Lo he intentado toda la noche. No me arrepiento.

Pienso que ha terminado. Me equivoco.

Se queda callada mucho rato. La luz ha cambiado en la ventana; ya no es gris, es rosa. Se oye el canto de un mirlo en el huerto. Penélope se abraza las rodillas más fuerte.

—Anfínomo —dice.

El nombre se queda flotando entre los dos.

—Te dije anoche la verdad —sigue—. Me besó bajo el peral de tu padre. Y yo le dejé. Necesitaba que me ayudara a salvar a Telémaco, y me dije que por eso le dejaba, y era mentira, o solo en parte. Le dejé porque hacía veinte años que nadie me tocaba. Y durante un momento, uno solo, no pensé en ti.

No me muevo. Tengo las manos sobre los muslos, abiertas. Me concentro en mantenerlas abiertas.

—Eso ya lo sabías —dice—. Telémaco te lo habrá dicho, o Eumeo, o las criadas de la cocina. Lo que no sabes es lo que pasó después.

Se vuelve hacia mí. Me mira a los ojos.

—Anteanoche, la noche antes del arco, Telémaco subió a mi cuarto. Tarde, después de que tú y él escondierais las armas. Estaba muy pálido. Me preguntó si era verdad lo que decían. Lo del huerto.

Siento que el suelo se mueve bajo la cama.

—Le dije que sí —dice Penélope—. Le dije que Anfínomo me había besado.

Que me había agarrado por la cintura contra el tronco del peral que plantó su abuelo.

Se lo dije con estas palabras, Odiseo, con todos los detalles que podían hacerle daño.

Y lo vi apretar los puños. Y lo vi salir de mi habitación sin decir nada.

—¿Por qué?

Mi voz suena extraña. Ronca.

—Porque sabía lo que ibas a hacer al día siguiente —dice—. Lo sabía desde que me dijiste un telar. Y sabía que Anfínomo no se iría, porque se lo oí decir en el huerto, que nunca me dejaría sola con ellos. Y sabía lo que harías tú cuando lo tuvieras delante. O lo que no harías.

Me toca la cara. Tiene la mano fría.

—Te conozco —dice, muy bajo—. Sabía que ibas a dudar. Que lo mirarías a la cara, a ese hombre que me besó y que era bueno, y que no ibas a saber si matarlo por los celos o perdonarlo por la bondad. Y que esa duda te iba a perseguir toda la vida, lo hicieras o no. Como te persigue Palamedes.

No puedo respirar.

—No quería que eligieras tú —dice Penélope—. Así que elegí yo. Le puse la lanza en la mano a tu hijo.

Me levanto de la cama. Me acerco a la ventana.

Me apoyo en el alféizar con las dos manos y miro hacia fuera, hacia el patio, donde los cuerpos de los pretendientes siguen amontonados bajo el pórtico, cubiertos con mantas, esperando a que alguien venga a reclamarlos.

Más allá, junto a la rotonda, la maroma de barco sigue tendida de la columna.

Nadie ha descolgado todavía a las muchachas.

Pienso en Palamedes, en el Hades, con la sien hundida y la boca partida. Te casaste con una mujer que se alegra de un asesinato.

Pienso en Agamenón, en la bañera, con la red por encima. No te fíes de ninguna mujer. Ni de la tuya.

Y pienso en una muchacha de dieciséis años en un patio de Esparta, contando a los pretendientes de su prima con los ojos entornados. En cómo la miré esa mañana. En cómo supe, con una certeza que no he vuelto a sentir por nada, que era la única persona del mundo que podía entenderme.

No me equivoqué. Eso es lo que me aterra.

—Di algo —dice ella a mi espalda.

Me vuelvo. Está sentada en la cama del olivo, envuelta en el cobertor, con la barbilla alta. Esperando, como esperaba yo anoche, en la sala, mientras sus pasos bajaban por la escalera.

—Calipso —le digo—. Siete años. En una isla en el fin del mundo. Me ofreció la inmortalidad. Me negó la comida y el agua hasta que fui a su cama, y después ya no hizo falta negarme nada. Hubo noches en que fui yo quien la buscó.

Penélope no se mueve.

—Circe. Un año. No me obligó. Fui yo. Le puse una espada en el cuello y luego me acosté con ella. Hubo semanas enteras en que no pensé en ti. Ni una vez. Fueron mis hombres los que tuvieron que recordarme que tenía mujer, y a uno de ellos estuve a punto de matarlo por decírmelo.

Me acerco a la cama. Me arrodillo en el suelo, delante de ella, como me arrodillé ante la reina de los feacios.

—En Troya hice cosas que no te voy a contar nunca.

En Ismaro, también. Tapé la boca de un compañero dentro del caballo hasta que dejó de moverse, porque iba a gritar.

Ayudé a decidir que arrojaran desde la muralla al hijo de Héctor, un niño de la edad que tenía Telémaco cuando me fui.

Y en el Hades apunté con la espada a la sombra de mi madre para que no bebiera sangre antes que el adivino.

Le tomo las manos. Están heladas.

—Y cuando las sirenas cantaron —le digo—, cantaron con tu voz. Me prometieron contarme todo lo que habías hecho mientras yo no estaba. Todo. Y yo supliqué a mis hombres que me desataran del mástil. Les ofrecí el oro de Troya. Por saberlo.

Me llevo sus manos a la cara.

—Ahora ya lo sé —le digo—. Y no me importa, Penélope. Eso es lo peor. Lo he intentado desde que empezaste a hablar. No me importa.

Nos quedamos así mucho tiempo. Yo arrodillado en el suelo. Ella sentada en la cama, con mis manos en las suyas. Sin hablar.

Al final es ella quien rompe el silencio.

—Tienes que ir a ver a tu padre —dice.

La miro. Tiene los ojos secos y claros.

—Vive en la finca del monte, desde hace años.

No baja nunca a la ciudad. Duerme en invierno en el suelo, junto a los esclavos, entre la ceniza, y en verano sobre las hojas secas del viñedo.

Cava. Poda. No habla con nadie. Desde que tu madre murió se deja morir de pena, poco a poco, del mismo mal que ella.

Se le escapa una sonrisa torcida.

—Le estaba tejiendo un sudario, ¿sabes? Tres años. Todavía está en el telar, a medio hacer. Me gustaría no tener que terminarlo.

La dejo durmiendo al amanecer y salgo con Telémaco, Eumeo y Filetio hacia la finca de mi padre.

Lo encuentro solo, en el huerto, cavando alrededor de una planta.

Lleva una túnica sucia, remendada, polainas de cuero para protegerse de los arañazos, guantes para las zarzas y un gorro de piel de cabra en la cabeza.

Tiene la espalda doblada como una rama vieja.

Está tan flaco que se le ven los huesos de los codos a través de la piel.

Me quedo mirándolo bajo un peral. Lloro sin ruido.

Y luego, porque soy quien soy, porque no sé hacerlo de otra forma, me acerco y le miento. Le digo que soy un extranjero. Que busco a un hombre llamado Odiseo, al que hospedé hace cinco años. Le pregunto de quién es esta finca.

Mi padre se echa a llorar. Coge polvo negro con las dos manos y se lo echa por la cabeza, gimiendo.

No puedo más. Me abalanzo sobre él y lo abrazo y le digo que soy yo. Que he vuelto. Que he matado a los pretendientes.

No me cree. Me pide una señal.

Le enseño la cicatriz del jabalí. Y luego, porque no le basta, le señalo los árboles.

—Cuando yo era niño —le digo—, venía contigo por este huerto y te pedía un árbol de cada clase. Tú me los ibas nombrando. Me diste trece perales, diez manzanos, cuarenta higueras. Y me prometiste cincuenta hileras de vides, cada una madurando en su tiempo.

A mi padre se le doblan las rodillas. Se le para el corazón. Se abraza a mi cuello y yo lo sostengo, casi sin aliento, tan liviano como un niño, como el niño que él llevó de la mano por este mismo huerto hace cincuenta años.

Comemos en la casa de la finca. Un baño, ropa limpia, pan, carne, vino. Mi padre se sienta a mi derecha y no me suelta la manga en toda la comida, como si temiera que me fuera a desvanecer como la sombra de mi madre en el Hades.

A media tarde llega Médonte, el heraldo, corriendo por el camino del monte, sin aliento.

—Se han reunido —jadea—. En la plaza. Los padres de los muertos. Los hermanos. Los primos. Han sacado los cuerpos del palacio y los han enterrado, y a los de las otras islas los han mandado a sus casas en barcos de pescadores. Y ahora vienen hacia aquí. Armados.

—¿Cuántos?

—Muchos. Demasiados. —Médonte me mira con los ojos desorbitados—.

Los manda Eupites, el padre de Antínoo. Ha jurado que no volverá a dormir hasta haber matado al asesino de su hijo.

Dice que si no nos vengamos de los que mataron a nuestros hijos y hermanos, seremos la vergüenza de los que vengan detrás.

Me levanto. Mis hombres se levantan. Mi padre se levanta también, con esfuerzo, apoyado en la mesa, y pide su armadura. Hace veinte años que no se la pone.

Nos armamos. Somos doce. Mi padre, mi hijo, Eumeo, Filetio, Dolio el viejo y sus seis hijos.

Dolio. El padre de Melanto y de Melanteo.

Lo miro mientras se ata el yelmo. Tiene las manos firmes y los ojos secos. No dice nada. Me pregunto si sabe lo de sus hijos, si alguien ha tenido valor para decírselo, si lo sabe y ha decidido luchar a mi lado de todos modos. No me atrevo a preguntar.

Entonces se abre la puerta de la casa de la finca.

Es Penélope.

Ha subido sola por el camino del monte. Lleva un manto oscuro, sandalias de camino, el pelo recogido sin adornos.

Tiene polvo en los tobillos y la cara encendida por la subida.

En la mano derecha, pegado al muslo, casi oculto por los pliegues del manto, lleva un cuchillo pequeño con el mango de hueso.

Todos se quedan inmóviles, mirándola. Nadie ha visto nunca a una reina de Ítaca con un cuchillo en la mano.

Ella no mira a nadie más que a mí.

—Me dijiste una vez —dice— que no me soltarías jamás. Ni cuando estuvieras muerto.

Se acerca. Me pone la mano libre en el pecho, sobre el bronce de la coraza.

—Voy contigo.