La Odisea XI · Penélope · El lecho #2
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XI · Penélope · El lecho #2

No sé quién abraza a quién. Sé que de pronto estoy contra su pecho, y que él llora, y que yo lloro, y que le echo los brazos al cuello y le beso la cabeza, la cara, los ojos, la boca.

Le digo que no se enfade conmigo. Le digo que los dioses nos dieron desgracias y nos envidiaron que pudiéramos disfrutar juntos de la juventud y llegar juntos al umbral de la vejez.

Le digo que no me reproche no haberlo abrazado nada más verlo, que temía que un hombre viniera a engañarme con palabras, porque hay muchos que planean maldades.

Le digo que Helena no se habría ido nunca con un extranjero si hubiera sabido lo que iba a pasar.

Le digo todo lo que dirán los aedos que dije.

Y luego, cuando él levanta la cara y me mira, con los ojos rojos y la boca temblando, le digo lo que los aedos no dirán nunca.

—Sé lo de las diosas.

Se queda inmóvil. Todo su cuerpo se tensa contra el mío.

—No sé sus nombres —sigo—. No sé cuántas.

No sé cuánto tiempo. Pero no me insultes diciendo que dormiste solo durante veinte años.

Te conozco. —Le pongo la mano en la mejilla, en la barba húmeda, tal como él me la puso a mí en Pilos—.

¿Te acuerdas de lo que te pregunté la primera noche?

¿Y si eres tú quien comparte otro lecho?

No contesta. Traga saliva.

—Me dijiste que entonces yo tendría derecho a hacer contigo lo que tú harías conmigo.

—Me acuerdo —dice. Su voz es apenas un susurro.

—¿Y qué habrías hecho tú conmigo, Odiseo? Si hubiera alguien en esa cama. Si hubiera cortado el olivo.

Se queda callado mucho rato. Oigo la música del aedo, la danza alegre, los pies de los criados bailando en el patio para engañar a los vecinos con una boda falsa. Oigo el crepitar del fuego. Oigo su respiración y la mía.

—No lo sé —dice al fin—. Te lo dije entonces. Nunca lo decidí.

Sonrío. Me acerco a su oído. Siento cómo se le eriza la piel del cuello bajo mis labios.

—Yo tampoco —le susurro—. Todavía no lo he decidido.

Euriclea y Eurínome nos preparan la cama a la luz de las antorchas. Mantas suaves, pieles, un cobertor de púrpura. Luego nos guían por el pasillo hasta la alcoba del olivo y se retiran.

La puerta se cierra detrás de nosotros.

El olivo está ahí, en el centro de la habitación, con sus raíces hundidas en la roca, sujetando la cama que talló un muchacho de veinte años para una novia que le había escupido en la cara.

La madera está oscura de años, suave de tantas noches en que he pasado la mano por ella en la oscuridad, sola.

Él se acerca y la toca. Pasa la palma por el tronco, despacio, como se acaricia el cuello de un caballo que no se ha visto en mucho tiempo.

Y yo veo sus manos a la luz de la lámpara. Tiene sangre debajo de las uñas. Sangre seca, oscura, incrustada en los pliegues de los nudillos, que el baño no ha conseguido quitar.

Hay una palangana junto a la ventana. La lleno de agua de la jarra. Cojo sus manos entre las mías, sin decir nada, y las meto en el agua.

Se deja hacer. Se queda de pie, quieto, mirándome, mientras le froto los dedos uno por uno, las palmas, el dorso, los nudillos.

Le limpio las uñas con la punta de un alfiler, como se las limpiaba a Telémaco cuando era pequeño y volvía del campo.

El agua se tiñe de rosa. Luego de rojo. La cambio. La vuelve a teñir.

Es la sangre de Antínoo. Es la sangre de Eurímaco, de Leodes, de Ctesipo. Quizá la de Anfínomo. La sangre de ciento ocho hombres que se sentaron en mi sala y me pusieron precio con los ojos.

La lavo toda. No dejo ni una gota.

Cuando termino, le seco las manos con el borde de mi peplo. Él me las pone en la cara. Están frías y húmedas y huelen a agua y a hierro.

—Penélope —dice.

Nadie me ha dicho mi nombre así en veinte años.

Me desató el velo con los dientes.

Le temblaban las manos al quitarme los alfileres del pelo, y dos se le cayeron al suelo, y ninguno de los dos se agachó a recogerlos.

El pelo me cayó por la espalda. Él hundió la cara en él y respiró hondo, mucho rato, con los ojos cerrados, y yo sentí contra la nuca su aliento entrecortado y la humedad de sus pestañas.

Luego me desnudó. Despacio. Sin dejarme ayudarle.

Soltó el broche del hombro y el peplo resbaló hasta la cintura, y se quedó mirándome los pechos a la luz de la lámpara con una expresión que no le había visto nunca, una especie de hambre asustada.

Me los tocó con las dos manos, con el cuidado de quien toca algo que cree haber soñado.

Los pulgares me rozaron los pezones y se me escapó un gemido que no reconocí como mío.

Me ha cambiado el cuerpo el parto y el tiempo y veinte inviernos de pena.

Él no parecía verlo, o lo veía y no le importaba.

Se arrodilló delante de mí, me bajó el peplo hasta los tobillos y me besó el vientre, la marca que me dejó Telémaco al nacer, la cadera, el interior de los muslos, subiendo, y cuando su boca llegó adonde yo llevaba veinte años esperándola tuve que agarrarme al tronco del olivo para no caerme.

No le dejé terminar. Le tiré del pelo hasta levantarle la cara, húmeda de mí, y lo besé, y me supo a mí misma y a sal.

Le quité la túnica. Tenía el cuerpo lleno de cicatrices que yo no conocía, una en el costado, larga, mal cosida, otra en el hombro, redonda como una moneda, un mapa de países por los que había viajado sin mí.

Las recorrí todas con la boca. Él se dejó, de pie, con los ojos cerrados y los puños apretados junto a los costados, hasta que no pudo más y me levantó en brazos y me tumbó en la cama del olivo.

La primera vez fue rápida y brutal. Me recordó a la despedida, antes de la guerra de Troya.

Entró en mí de golpe, y yo lo recibí clavándole las uñas en las nalgas para que no se le ocurriera ir despacio.

Veinte años de hambre no se sacian con delicadeza.

La cama crujía bajo nosotros, la cama que nadie había movido, y yo le mordí el hombro hasta hacerle sangre, como la noche antes de que se fuera, y él se rió contra mi cuello con una risa ronca y dijo que se alegraba de que siguiera mordiendo.

Acabamos casi a la vez, gritando, y no me importó que nos oyera la casa entera, ni los muertos del patio.

La segunda vez fue distinta.

Fue en mitad de la noche, cuando la lámpara ya se consumía.

Me desperté con su mano en la cadera y su boca en la nuca, y me di la vuelta para buscarlo.

Me colocó encima de él. Quería verme. Me sostuvo por la cintura mientras yo me movía, muy despacio, marcando yo el ritmo, y él me miraba desde abajo con los labios entreabiertos, como se mira lo que uno ha estado a punto de perder.

Y entonces me agarró de las muñecas.

Se incorporó de golpe, me dio la vuelta y me las sujetó contra la madera del olivo, por encima de la cabeza, con una sola mano. Con la otra me levantó la barbilla. Lo tenía dentro, inmóvil, hundido hasta el fondo, y no se movía. Me miró a los ojos con una intensidad que me dio miedo.

—¿Has besado a alguien? —preguntó.

Tenía la voz ronca. Le temblaba el brazo con el que me sujetaba.

Podría haber mentido. Era el momento perfecto para mentir. Pero me había enseñado él, veinte años atrás, en una habitación de Pilos, que entre nosotros las mentiras eran para los demás.

—Sí —le dije.

Sentí cómo se le endurecía todo el cuerpo. Sentí sus dedos apretarse sobre mis muñecas hasta hacerme daño. Sentí también, allí dentro, cómo aquello lo encendía todavía más, y supe que él también lo sentía, y que eso le daba más rabia que el beso.

No me soltó. No dejó de mirarme. Empezó a moverse otra vez, lento, profundo, cada embestida una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta, y yo le sostuve la mirada y le contesté con el cuerpo, con las caderas que subían a buscarlo, con las piernas que se le cerraban alrededor de la cintura para no dejarlo ir.

Tuya. A pesar de todo, tuya. Luego me soltó las muñecas y me besó como no me había besado nunca, con una desesperación de náufrago, y yo le rodeé el cuello con los brazos y lo apreté contra mí hasta que no quedó aire entre los dos.

Llegué con su nombre en la boca y los ojos abiertos, y él un momento después, con la cara hundida en mi pelo, temblando entero, diciendo el mío en voz baja, una y otra vez, como se reza.

Fue lo más cerca que he estado nunca de entender qué es el amor, si es que es algo.

Casi no dormimos. Repetimos hasta quedarnos sin fuerzas.

La noche fue muy larga. Más larga de lo normal. Los aedos dirán que Atenea detuvo a la Aurora en el borde del océano y no la dejó uncir sus caballos. Quizá sea verdad.

Después, en la oscuridad, con la cabeza sobre su pecho, oigo su corazón. Late despacio. Igual que la última noche, hace veinte años.

—Tengo que decirte una cosa —dice.

No contesto. Espero.

—En el Hades, el adivino Tiresias me dijo que esto no es el final. Que después de matar a los pretendientes tengo que irme otra vez. Tierra adentro. Con un remo al hombro. Hasta encontrar a unos hombres que no conozcan el mar.

Siento que algo se me rompe muy dentro, en un sitio que no sabía que tenía.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Pronto.

Me incorporo sobre un codo. La lámpara se ha apagado hace rato. Solo veo su perfil, recortado contra la ventana, donde empieza a clarear. Me quedo mirándolo en la penumbra. Veinte años. Una noche. Y otra vez el mar.

—Antes de que te vayas —le digo—, vas a escucharme a mí.

—Penélope…

—Me has contado lo que te dijeron los muertos. Ahora te voy a contar lo que hice yo mientras tú estabas lejos. Y cuando termine, tú decidirás si todavía quieres volver a esta cama.