XI · Penélope · El lecho
Euriclea llama a la puerta durante mucho rato antes de que le abra. Cuando al fin descorro el cerrojo, la vieja entra dando traspiés, con la cara bañada en lágrimas y las manos temblorosas, y me agarra de los brazos y me sacude como se sacude a una niña dormida.
—¡Despierta, hija, despierta! ¡Ha vuelto! ¡Está en casa! ¡Odiseo ha vuelto y ha matado a todos los pretendientes que te hacían sufrir y se comían su hacienda y maltrataban a tu hijo!
No estoy dormida. Tengo el peplo arrugado, la palma de la mano mordida hasta sangrar, la frente marcada por las vetas de la madera. Euriclea no se da cuenta de nada. O se da cuenta y le da igual.
—Estás loca —le digo. Me sale sin fuerza.
—¡No estoy loca! ¡Es verdad, hija mía! ¡El extranjero, el mendigo al que todos insultaban! Telémaco lo sabía desde hace días, pero lo callaba para que su padre pudiera castigar a esos perros.
—Algún dios los habrá matado, ofendido por su soberbia.
—¡Nada de dioses! Le vi la cicatriz. ¡La del jabalí! Anoche, cuando le lavaba los pies. Quise decírtelo y él me agarró del cuello y me hizo callar…
—Ya lo sé.
Euriclea se queda con la boca abierta. Me suelta los brazos.
—¿Qué?
—Ya lo sé, Euriclea. Estaba allí. Lo vi.
La vieja me mira como si no me conociera. Retrocede un paso. Se lleva la mano al cuello, a las marcas de los dedos que todavía tiene en la piel arrugada, y hay en su cara algo que no le había visto nunca en veinticuatro años. Me mira con miedo. A mí.
—Entonces… —susurra—. Entonces sabías lo del arco. Sabías lo que iba a…
No contesto. Me acerco a la palangana del rincón. Me lavo la cara con agua fría, despacio, con las dos manos. Me lavo la mano mordida. Me seco con un paño de lino.
—Tráeme el peplo blanco —le digo—. Y el velo de hilo fino. Y los pendientes de oro, los de tres gotas.
—¡Hija! ¡Tu marido te espera abajo!
—Lleva veinte años sin esperarme —le contesto—. Puede esperar un poco más.
Me visto sin prisa. Euriclea me ayuda con las manos torpes y la boca cerrada. Me peina, me recoge el pelo en lo alto de la cabeza, me prende el velo con dos alfileres. Nunca en mi vida he tardado tanto en arreglarme.
Lo hago a propósito. Y no sé para quién.
Quizá para él. Quizá quiero que se quede sentado ahí abajo, en la sala que huele a azufre y a sangre, con las manos sucias, escuchando el silencio de la escalera, y que sienta durante un rato lo que es esperar. Una hora. Una sola hora. No es nada al lado de veinte años.
Quizá para mí. Quizá tengo miedo.
Porque ha matado a ciento ocho hombres en mi casa. Porque ha colgado del cuello a doce muchachas que yo vi crecer. Porque una de ellas me llamó madre a través de la madera y yo no abrí, y él estaba al otro lado del pasillo, y lo sabe. Sabe que no abrí. Y yo sé que lo sabe.
Y porque debajo de todo eso, debajo del horror y de la culpa y del olor a sangre que sube por la escalera, hay algo que late.
Algo caliente y oscuro, que no tiene nombre, que me sube desde el vientre cada vez que pienso en él ahí abajo, sentado junto al fuego, con la sangre de mis enemigos seca en las uñas.
Me miro en el espejo de bronce pulido. No reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Tiene los ojos demasiado brillantes.
Bajo la escalera despacio.
La sala está limpia. Han raspado el suelo, han lavado las mesas, han sahumado con azufre. Pero el olor persiste, dulzón y metálico, debajo del azufre, como persiste el olor de un animal muerto debajo de las flores. Las antorchas arden en sus soportes. El fuego del hogar está alto.
Él está sentado junto a la columna. Con la cabeza baja. Mirándose las manos.
No levanta la vista cuando entro.
Me siento frente a él, al otro lado del fuego, en la pared opuesta, a la luz de las llamas.
Y no digo nada. Lo miro. Durante mucho tiempo.
Tengo el corazón tan quieto que me parece que se me ha parado.
A ratos lo reconozco, cuando las llamas le iluminan el perfil, la forma de la nariz, la mandíbula.
A ratos no: es un viejo con los harapos manchados de sangre, un desconocido, un extranjero calvo y sucio.
Él tampoco dice nada. Espera. Con las manos en las rodillas.
Telémaco está de pie junto a la puerta. No aguanta el silencio.
—Madre —dice—, madre cruel, que tienes el corazón de piedra. ¿Por qué te quedas tan lejos de mi padre? ¿Por qué no te sientas a su lado y le preguntas y le hablas? Ninguna otra mujer se quedaría tan tranquila, tan apartada del marido que vuelve después de veinte años de sufrimientos.
—Hijo —le contesto, sin apartar los ojos del hombre sentado frente a mí—, tengo el corazón asombrado dentro del pecho.
No puedo decirle nada, ni preguntarle, ni mirarlo a la cara.
Pero si de verdad es Odiseo y ha vuelto a su casa, nos reconoceremos.
Tenemos señales ocultas que solo conocemos nosotros dos.
Y entonces él sonríe.
Es la misma sonrisa que le vi desde la galería cuando saqué los regalos a los pretendientes. La sonrisa pequeña, torcida, del hombre que admira una jugada.
—Telémaco —dice—, deja a tu madre que me ponga a prueba. Enseguida me reconocerá. Ahora, porque estoy sucio y llevo harapos, me desprecia y dice que no soy yo.
Luego se vuelve hacia los criados y da órdenes.
Que se bañen todos. Que se pongan las túnicas limpias.
Que las mujeres se arreglen. Que el aedo tome la lira y toque una danza alegre, y que todos bailen, para que los que pasen por la calle crean que hay una boda en el palacio.
Que la reina ha elegido marido. Que nadie sepa lo de los pretendientes hasta que estemos lejos, en el campo, en la finca de su padre.
Piensa en todo. Siempre ha pensado en todo.
Eurínome lo baña. Lo unge con aceite. Le pone una túnica limpia y un manto hermoso.
Cuando vuelve a la sala, me quedo sin aliento.
No sé si ha sido el agua o el aceite o la luz de las antorchas, o alguna diosa, como dirán los aedos.
Parece más alto. Más ancho de hombros. El pelo, que antes le crecía ralo y sucio, le cae ahora en rizos oscuros sobre la nuca, veteado de gris, como los pétalos del jacinto.
La barba recortada, la piel brillante. Tiene veinte años más que el hombre que se fue.
Tiene arrugas profundas junto a los ojos y una cicatriz nueva en la frente que no conozco. Y es él.
Es él, y sin embargo sigo sin moverme.
Se sienta otra vez frente a mí, en la misma silla. Me mira.
—Mujer extraña —dice—. Los dioses te dieron un corazón más duro que el de ninguna otra mujer. Ninguna se quedaría así, tan lejos del marido que vuelve después de veinte años. —Se vuelve hacia la vieja—. Euriclea, prepárame una cama. Dormiré solo. Esta mujer tiene el corazón de hierro.
Y yo digo, muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos:
—Hombre extraño. No me desprecio, ni me enorgullezco, ni me asombro. Sé muy bien cómo eras cuando te fuiste de Ítaca en tu nave de largos remos. —Hago una pausa—. Euriclea. Saca de la alcoba la cama que él mismo construyó. Sácala fuera y ponle mantas y pieles de oveja, para que duerma.
Lo digo para probarlo.
Y él estalla.
Se levanta de golpe. La silla cae hacia atrás. Tiene la cara blanca, los ojos desorbitados, la respiración entrecortada. En dos zancadas cruza la sala, rodea el fuego, llega hasta mí.
Me agarra la muñeca.
Fuerte. Tanto que me hace daño. Me levanta del asiento de un tirón y me atrae hacia él, hasta que siento su aliento en la cara, caliente, entrecortado, con olor a vino y a humo. Tiene los ojos húmedos. Tiene los ojos de un hombre que acaba de ver cumplirse la peor de sus pesadillas.
—Mujer, ¿qué has dicho? —Su voz es un gruñido bajo, roto—.
¿Quién ha movido mi cama? Es imposible. Ni el mejor artesano podría hacerlo sin que un dios le ayudara.
Ningún hombre vivo, por joven y fuerte que fuera, podría moverla.
Porque hay una señal en ella. Una señal que hice yo, con mis propias manos.
Me aprieta la muñeca más fuerte. No me suelto. No quiero soltarme.
—Había un olivo en el patio. De hojas largas, con un tronco grueso como una columna.
Alrededor construí la alcoba, con piedras bien ajustadas.
Le puse techo. Le puse puertas sólidas. Luego corté la copa del olivo.
Desbasté el tronco desde la raíz con el bronce, lo pulí, lo alisé a cordel, e hice de él el pie de la cama.
Lo taladré con la barrena. Y a partir de él tallé la cama entera, y la adorné con oro y plata y marfil, y tendí dentro correas de piel de buey teñidas de púrpura.
Se le quiebra la voz.
—Esa es la señal. Y no sé, mujer, si mi cama sigue en su sitio, o si algún hombre ha cortado el tronco del olivo por debajo y la ha movido a otra parte.
Nos miramos. Su mano en mi muñeca. Mi pulso contra sus dedos, desbocado. Y en su cara, por debajo de la furia, veo el miedo, un miedo desnudo que no le había visto nunca, ni en la habitación de Pilos, ni en el campo de la ladera con el arado, ni la mañana en que se fue.
Miedo de mí. De lo que yo haya hecho mientras él no estaba.
Es la primera vez en mi vida que tengo poder sobre este hombre.
Lo saboreo. Un instante. Un solo instante, largo como el día.
Lo tengo delante, temblando de rabia y de terror, con la mano cerrada sobre mi muñeca, el hombre que ganó una carrera por mí descalzo sobre las piedras, que me dijo que no me soltaría nunca, que ha dormido en camas que prefiero no imaginar, que mató a Palamedes y a Antínoo, y está esperando a que yo abra la boca para saber si puede seguir viviendo.
—Nadie —le digo.
Y se le doblan las rodillas.