X · Odiseo · La matanza
El arco me reconoce. Sé que parece una locura.
Lo pienso mientras lo tengo en las manos, sentado en el taburete junto al umbral, con ciento ocho hombres mirándome y riéndose.
Le doy vueltas despacio. Paso la uña por el cuerno de las puntas buscando la carcoma.
Siento la mancha de aceite en la empuñadura, mi aceite, el de las tardes de invierno junto al fuego, cuando ella tejía y yo le hablaba al arco en voz baja para que se hiciera a mi voz.
La madera está seca y fría, veinte años sin que nadie la toque.
Y aun así, cuando cierro la mano sobre ella, es meter el pie en una sandalia vieja.
Miro hacia la escalera. Ella está en lo alto, con el velo, mirándome.
Luego entra en su habitación y cierra la puerta.
Tenso el arco.
No me cuesta. Lo tenso como se tensa una cuerda nueva en la clavija de una lira, sin esfuerzo, sin pensar.
Pruebo la cuerda con la mano derecha y la cuerda canta, un sonido agudo, limpio, como el grito de una golondrina.
Los pretendientes dejan de reír. Se les va el color de la cara. Afuera, en el cielo sin nubes, truena.
Cojo una flecha de la mesa. La pongo en el codo del arco. Sin levantarme del taburete, tiro de la cuerda y de las muescas de la flecha hasta la altura del pecho, apunto, y suelto.
La flecha pasa por los doce anillos sin rozar uno solo. Sale por el último y se clava en la puerta del fondo.
—Telémaco —digo—, el huésped que tienes en tu casa no te ha avergonzado.
No he errado el blanco, y no me ha costado tensar el arco.
Todavía tengo fuerzas, a pesar de lo que dicen estos hombres.
Y ahora es hora de preparar la cena a los aqueos, mientras hay luz.
Luego habrá música y baile, que son el adorno de los banquetes.
Mi hijo entiende. Se ciñe la espada. Coge la lanza. Se pone a mi lado, junto al trono, armado de bronce reluciente.
Me arranco los harapos.
Salto al umbral de piedra con el arco y el carcaj lleno. Vacío las flechas a mis pies, sobre la losa, y las siento contra los dedos desnudos, las plumas de águila, las puntas de bronce.
—El juego ha terminado —digo—. Ahora apuntaré a otro blanco, uno que nadie ha alcanzado todavía.
Antínoo está levantando una copa de oro, una copa de dos asas, grande, que ha cogido de la mesa para beber. La tiene entre las manos y la lleva a la boca. No piensa en la muerte. ¿Quién pensaría, en medio de un banquete, que un hombre solo, por fuerte que sea, va a atreverse contra tantos?
Le apunto a la garganta.
La punta le entra por debajo de la barbilla y le sale por la nuca. Se inclina a un lado. La copa se le cae de las manos. De la nariz le sale un chorro espeso de sangre. Da una patada a la mesa, la tira al suelo, y el pan y la carne asada se esparcen por las losas y se ensucian con su sangre.
Los pretendientes se levantan en tumulto. Miran a las paredes. Buscan las lanzas, los escudos, las armas que cuelgan allí desde hace veinte años. Las paredes están desnudas.
Uno me grita que he matado al mejor de los jóvenes de Ítaca y que los buitres me comerán aquí mismo. Todavía creen que ha sido un accidente. Que el mendigo ha soltado la flecha sin querer.
—Perros —les digo—. Pensabais que ya no volvería de Troya. Por eso me comisteis la casa, os acostasteis con mis criadas y cortejasteis a mi mujer estando yo vivo, sin temer a los dioses ni a la venganza de los hombres. Ahora os ha llegado a todos la hora de la muerte.
Entonces sí lo entienden. Les tiemblan las rodillas. Buscan con los ojos una salida. Las puertas de la sala están cerradas. Filetio las ha atado por fuera con una cuerda de barco.
Eurímaco habla por todos.
Me dice que si de verdad soy Odiseo, tengo razón.
Que se han hecho muchas cosas injustas en esta casa.
Pero que el culpable ya está muerto. Antínoo.
Que fue él quien lo empezó todo, que quería el trono de Ítaca y la vida de mi hijo, y que a mi mujer solo la deseaba como camino hacia las dos cosas.
Que los demás me pagarán lo que se han comido, cada uno veinte bueyes, bronce y oro hasta que se me ablande el corazón.
—Eurímaco —le contesto—, aunque me dierais todo lo que tenéis de vuestros padres, todo lo que tenéis ahora y todo lo que pudierais conseguir, no detendría mis manos hasta haber pagado cada uno su insolencia. Luchad, o huid, si alguien puede huir de la muerte. Aunque no creo que ninguno escape.
Desenvaina la espada. Grita. Se lanza sobre mí.
La flecha le entra en el pecho, junto a la tetilla, y se le clava en el hígado. Suelta la espada. Se dobla sobre la mesa, la derriba, cae de bruces entre los platos y las copas, y patalea el suelo con los pies, y golpea la tierra con la frente, y la oscuridad le cubre los ojos.
Lo que viene después no tiene orden. Lo recuerdo a trozos, como se recuerdan las pesadillas, como recuerdo la noche de Troya.
Recuerdo a Anfínomo.
Viene directo hacia mí con la espada en alto. No se esconde detrás de nadie. No suplica. Viene de frente, con la boca apretada y los ojos castaños muy abiertos, y yo tengo una flecha en la cuerda y lo tengo a tiro, y sé que puedo matarlo antes de que dé tres pasos.
No suelto la cuerda.
No sé por qué. Lo pienso ahora y no lo sé. Quizá quería mirarlo a la cara un momento más. Quizá quería que me reconociera antes de morir, que supiera que el mendigo del umbral, el viejo al que le dio las gracias al amanecer, era el hombre cuya mujer había besado. Quizá no quería matarlo yo.
Mi hijo lo mata por mí.
La lanza de Telémaco le entra por la espalda, entre los hombros, y le sale por el pecho.
Anfínomo se detiene a dos pasos de mí. Me mira.
Hace un ruido, un solo ruido corto, de sorpresa, como el de un hombre al que le vacían el aire del pecho de un golpe.
Y en sus ojos veo que me reconoce. No como Odiseo.
Como el viejo del umbral. Como el hombre que le dijo que se fuera.
Cae de cara contra el suelo. La frente golpea la losa.
Telémaco no se detiene a arrancar la lanza. La deja clavada en el cuerpo y corre hacia mí, porque tiene miedo de que alguien le ataque mientras forcejea para sacarla. Ha aprendido deprisa. Es hijo mío.
Miro a Anfínomo en el suelo y no siento lo que debería sentir. Siento alivio. Un alivio sucio, cobarde, de que no haya sido mi mano. Y debajo del alivio, algo peor. Una satisfacción oscura, tranquila, la de quien ve saldada por fin una deuda que llevaba demasiado tiempo abierta.
No tengo tiempo de pensar en ello. Telémaco sube corriendo al almacén y vuelve con cuatro escudos, ocho lanzas, cuatro yelmos de bronce. Nos armamos. Armamos a Eumeo y a Filetio.
Recuerdo a Melanteo, el cabrero.
Mi hijo, con las prisas, ha dejado entreabierta la puerta del almacén. Melanteo sube por la escalera trasera y vuelve cargado con doce escudos, doce lanzas, doce yelmos, y los reparte entre los pretendientes. Se me doblan las rodillas al ver a mis enemigos con mis propias armas.
Eumeo y Filetio suben a por él. Lo sorprenden en el almacén cuando vuelve a por más. Lo tiran al suelo por el pelo, le atan los pies y las manos a la espalda con una cuerda muy fuerte, y lo cuelgan de una viga del techo, vivo, para que tarde mucho en morir.
Lo que le hicieron después, en el patio, cuando todo había terminado, no voy a contarlo. Los aedos sí lo cuentan. Los aedos lo cuentan todo.
Recuerdo las lanzas que los pretendientes nos arrojaron, seis a la vez, y cómo casi todas se clavaron en las puertas y en las paredes.
Una rozó la muñeca de mi hijo. Otra le pasó a Eumeo por encima del escudo y le arañó el hombro.
Recuerdo nuestras lanzas volviendo hacia ellos.
Recuerdo a Ctesipo de Same, el que me había tirado la pata de buey a la cabeza por la mañana, con la lanza del boyero clavada en el pecho, y a Filetio de pie junto al cuerpo, gritando que ese era su regalo por la pata de buey.
Recuerdo una golondrina.
Se ha posado en la viga del techo, sobre nosotros, en lo más alto de la sala llena de humo.
No sé cómo ha entrado. Nos mira con sus ojos negros mientras matamos.
Y cada vez que un pretendiente levanta el escudo para protegerse, parece que la golondrina bate las alas, y el escudo se aparta, y los hombres corren por la sala como un rebaño de vacas cuando el tábano las persigue en primavera.
No sé si era un dios. No importa. Los aedos dirán que lo era.
Recuerdo el olor. Sangre y vino y carne asada. Sesos. Mierda. El olor de una batalla en una sala cerrada es distinto del de una batalla en campo abierto, no hay viento que se lo lleve. Se te pega a la boca, a la nariz, a la ropa, a la piel, y se queda contigo días y días.
Recuerdo a Leodes.
El adivino. El que no pudo tensar el arco.
El que nunca insultó a nadie. Se me abraza a las rodillas en mitad del suelo resbaladizo, llorando, con la cara llena de mocos y de sangre ajena.
Me dice que nunca dijo ni hizo nada malo a ninguna mujer de esta casa.
Que intentaba detener a los otros. Que él solo era su adivino, que solo hacía sacrificios para ellos, que no merece morir.
—Si eras su adivino —le digo—, muchas veces habrás rezado en esta casa para que yo no volviera nunca. Para que mi mujer se fuera contigo y te diera hijos.
Le corto el cuello con la espada que Agélao dejó caer al morir. La cabeza le rueda por el polvo mientras todavía está hablando.
Recuerdo a Femio, el aedo, que cantaba para ellos obligado.
Se arrodilla con la lira contra el pecho y me suplica, y me dice que es un pecado matar al que canta para los dioses y para los hombres.
Telémaco dice que es inocente. Lo perdono.
Recuerdo a Médonte, el heraldo, escondido debajo de un trono y envuelto en una piel de buey recién desollada, y a Telémaco levantando la piel y riendo al verlo. Lo perdono también.
Y luego no queda nadie.
Miro la sala.
Están todos en el suelo, amontonados en el polvo y en la sangre, como peces que los pescadores han sacado del mar en una red de muchas mallas y han volcado sobre la arena, y allí se quedan, boqueando, añorando las olas, hasta que el sol les quita la vida.
Ciento ocho. No los cuento. No me hace falta.
Estoy manchado de sangre y de polvo de la cabeza a los pies. Las manos, los brazos hasta los codos, la cara. Parezco un león que acaba de comerse un buey en el prado y que se aleja con el pecho y las mandíbulas empapados, terrible de ver.
Mando llamar a Euriclea.
La vieja entra y ve los cuerpos, la sangre, a mí en medio de todo. Abre la boca y empieza a gritar de alegría, un grito largo, agudo, de mujer que celebra una victoria.
La detengo con un gesto.
—Alégrate en tu corazón, anciana —le digo—, pero no grites. No es piadoso celebrar sobre los hombres muertos.
No lo digo por piedad. Lo digo porque tengo miedo de que me oigan los dioses. Porque he visto lo que les pasa a los que se jactan.
Luego le pregunto por las criadas. Las doce.
Las hacemos bajar. Vienen llorando, abrazadas unas a otras.
Les mando sacar los cuerpos al patio, bajo el pórtico.
Les mando lavar las mesas y los tronos con agua y esponjas porosas.
Mi hijo, Eumeo y Filetio raspan el suelo de tierra con azadas, y las muchachas sacan la tierra ensangrentada en cestos.
No miro a ninguna a la cara. Ellas no me miran a mí.
Falta una.
—Melanto —dice Euriclea—. Se ha escapado. Ha subido por la escalera de la cocina.
Subo.
La encuentro en el pasillo de arriba, delante de la puerta de mi mujer. Está arrodillada en el suelo, golpeando la madera con las palmas abiertas, llamando, llorando, suplicando. Llama a Penélope por su nombre. La llama señora. La llama madre.
Me detengo al final del pasillo. Espero.
La puerta no se abre.
Melanto se vuelve. Me ve. Se le para la voz en la garganta. Se aplasta contra la puerta como un animal acorralado contra una pared, y yo me acerco despacio, y ella sigue golpeando la madera a su espalda con los puños, cada vez más débil, cada vez más lento.
Sé que Penélope está al otro lado. Lo sé como sé que el sol sale por el este. La siento. Está ahí, a un palmo de la madera, escuchando cada golpe, cada súplica, cada vez que esa muchacha a la que enseñó a tejer pronuncia su nombre.
Y no abre.
Cojo a Melanto del brazo. No se resiste. Se ha quedado sin fuerzas. La bajo por la escalera como se lleva a una niña dormida.
En el último peldaño me vuelvo a mirar la puerta cerrada. Siento algo que no sé nombrar. Algo que se parece al miedo y se parece al deseo y no es ninguno de los dos, o es los dos a la vez, trenzados como se trenzan dos cuerdas para hacer una más fuerte.
Me casé con esta mujer por su manera de contar a los hombres de un patio.
Acabo de descubrir que no la conocía.
Yo había ordenado que murieran a espada. Muerte rápida, en el patio, entre la rotonda y el muro.
Telémaco no me obedece.
—No les daré una muerte limpia —dice— a las que derramaron vergüenza sobre mi cabeza y sobre la de mi madre, y dormían con los pretendientes.
Lo miro. Tiene veinte años y la cara salpicada de sangre. No lo reconozco. O lo reconozco demasiado. No discuto con él.
Ata una maroma de barco a una columna y la tiende alrededor de la rotonda, alta, para que los pies no toquen el suelo. Y allí, en fila, como tordos o palomas que caen en una red tendida entre los matorrales cuando vuelven al nido, les pone un lazo al cuello a cada una.
Patalean un rato con los pies. Poco. No mucho.
Melanto es la última. No llora. Me mira todo el tiempo, hasta el final. No sé qué busca en mi cara. Ojalá no lo haya encontrado.
Pido azufre, el remedio de los males. Pido fuego. Sahumo la sala, la casa, el patio. El humo amarillo se levanta en espirales y cubre el olor de la sangre con otro olor, áspero, que hace llorar los ojos.
Las criadas fieles bajan de sus habitaciones con antorchas en las manos y me rodean. Me abrazan. Me besan la cabeza, los hombros, las manos. Lloro con ellas. Las reconozco a todas, una por una.
Y luego, cuando se van, me quedo solo en mitad de la sala limpia, junto al fuego, con la sangre seca en las uñas.
—Euriclea —digo—. Sube. Despiértala. Dile que baje.
La vieja sube la escalera todo lo deprisa que le permiten las rodillas. La oigo llamar a la puerta. La oigo hablar, excitada, con la voz quebrada de alegría. La oigo repetir mi nombre una y otra vez.
No oigo la voz de Penélope.
Pasa el tiempo. Mucho tiempo. El fuego chisporrotea. Una rama se parte en las brasas.
Y luego oigo abrirse la puerta. Y unos pies descalzos, lentos, sobre los peldaños de piedra.
Me siento en la silla junto a la columna. Bajo los ojos al suelo. Me miro las manos.
He combatido diez años en Troya. He cegado a un cíclope. He bajado al Hades y he vuelto. He matado hoy a ciento ocho hombres en mi propia casa.
Y por primera vez en mi vida, mientras oigo esos pasos bajando hacia mí, tengo miedo de una mujer.